Con ciertas reservas importantes, pareciera ser verdad que de algún modo el catolicismo es el único portador adecuado de un principio unificador que permanece en el mundo occidental. Pues el protestantismo moderno se ha vuelto tan vago, incierto y confuso en materia de doctrina que su único vínculo, así como su única enseñanza, es la moralidad basada en la imitación externa de la conducta personal de Jesús. Debiera comprenderse que la moralidad común está lejos de ser un principio de unidad verdadero. De todos modos, es un vínculo en cierto modo más adecuado que la mera comunidad de medios e instrumentos antes que de fines.

Si la moralidad consiste en hacer bien al prójimo, es evidente que ella existe para el hombre más bien que el hombre para la moralidad, permaneciendo sin solución el problema de qué es el hombre mismo. Si yo vivo simplemente con el fin de servir a mi hermano, qué hará mi hermano con el servicio que yo le presto ? Servirme a mí en retribución ? Existe la especie simplemente para servirse a sí misma, y si es así, en qué se ha de servir ? Alimentos, vestidos, información, medicina, entretenimientos inofensivos ? La mera moralidad como principio unificador nos hace retroceder peligrosamente hasta muy cerca del ideal biológico del mayor bien para el mayor número. No ofrece en sí misma ninguna razón real de respeto a las minorías porque no se apoya en ninguna doctrina relacionada con la verdadera naturaleza de la persona humana. Sus motivos de buena voluntad recíproca son puramente sentimentales y no tienen un origen más profundo que la simpatía y la piedad por el lado positivo; por el negativo, está ese arraigado sentido de culpabilidad que a veces es llamado conciencia disidente o de la Nueva Inglaterra.

Por otra parte, el catolicismo y algunas formas de protestantismo más apegadas a la tradición – aunque con menos influencia – tienen una doctrina real del sentido de la vida humana: el fin verdadero del hombre es la unión con Dios en la contemplación de la Visión Beatífica. Apartándonos de todo cuestionamiento acerca de su verdad, esta es la única – entre todas las ideas sobre el destino último del hombre – que nos presenta un fin real. No se puede preguntar por un fin posterior a este, porque el gozo de Dios es un fin infinito.