Muchos filósofos han razonado con bastante acierto para criticar nuestra visión afectiva del Bien y del Mal y negarle un valor absoluto, pero a menudo lo han hecho en favor de un sistema que, no sólo rechazaba esta visión en cuanto tiene de errónea, sino que también negaba lo que tiene de justa y que, al llevar al hombre más allá de un Bien y de un Mal abolidos, lo dejaba desorientado con respecto a la conducta práctica de su vida, o lo entregaba a una moral inversa. La dificultad no está en criticar nuestra visión afectiva del Bien y del Mal, sino en hacerlo de manera que la integre, sin destruirla, en una comprensión donde todo se concilie.

Ante todo, veamos en forma sucinta en qué consiste el error que el hombre comete habitualmente cuando enfrenta este problema. El hombre ve, fuera de él y en sí mismo, fenómenos positivos y fenómenos negativos, constructores y destructores. En virtud de su deseo de existir, necesariamente prefiere la construcción a la destrucción. Como está dotado de un intelecto abstracto, generalizador, se eleva hasta la concepción de la construcción en general y de la destrucción en general. Es decir, hasta el concepto de los dos principios inferiores, positivo y negativo. En este peldaño del pensamiento, la preferencia afectiva se convierte en parcialidad intelectual, y el hombre piensa que el aspecto positivo del mundo es el Bien, que este es el único legítimo y que debe eliminarse, en forma gradualmente más completa, el aspecto negativo que es el Mal. De ahí la nostalgia de un paraíso que se concibe desprovisto de todo aspecto negativo. En este plano imperfecto del pensamiento, si bien el hombre concibe la existencia de los dos principios inferiores, no concibe, en cambio, la del Principio Superior que los concilia. En consecuencia, no ve más que el carácter antagónico de los dos Dragones, no ve su aspecto complementario. Ve que los dos Dragones luchan, pero no ve que colaboran en esta lucha. Por eso siente necesariamente el deseo absurdo de ver que por fin el Sí triunfa en forma definitiva sobre el No. Por ejemplo, cuando distingue en sí impulsos constructores – que denomina cualidades – e impulsos destructores – que llama defectos – piensa que su evolución justa debe consistir en eliminar por completo sus defectos y en sentirse animado únicamente por cualidades. Así como ha imaginado el paraíso, imagina el santo, hombre en que sólo reina un perfecto positivismo, y trata de copiar este modelo. En el mejor de los casos, esta forma de actuar cumple una especie de encauzamiento de los reflejos condicionados, por el cual los impulsos negativos se inhibirían en beneficio de los positivos. Es evidente que tal evolución es incompatible con la realización que supone la síntesis conciliadora de los polos positivo y negativo, de modo que estos dos polos, sin dejar de oponerse, puedan por fin colaborar armónicamente.