Aunque la frase verdad científica tiene en nuestra época casi la misma aureola de autoridad definitiva que tuvo la frase verdad católica en el pasado, el científico honesto y escrupuloso es la última persona que puede pretender para sí tal autoridad. Como ser humano, todo científico es filósofo; pero como científico no es filósofo. Como tal, reconoce claramente las limitaciones de la rama del conocimiento objeto de su investigación. Sabe que la ciencia es la medida, la descripción y la clasificación de los fenómenos naturales; es el estudio de cómo ocurren las cosas. No puede decir qué son las cosas ni por qué ocurren. Describe la vida en su funcionamiento, pero no se atreve a decir para qué es la vida. En cierto sentido, el científico tiene con el filósofo la misma relación que el gramático con el poeta. El gramático clasifica las diversas palabras de un poema, las identifica como sustantivos, verbos y adjetivos, y describe sus relaciones sintácticas. juzga si el poema se ajusta o no a la gramática, pero no se atreve a decir si es buena o mala poesía, sea con respecto a la belleza de las palabras empleadas, o con respecto al sentido que ellas implican. Por tanto, sería exagerado de nuestra parte si esperásemos que la ciencia produzca una filosofía de la vida. Ella no puede proporcionarla como – por otra parte – el estudio de la gramática no puede proporcionarnos sentidos para expresarlos en palabras.

Según Einstein: En nuestro esfuerzo por comprender la realidad nos parecemos a un hombre que trata de entender el mecanismo de un reloj cerrado. Ve la esfera y las manecillas que se mueven, oye también su tictac, pero no puede abrir la caja. Si es ingenioso, puede imaginarse un mecanismo que sería la causa de todo lo que observa, pero nunca podría estar completamente seguro de si su representación es la única que puede explicar sus observaciones. Nunca podrá comparar su representación con el mecanismo real y tampoco puede imaginar la posibilidad o el sentido de tal comparación.