Las más insondables profundidades de la Materia, como las galaxias más gigantescas, nos entregan un vacío que encubre un hormigueo centelleante, suspendido entre innumerables torbellinos.

Tan alto como podamos llegar, tan bajo como podamos descender, se descubre la expresión de millares de espirales, constelaciones de mil soles, turbulentas y fugitivas, colisionando en su fulgor, hasta lo indeterminado.

En todo lugar, en todas direcciones, fuera de la relatividad de los espacios y de los tiempos, mueren y se transforman una multitud de corrientes, de fuerzas y de energías, las que, como plateados torrentes, se deslizan a una velocidad vertiginosa.

En nosotros, a nuestro alrededor, las substancias se mezclan con las substancias, miríadas de cristales resplandecientes Iluminan la sombra de los infinitos.

Un Universo vivo, constantemente cambiante, en el cual las certidumbres se esfuman rápidamente en la irrealidad de los elementos.

A través de las inmensas extensiones azuladas, las formas sólo aparecen como islotes, densos e impalpables a la vez. Ya que todo lo demás aparenta estar vacío, pero con un vacío sonoro, poblado de silencio y de vibraciones.

Nada es estático, nada está paralizado, A la materia fría la sigue la energía radiante.

Respiración estelar donde el mundo de las galaxias y el mundo de los átomos se abren y se cierran, se dilatan desmesuradamente, luego se contraen, para finalmente desaparecer. El Cosmos es uno, aunque extraordinariamente variado y diverso en sus manifestaciones.

Su extraña pulsación nos muestra lo que él es, pero sólo son apariencias.

Vuelta tras vuelta, las formas pueden parecernos densas, para atenuarse progresivamente a medida que penetramos más profundamente su materia íntima, para encontrar finalmente una fluidez sin límite.

Lo compacto y lo impreciso, lo homogéneo y lo heterogéneo, lo denso y lo fluido, toda una danza mágica, orquestada por una potencia de mil destellos, una joya sin igual, una belleza pura y cristalina: la Energía.

No se trata aquí de intentar definirla, de forzarla a responder a una de las múltiples referencias de nuestro Conocimiento; dejémosla ser, en el más sublime de sus actos, generadora de Mundos y de Universos,

En el corazón de los movimientos precisos y contrastantes del mundo atómico, más allá de la multitud de las formas y de las fuerzas, desprendida de cualquier vana agitación del pensamiento, ella expresa esta creación instantánea que sólo percibe el ser humilde y simple.

Continuamente, tanto nuestra psiquis como nuestro organismo se encuentran bañados, literalmente atravesados por un flujo ininterrumpido de partículas y de ondas venidas del infinito de los espacios intersiderales.

Nada puede ser considerado en forma aislada, separada.

Nosotros somos solidarios con el mundo en el que vivimos, porque en el nivel mismo de su naturaleza íntima estamos tejidos de la misma trama, entrelazados integralmente en el centro de su movimiento general.

Existe una interacción constante entre los átomos que constituyen nuestro propio ser y aquellos que determinan la composición de la nebulosa que se expresa en la más lejana de las esferas. Sin embargo, el solo hecho de esta interrelación entre el mundo y nuestra propia substancia no se revela como suficiente en sí mismo, en la óptica de un perfecto cumplimiento de la función que nos es impartida.

Es indispensable la iniciativa de una toma de posición esencial, de un compromiso lúcido y auténtico de todo nuestro ser.

Nosotros somos responsables, y esto a todos los niveles, de las acciones que emprendemos, de los pensamientos que emitimos.

Es así como progresivamente el conocimiento de nosotros mismos nos lleva a romper algunas certidumbres, y a penetrar aún más perfectamente en aquello que no se expresa en el campo de nuestras percepciones visuales. Entonces se descubre en profundidad un universo infinitamente más vivo, más real y verídico, en el cual los resultados vienen a mostrarse en los bordes de la materialidad.

Nosotros nos aproximamos al mundo por lo que somos; y la visión de éste se encuentra directamente condicionada y determinada por lo que vivimos en el interior de nosotros mismos.

Es importante darse cuenta de que el Universo, y sobre todo la percepción que tenemos de él, se descubre esencialmente en función de la condición interior del observador.

Por lo tanto, tratemos de alcanzar esta visión justa, completa y adecuada, donde el pasado y todo tipo de memorias personales y colectivas del observador ya no vienen a modificar la integridad pura del fenómeno que entra en nuestro campo de observación.

Pues habita en nosotros esta extraordinaria posibilidad de una revelación permanente de lo esencial, en la que el observador y el observado ya no se presentan como distintos, sino que como constituyentes y participantes de un solo y mismo movimiento, de una sola y misma energía.

Sin embargo, nuestra consciencia que desea ardientemente experimentar, adhiere a esta fuerza viva con el fin de transformarla, de interpretarla, de cambiarla para luego utilizarla. A partir de este instante creamos la separación, nos convertimos en la entidad aislada. A pesar de ello, estamos siendo solicitados constantemente por esta energía pura que, si fuera percibida en su integridad plena, conllevaría inmediatamente en nosotros una Mutación Fundamental. Este obsequio se nos ofrece bajo una cantidad de modalidades, situaciones y acontecimientos. Por momentos puede tomar la apariencia de la violencia más brutal o de la más exquisita dulzura.

Pero en esta fugitiva impresión de lo nuevo y de lo renovado se sitúa la esencia de toda manifestación, la fuente pura y límpida de la cual el Hombre, si no quiere morir, debe beber lúcidamente.

Nosotros volvemos constantemente a aquello que vivimos, porque no vivimos las cosas realmente. Estamos obligados a perpetuarnos, porque no tenemos el coraje de vivir el instante, de vivir la situación que se nos presenta en la total autenticidad de su única manifestación. No hay nada que transformar, nada debe cambiar en nosotros. Sólo debe posibilitarse el justo fluir de esta energía, que aparece como una necesaria intervención del Cosmos.

Es por esto que jamás insistiremos suficientemente en la extrema importancia que reviste en el Hombre la práctica del desapego en lo que se refiere a todas las formas de manifestación del mundo fenoménico: no desvirtuándolo por medio de una falsificación sistemática que a la larga sólo produciría represión y frustración, sino más bien que sea como la consecuencia inmediata de un discernimiento continuo de lo que es verdadero, de una percepción intensa y lúcida del movimiento completo y global de una acción o de una situación.

Es así que, necesariamente, el desapego permite acortar esta distancia entre el actor y la acción misma, a fin de que esta última no sufra transformación ni distorsión alguna en el cumplimiento de su realización plena.

Si no, nos hundimos en las trampas de la identificación – tanto en el nivel de los seres y de las cosas como en el de las ideas, de los sentimientos y de las emociones – para convertirnos luego en los esclavos de los automatismos y de los hábitos que la materia nos reserva en su aspecto de superficie.

Lo repetimos, un descondicionamiento total es indispensable. Nuestra psiquis es hipócrita, astuta, hábil, y si las trampas demasiado evidentes de un consumismo extremo, de un trabajo alienante, ya no nos manipulan, otras manipulaciones deben ser desenmascaradas en niveles mucho más profundos.

Por consiguiente, se nos pide aumentar en forma considerable nuestro discernimiento, nuestra lucidez y nuestra vigilancia, ya que el solo hecho de estar vigilantes nos lleva progresivamente a trasladar el centro de nuestros intereses personales y a quebrar la pseudo continuidad del yo superficial.

Es así como los seres y las cosas llegan a ser una preciosa fuente de descubrimiento. Espontáneamente nace una creciente disponibilidad, la separación y la muerte se integran en un solo y único movimiento. Sin cesar, volvemos a lo esencial.

Pero nuestros recuerdos, así como nuestras sensaciones, y la multitud de memorias que constituyen nuestro patrimonio hereditario, no quieren sucumbir.

Deseos y miedos de todo tipo alimentan estas energías que por su acción nos aíslan del resto del Universo. Conscientemente el Hombre se ha separado de la Armonía cósmica, conscientemente él debe reintegrársela.

En reiteradas oportunidades hemos insistido en esta interrelación entre el Mundo y nuestra propia substancia; pongámosla en práctica ahora, no sólo en un plano material y biológico, sino además psicológico y espiritual.

Cuando el Silencio se ha instalado en nosotros y cuando la mente apaciguada no sufre más el asalto encarnizado de la ronda vibrante de los pensamientos, es otro mundo el que surge y viene a expresarse en la esfera de nuestra consciencia.

Las palabras dejan de tener el mismo significado, sólo las energías que las generan, las intenciones que las animan se revelan a nuestra comprensión.

La separación entre las capas superficiales y profundas de nuestra consciencia ya no aparece como evidente, se discierne un solo y único aspecto, el de una mayor acumulación de memorias, sensaciones y emociones.

No se trata de transformación ni de modificación, digamos simplemente que la Consciencia ha reencontrado su transparencia inicial, su verdadera función. Ya no es un foco de fragmentación y de angustia, ella se integra al único movimiento que nos entrega la vida en su eterna generosidad.

Nada ha cambiado, nada se ha transformado, ya no es más una parte de la psiquis que se limita, su totalidad límpida nos es ofrecida. El Hombre actúa según la Acción justa, piensa correctamente, ama sin ponerlo en evidencia.

Las Energías Cósmicas, las múltiples solicitaciones del Universo ya no son desviadas ni rechazadas, he aquí al Hombre convertido nuevamente en este instrumento perfecto, gracias al cual cada segundo viene a ser la propia eternidad.

La colaboración a la Obra Universal se ha hecho profundamente activa, las fuerzas, las corrientes no transformadas por nuestra consciencia pueden actuar en la plenitud de su impacto y modificar positivamente el comportamiento, incluso la existencia completa del individuo, así como el desarrollo de las situaciones en las cuales esté implicado; ya no causa obstrucción.

Participar en el cumplimiento de la Obra Universal exige una negación del ego, una humildad, una entrega total; ya que esta Energía Pura, esta fuente regeneradora que se expresa a través de nuestro ser, no se agobia por ningún fardo, por ningún deseo de resultado. Ella Es, y por el solo hecho de ser, manifiesta instantáneamente el Amor, la Inteligencia y la Acción.

El silencio de nuestra consciencia no puede ser considerado como un estado limitativo, un resultado meritorio y fijo cuya obtención nos ha permitido encontrar el apaciguamiento tan deseado, sino más bien como una necesidad, un puente indispensable que nos dará la posibilidad de actuar en forma real y verídica.

El equilibrio interior se presenta, por lo tanto, como una necesidad universal, para que de allí se desprenda un Compromiso, una toma de posición neta y no teñida de subjetividad y de compensación, con respecto al conjunto cósmico.

Nuestro comportamiento, las acciones que emprendemos, nuestra entera existencia, ya no se presentan como consecuencia de las reacciones frente a tal o cual mecanismo, o hábito, sino más bien como la expresión de una verdad infinitamente más despojada y cristalina, que reina con su resplandeciente atracción en el corazón de cada cosa en movimiento.

El yo no es más que una ilusión, pero una ilusión tenaz y sólida; su templo no es más que un caserón en el cual los muros están decorados, adornados de mil y una formas, toscas o sutiles.

Sin embargo, esta ilusión está alimentada por un producto puro de la Tierra, una prolongación del instinto: la energía sexual. Esta última la genera y la mantiene, y su influencia es considerable sobre nuestra humanidad contemporánea.

La energía sexual (libido) puede y debe ser utilizada en diversas formas, permitiendo entre otras – si su repartición se hace convenientemente – una humanización armoniosa de toda intervención cósmica. Desgraciadamente, un desconocimiento general de sí misma, una total falta de lucidez, de vigilancia y de disponibilidad, le resta toda posibilidad de convertirse también en la eficaz colaboradora del Universo. La sensación, la compensación, la búsqueda egoísta y soberbia del placer, se beneficia con este impulso hacia el Otro, del cual ella es instigadora, transformando todos los encuentros sociales, familiares y otros, en un vampirismo recíproco, orquestado por la violencia y el provecho.

Permanece como un hecho esencial que cualquier aproximación interior hacia lo verídico es acompañada de la vivencia correspondiente, y esto en todos los niveles de nuestra consciencia. Se trata de ser la consecuencia y el vivo reflejo de la experiencia que se vive profundamente en nosotros.

Sin embargo, antes de llegar a la percepción plena del instante en el cual la relación se hace directamente con los seres y las cosas, antes de constatar con una acuciosidad sostenida que todo se anima y respira en una misma pulsación, debemos ejercer un cuestionamiento total y continuo, o nada, absolutamente nada, se perpetuará como adquirido, sino como una certeza petrificada y muerta.

Cada ser tiene en sí mismo la posibilidad de vivir según lo que la Armonía Universal le pide, en la plena expansión que le confiere el cumplimiento de su función. Ya que la percepción plena de la Energía, en el instante mismo en el que ella se manifiesta, y la comprensión de los diversos canales que ella utiliza con el fin de ser asimilada por nuestra consciencia, no puede sino demandarnos acrecentar cada día más nuestra apertura al mundo y aumentar mucho más nuestra capacidad de ayuda y de intervención en el seno de nuestra Humanidad.

Gérard Méchoulan

Traducido y extractado por Farid Azael de
Reveu Etre Libre, N 256
Bruxelles

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