La segunda característica de estas sociedades es que son tradicionales. El desarrollo – si se puede usar esta palabra – de la filosofía, las artes y las ciencias no se puede explicar satisfactoriamente por medio del método histórico, como si implicara alguna progresión. En primer lugar, no hay ninguna información precisa acerca del origen de sus principales escrituras sagradas. Tenemos buenas razones para creer que fueron transmitidas oralmente durante un período de longitud indeterminable, antes de que fueran fijadas por escrito, como también para suponer que los nombres de sus autores no corresponden a personajes históricos. En efecto, su paternidad literaria es tan anónima como la de los grandes mitos del mundo. Es característico de la actitud tradicional no respetar ninguna doctrina que sea proclamada como la obra original de un individuo humano; tal demanda arrojaría dudas sobre su verdad. La esencia de este tipo de doctrina es su universalidad, y un individuo no soñaría en pretenderla como propia, como no lo haría con el sol o la ley de gravedad. Por eso se atribuye su origen a dioses o semidioses. En la tradición Judeocristiana se ha seguido una práctica similar. El Pentateuco no es obra de Moisés, ni los Proverbios lo son de Salomón, ni el Libro de Enoc obra de Enoc, ni la Teología Mystica fue escrita por Dionisio el Areopagita. En la atribución de paternidad a estas obras no está implícito ningún engaño o falsificación deliberada, sino más bien una honesta renuncia a la originalidad, en la creencia de que estos temas han sido recibidos por la tradición o revelados por la inspiración.

Lo mismo ocurre en general con las artes y las ciencias, pues se basan en principios universales. Son consideradas obra de la naturaleza antes que del hombre, cuerpos de conocimiento que no pertenecen a ninguno en particular. La idea de innovación repugna al espíritu tradicional, y se considera que lo que puede parecer nuevo no es nada más que la realización de lo que existía desde el principio. No se considera como perfeccionamiento lo que parece ser el resultado de una evolución, sino más bien como variaciones sobre un tema, modos diferentes e igualmente válidos, en que un principio tradicional puede manifestarse. La nota esencial de las sociedades tradicionales es, pues, la de que los individuos no reclaman como propia ninguna verdad universal o su aplicación. Las consideran eternas y, por lo tanto, como cosas que cualquiera puede descubrir en cualquier momento. Se libran del embarazo de los modernos que anuncian la invención de una teoría grande y nueva, para encontrar posteriormente que ella fue discutida miles de años antes.

Se deduce entonces que las sociedades tradicionales asignan poca importancia al estudio de la historia, pues ellas entienden la tradición no a la manera occidental, como algo trasmitido desde el pasado, sino como la transmisión de los principios del reino de lo eterno al reino de lo temporal. La tradición que penetra en el pasado es simplemente algo análogo a esto, y como tal su historia presente es de poca importancia. Además su carácter relativamente constante y estable – unido a una piadosa ausencia de periódicos y de rápidas comunicaciones – explica que no haya mucha historia significativa que registrar. Salvo algunos pocos prodigios y disturbios aislados de naturaleza suficientemente sensacional como para distinguirlos de otros, cada año y cada siglo se parecen mucho al anterior y al siguiente.

Es interesante señalar que el espíritu occidental se horroriza ante la estabilidad y aparente monotonía de este modo de existencia antihistórico. El occidental considera estática a una cultura de este tipo, en contraste con su propia cultura dinámica. El sentido de la monotonía es el resultado de un uso inadecuado de la memoria y de la comparación continua del presente con el pasado, comparación a la que tiende el hombre occidental por su egotismo, por su prurito de ser más perfecto que todas las generaciones anteriores de la humanidad. Aun una ligera apreciación de las realidades eternas hace que los hombres vivan principalmente en el presente, y de este modo aumenten su capacidad para observar y comprender la vida como realmente transcurre ante ellos. Decir que esta vida no es dinámica, es decir que el sol, la luna y las estrellas, los océanos y los ríos, todo el reino de la naturaleza, no son dinámicos simplemente porque siguen las mismas normas de movimiento – aunque con innumerables variaciones sutiles – durante milenios. Hay una diferencia enorme entre el dinamismo verdadero y la mera agitación, la que es movimiento inconsistente en busca de la mera novedad y que es, en gran parte, el resultado de un sistema nervioso sobreexcitado.

En la misma línea de pensamiento, se hace cada vez más evidente que la supuesta superioridad de la sociedad occidental progresista sobre las sociedades estancadas del Oriente es bastante dudosa. Nuestro progreso ha sido casi exclusivamente técnico, lo que significa que podemos manejar el mundo físico con más sensacionalismo para ganar velocidad, espacio, y posibilidades de mejorar la existencia material, sin tener ninguna idea clara de lo que habremos de hacer con el tiempo que ganamos y las capacidades que adquirimos. Hemos multiplicado los libros y extendido las informaciones en una medida inigualable en la historia; pero la mera información, el mero conocimiento de los hechos, es infinitamente divisible y puede aumentarse por análisis sin que haya ningún aumento importante ni en calidad, ni en extensión real.

En suma, se ha vuelto tan lastimosamente fácil señalar la falacia del progreso moderno, considerando la invención de la bomba atómica y el surgimiento del nazismo en una de las naciones más cultas de Europa, que no sería necesario insistir en este punto. Tampoco viene al caso comentar la contaminación ambiental, el efecto invernadero, el agujero en la capa de ozono, la tala indiscriminada de árboles en los bosques lluviosos del trópico, pulmones de la humanidad. Son temas comentados hasta el cansancio en los medios de comunicación, sin que nadie parezca hacer algo al respecto.

Apenas puede existir la menor duda de que, al seguir el camino que ha tomado el resultado final de la conquista de la naturaleza, el progreso científico y el imperialismo cultural del hombre de Occidente será un estado último peor que el primero, peor que la supuesta barbarie con que comenzó la historia de Europa. Las condiciones actuales de la civilización occidental amenazan al mundo con peligros que pesan mucho más que sus realizaciones y beneficios. Es sorprendente e impactante – por decir lo menos – la absoluta seguridad que tiene el hombre occidental de su superioridad espiritual y cultural, si consideramos que nuestro modo de vida parece conducirnos a un desastre a nivel planetario.

Alan W. Watts

Extractado por Pablo Véliz de
Alan W. Watts.- La Suprema Identidad

Más Información:
Watts, Alan W.- El Futuro del Extasis.- Cairos
Watts, Alan W.- El Gran Mandala.- Cairos