Bajo esta luz brillante, se puede mirar el problema de frente y se revela a la cara del no. Es la verdadera vida y no el juego del intelecto, juego de palabras que pronuncian los labios; es la bola de hierro candente que hay que tragar: el problema de la vida y de la muerte. La vida es muy distinta de los conceptos; perderemos nuestra vida si dejamos la realidad viviente y nos apegamos al mundo fantasmal de los conceptos. No seremos entonces más que espectros sin carne y sin huesos, que son los atributos de la realidad viviente.

Entrar en el círculo
A propósito del no de Tchao Tcheu, el maestro Hoang Po dice: Todos los que se consideran caballeros deben intentar este kong-an Permaneced con esta palabra no veinticuatro horas cada día, ya estéis sentados, de pie o acostados, y lo mismo cuando os disponéis a vestiros, a beber, a ir al retrete Vuestra mente debe concentrar constantemente todas sus energías sobre esta palabra no. La flor de la mente se abrirá un día y veréis que el ancho camino de liberación se tiende ante vosotros. Entonces no seréis ya engañados por este viejo monje y su kong-an.

Lo que dice Hoang Po no difiere de lo que dice Wu Men; subraya la importancia de la función del kong-an como medio hábil cuando habla del engaño de este viejo monje que es Tchao Tcheu, autor del kong-an.

Recordemos el ejemplo del ciprés en el patio propuesto por Tchao Tcheu a su discípulo. El ciprés en el patio pertenece solamente a dos personas: a Tchao Tcheu y a su discípulo. Uno señala con el dedo al ciprés en el patio y le dice al otro: Mira el ciprés en el patio. Supongamos que hay un círculo en el que están Tchao Tcheu, su discípulo y el ciprés. Nosotros estamos fuera del círculo, eso no nos atañe; sólo somos espectadores. Ignoramos lo que pasa realmente entre Tchao Tcheu, su discípulo y el ciprés. La cuestión no se planteará para nosotros hasta que tengamos nuestro propio ciprés.
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Y qué quiere decir eso de tener nuestro propio ciprés? Ese ciprés que está dentro del círculo, no llegará a ser el nuestro hasta que nosotros mismos no hayamos entrado en el círculo. Lo cual quiere decir que habremos aceptado el kong-an como nuestro: ya no seremos de los que sólo quieren estudiar el kong-an de los demás! Un kong-an no es para nosotros hasta que sea el nuestro; los de los otros no son kong-an. Por consiguiente, el ciprés del discípulo de Tchao Tcheu no es mi ciprés. Debo hacer que ese ciprés sea mío, y una vez que sea mío, ya no es suyo.

El primer paso es rechazar la actitud de observador. Siguiendo el dedo de Tchao tcheu, mira al ciprés con tus propios ojos. Tchao Tcheu está allí sentado, ante ti, y el ciprés en el patio, al alcance de tu mirada. Estás frente a Tchao Tcheu; estás frente al ciprés. Ves el ciprés? Si lo ves, el kong-an ha tenido éxito. Que sea un ciprés, un limonero o un sauce viene a ser igual. Como si fuera una nube, un arroyo, o esta mano que se apoya en la mesa. Si los vemos, el kong-an ha tenido éxito.

A veces los maestros zen, en lugar de crear nuevos kong-an, vuelven a los antiguos. Eso no quiere decir que permitan a sus discípulos hacer el papel de observadores sirviéndose de su intelecto para examinar los kong-an de los demás. Los maestros zen quieren que los kong-an antiguos sean renovados y que los discípulos los tomen como propios. Un monje preguntó a Dien Ngu Giac Hoang, maestro zen vietnamita del siglo XIII: Qué se entiende por el asunto único del avance? Refiriéndose a una antigua imagen, Dien Ngu respondió: Es llevar la luna y el sol en su báculo. El monje repuso: Y de qué sirve un antiguo kong-an? Dien Ngu sonrió: Cada vez que es re-enunciado, se hace nuevo.

Si uno no ve el ciprés, es que no ha podido hacer de él un ciprés nuevo para sí mismo, el ciprés vivo de la realidad y que se ha contentado con ir a buscar la imagen del ciprés de otro.

Después de la muerte de Tchao Tcheu, un monje vino a aprender de su discípulo: Ha dado explicaciones acerca del ciprés? El discípulo, que por entonces había alcanzado el despertar respondió: Mi maestro no habló nunca de un ciprés. Sin embargo, el kong-an del ciprés era muy famoso y todo el mundo hablaba de él en el círculo zen. Cómo es que el discípulo quería negar un hecho conocido por todos? El monje insistió: Todo el mundo sabe que el propio maestro ha enunciado el kong-an del ciprés; por qué negarlo? El discípulo de Tchao Tcheu le contestó enérgicamente: Mi maestro no enunció nunca semejante kong-an; sería mejor que dejaras de calumniarlo.

Podríamos preguntarnos por qué el discípulo de Tchao Tcheu obraba así, pero la respuesta es sencilla: el verdadero ciprés no podía verse. El monje que vino de visita estaba fuera del círculo para observar el ciprés, pero ese ciprés ya estaba muerto. Por consiguiente, más valía matar el ciprés para evitar toda posible calumnia.

La respuesta del discípulo de Tchao Tcheu llegó a ser un nuevo kong-an: podemos ver cómo surge y se revitaliza otro enorme ciprés. Pero se vea ese nuevo ciprés o no, nada tiene que ver con el ciprés de Tchao Tcheu.

La mente debe estar madura
Los kong-an no son, pues, material de estudio y de investigación. Cada kong-an debe ser considerado como un dedo que señala a la realidad: la realidad de tu naturaleza o la realidad de este mundo. Ese dedo sólo puede cumplir su papel de indicador cuando está directamente orientado hacia ti: en otras palabras, si eres consciente de que ese signo se refiere a ti. Has de estar muy vigilante, despierto y alerta, porque estás frente al maestro que te observa con mirada penetrante. El maestro puede darte en cualquier momento un bastonazo o lanzar un grito estentóreo en tu oído. Estás al borde del precipicio y corres el riesgo de perderte en cualquier momento. En ese estado es cuando tu mente recibe el choque del kong-an.

Veamos un kong-an que muestra la intensa y urgente naturaleza del problema de la-vida-y-la-muerte. Un día, Hiang Yen dijo a sus discípulos: Supongamos que un hombre está suspendido por los dientes de una rama de árbol muy alta; ni sus brazos ni sus piernas pueden tocar nada, ni agarrarse a ninguna parte. Otro hombre que está al pie del árbol le pregunta: Cuál fue la intención de Bodhidharma cuando fue a China? Supongamos también que nuestro hombre tiene que responder obligatoriamente a la pregunta. Si habla y abre la boca, caerá fatalmente y se destrozará contra el suelo. Qué debe hacer? Uno de los discípulos, llamado Hu Teu, dijo a Hiang Yen: Te ruego, maestro, que no plantees el caso como si el hombre estuviese suspendido por la boca. Háblanos del caso como si el hombre hubiera bajado ya. Entonces Hiang Yen se echó a reír.

Podemos comprender cuán decepcionado se sentiría. Habiendo empleado un antiguo kong-an, lo veía transformado en un kong-an enteramente nuevo cuyo efecto podía ser mucho mayor. Aquel día Hu Teu y sus colegas no recibieron el impacto. Pero es posible que 300 años más tarde, otras gentes hayan podido conocer la iluminación gracias al mismo kong-an.

To Chan viene a consultar a Long Tan y se queda a su lado hasta media noche. Entonces Long Tan le dice: Es tarde, por qué no te retiras ya? To Chan abre la puerta y sale, pero al poco vuelve diciendo: Está oscuro ahí fuera. Long Tan enciende entonces una vela, pero en cuanto To Chan la alza, Long Tan la apaga. Les envuelve la oscuridad y, en ese preciso momento, se produjo el despertar de To Chan. Se inclinó profundamente. Las tinieblas repentinas ayudaron a To Chan a comprender la acción de Long Tan.

Ya hemos dicho que Hiang Yen en una ocasión pensó que Kuei Chan no quería enseñarle el secreto del zen. Abandonó el monasterio y se retiró a un lugar muy apartado. Pero Hiang Yen no es el único practicante que ha pensado así. No pocos discípulos proponen a sus maestros problemas que creen importantes, pero a los que al parecer éstos no quieren contestar. Y los discípulos se quejan: Llevo aquí tantos años Por qué se me trata como a un recién llegado?. Un monje preguntó al maestro Long Tan: Qué es la realidad en sí (tathata), qué es la sabiduría suprema (prajna)? Y Long Tan respondió: No tengo en mí la menor realidad; no poseo sabiduría suprema. Otro monje preguntó a Ma Tsu sobre la intención del primer patriarca. Ma Tsu dijo: Estoy cansado, no puedo decírtelo hoy. Vete a preguntárselo a tu hermano-mayor-en-el-dharma, Tche Tsang. Cuando el monje se dirigió a Tche Tsang, éste le dijo: Por qué no se lo preguntas al maestro? Ya se lo he preguntado. Está cansado y me ha recomendado que venga a ti. Tche Tsang le dijo: Me duele la cabeza. Vete a consultarlo a nuestro hermano-en-el-dharma Tche Hai. Y cuando el monje se dirigió a Tche Hai, le contestó: No lo sé.

No querer contestar a una pregunta o decir algo que en apariencia no tiene nada que ver con ella, no significa que el maestro se resista a ayudar a su discípulo. El maestro sólo trata de no dejar que el discípulo entre en el mundo de las especulaciones. De hecho, el maestro puede citar siempre pasajes de las escrituras santas y dar explicaciones detalladas concernientes a las nociones de tathata, nirvana, prajna, etc. Si no lo hace, es porque sabe que todo eso no es útil para el despertar de su discípulo.

Claro que hay casos en que tales explicaciones pueden ayudarle en su esfuerzo para desembarazarse de los falsos puntos de vista sobre la doctrina y los métodos. Pero el maestro no quiere dar ni respuesta ni explicaciones que pudieran destruir la oportunidad del despertar y perjudicar así al discípulo. Kuei Chan preguntó una vez a Po Tchang: Se puede hablar sin servirse de la garganta, los labios, la lengua?, y Po Tchang respondió: Claro, pero si lo hago, habré destruido toda mi posteridad.

Long Tan vivió muchos años con su maestro Tao Sin sin recibir de éste los secretos del zen. Un día ya no pudo aguantar más el silencio: Maestro, llevo años a tu lado para aprender el zen, pero tú no me has transmitido nada. Te ruego que me trates con más compasión. Tao Sin le dijo con voz sumisa: Siempre te he estado transmitiendo los secretos del zen, desde el día que entraste en el monasterio. Cuando me traes una taza de té, yo la acepto; cuando me traes la comida, te doy las gracias; cuando te inclinas ante mí, inclino la cabeza; cómo dices entonces que nunca te he transmitido la esencia del zen?

El maestro zen vietnamita Tina Khong, a quien su discípulo reprochaba por no haberle enseñado el secreto del zen, le dijo: Vivimos juntos en este templo; cuando encandilas el fuego, yo lavo el arroz; cuando pides limosna, sostengo tu escudilla Nunca te he desatendido.

Para ayudar a los practicantes a atravesar el río y ganar la orilla del despertar, los maestros zen les tienden la pértiga de los medios hábiles. Pero es menester que el discípulo llegue a asirla. Si sus ojos están cerrados y su mente bloqueada, el practicante la deja escapar. Un monje fue a preguntar al maestro zen vietnamita Cam Thanh: Qué es el Buda? Cam Thanh dijo: Todas las cosas. El monje prosiguió: Qué es la mente del Buda? Cam Thanh respondió: Nada ha sido escondido. Y el monje dijo: No lo entiendo. Cam Thanh replicó: Has fallado.

Cuando se nos tiende una pértiga, un cabo, o fallamos o lo atrapamos. No hay otra alternativa. La duda también es un fracaso. La duda revela que no estamos aún maduros para la prueba. Y cuando se fracasa no debemos lamentarnos, sino intentar nuevos esfuerzos. Volver a los trabajos cotidianos, traer el agua, ayudar en la cocina, cultivar la tierra, luchando de nuevo con más consciencia.

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