Por último, el amor en la relación terapéutica se ve facilitado por la comprensión de que somos mortales, de que todos nos vamos a morir algún día, hagamos lo que hagamos por tratar de evitarlo. Si asimilo esa idea, aprovecho al máximo mi vida en el presente, haciendo hoy lo que más me gustaría hacer el resto de mi vida. Mi actitud es que, si me muriera esta noche o mañana, mi vida habría sido completa: me siento realizado porque he amado con plenitud. Esto es lo que comparto en los grupos con los pacientes: la forma de usar nuestra mortalidad de una manera positiva, sacándole el mayor partido a la vida.

Los terapeutas también necesitan desarrollar la idea de que la muerte no es un fracaso. En la educación médica tradicional, evidentemente el éxito se mide según la capacidad de eliminar la enfermedad, de curar. Por lo tanto, la muerte de un paciente se ve como un fracaso. Pero sostener esa idea implica distanciarnos de nuestros pacientes, perdiendo nuestra oportunidad de seguirlos ayudando en su transición hacia la muerte.

Curar no siempre es posible. El SIDA y el cáncer nos lo recuerdan. Hace cincuenta años, la tuberculosis arrasó con muchas vidas. En los próximos cincuenta años aparecerá, sin duda, alguna otra enfermedad que se resistirá a cualquier tratamiento. El hombre seguirá siendo mortal, y seguirá habiendo enfermedades incurables; pero también habrá mayores posibilidades de curar las ya existentes.

Yo suelo decir a todos, sanos o no, que deben vivir como si se fueran a morir en cualquier momento. De esta manera es fácil ayudar a otros, porque nunca existe un momento en que esto no sea posible. Dices que te vas a morir mañana? Pues, vive como si te fueras a morir esta noche. Disfruta estas horas de vida como si fueran las últimas. Puede ser que mañana te sientas demasiado bien como para pensar en morirte. Podrías morirte de verdad si estás cansado y tienes ganas de irte. Tenemos mucho más control sobre la hora de nuestra muerte del que la mayoría de las personas imaginan. Está bien morirse si es eso lo que una persona anhela, aunque no lo sepa. Puesto que todos moriremos algún día, morir no es un fracaso. Es simplemente misión cumplida. Con esta actitud la muerte puede ser sanadora.