0 bien, como confesión de las limitaciones de la ciencia, podemos citar el breve comentario de Sir Arthur Eddington sobre el misterio del electrón: Algo desconocido ocurre, no sabemos qué.

La autoridad casi religiosa que popularmente se atribuye a la ciencia ha de ser tan poco aceptada por los científicos mismos como las exageradas esperanzas de paz y orden sociales puestas en la psicología y en la tecnología como aplicaciones de la ciencia. El peligro real del progreso puramente técnico es tan claro en el ejemplo de la bomba atómica que es innecesario ponerlo de relieve. Y en la medida en que la psicología es fisiología del alma, nada más puede decirse sobre su destino que lo que puede decir un médico sobre la meta a la que se dirige un cuerpo que camina. Los psicólogos pueden curar las almas enfermas y los médicos los cuerpos enfermos, pero en cuanto son meramente científicos no tienen idea de para qué están destinadas las almas y los cuerpos sanos. La única función de la ciencia en relación con los fines es determinar, en la medida de lo posible, lo que daña al cuerpo y al alma; aunque aún aquí en ciertas ocasiones el fin puede bastar para justificar el daño, tal vez la muerte del cuerpo, por razones completamente ajenas a la esfera científica, como sucede en las guerras.

Mientras la filosofía académica no proporciona a la sociedad humana ningún principio de unidad, la ciencia ni siquiera tiene la intención ni está en condiciones de hacerlo. Su función es tan estrictamente instrumental como la naturaleza física del hombre. En lo que concierne a la ciencia, los mismos científicos se han pronunciado repetidas veces en los últimos tiempos sobre las limitaciones de su esfera de conocimiento, de modo que no es necesario insistir sobre este punto.

Para cumplir el propósito de este breve estudio sobre las posibles fuentes de un principio de unidad, falta considerar a la religión. Una religión con pretensiones de universalidad, como el cristianismo, considera que su función suprema es la unificación de la raza humana en su fin verdadero, Dios; y durante varios siglos la fe católica proporcionó realmente un principio de unidad a la sociedad occidental. La cristiandad fue en verdad una cultura filosóficamente unánime la que, a pesar de las rencillas de los príncipes, dio a Europa una coherencia tal que se mantiene aún en la desintegración contemporánea.