Podríamos preguntarnos por qué el discípulo de Tchao Tcheu obraba así, pero la respuesta es sencilla: el verdadero ciprés no podía verse. El monje que vino de visita estaba fuera del círculo para observar el ciprés, pero ese ciprés ya estaba muerto. Por consiguiente, más valía matar el ciprés para evitar toda posible calumnia.

La respuesta del discípulo de Tchao Tcheu llegó a ser un nuevo kong-an: podemos ver cómo surge y se revitaliza otro enorme ciprés. Pero se vea ese nuevo ciprés o no, nada tiene que ver con el ciprés de Tchao Tcheu.

La mente debe estar madura
Los kong-an no son, pues, material de estudio y de investigación. Cada kong-an debe ser considerado como un dedo que señala a la realidad: la realidad de tu naturaleza o la realidad de este mundo. Ese dedo sólo puede cumplir su papel de indicador cuando está directamente orientado hacia ti: en otras palabras, si eres consciente de que ese signo se refiere a ti. Has de estar muy vigilante, despierto y alerta, porque estás frente al maestro que te observa con mirada penetrante. El maestro puede darte en cualquier momento un bastonazo o lanzar un grito estentóreo en tu oído. Estás al borde del precipicio y corres el riesgo de perderte en cualquier momento. En ese estado es cuando tu mente recibe el choque del kong-an.

Veamos un kong-an que muestra la intensa y urgente naturaleza del problema de la-vida-y-la-muerte. Un día, Hiang Yen dijo a sus discípulos: Supongamos que un hombre está suspendido por los dientes de una rama de árbol muy alta; ni sus brazos ni sus piernas pueden tocar nada, ni agarrarse a ninguna parte. Otro hombre que está al pie del árbol le pregunta: Cuál fue la intención de Bodhidharma cuando fue a China? Supongamos también que nuestro hombre tiene que responder obligatoriamente a la pregunta. Si habla y abre la boca, caerá fatalmente y se destrozará contra el suelo. Qué debe hacer? Uno de los discípulos, llamado Hu Teu, dijo a Hiang Yen: Te ruego, maestro, que no plantees el caso como si el hombre estuviese suspendido por la boca. Háblanos del caso como si el hombre hubiera bajado ya. Entonces Hiang Yen se echó a reír.