No obstante, la cuestión del fin verdadero del hombre y del principio de la unidad humana sigue siendo de suprema importancia, si no para la sociedad actual, para otra venidera o, por lo menos, para los individuos que sienten la urgente necesidad de encontrar sentido a la existencia. Como Toynbee y otros lo han señalado, las nuevas culturas pueden comenzar en medio de las viejas, así nuestra época podría ser el momento tanto de una muerte como de una gestación. Y el nacimiento de una nueva cultura de las ruinas de la anterior dependerá del descubrimiento de un principio de unidad. Aunque las consideraciones acerca del futuro son inciertas, sería ideal que existiera en el momento actual algún grupo – que hiciera las veces de núcleo – que profesara algún principio de unidad, alrededor del cual se pudiera formar la nueva sociedad, aun cuando careciera de organización externa. En verdad, esta ausencia de organización externa sería una ventaja, pues así los elementos hostiles de la vieja cultura no podrían identificar y atacar al núcleo. Por otra parte, la falta de organización difícilmente sería obstáculo serio para un núcleo adecuado.

Este no es un sueño utópico, pero tampoco una panacea para todos los males y problemas de la vida del hombre. Han existido ya sociedades en torno a un verdadero principio de unidad y aunque sus miembros han soportado guerras, pestes, hambre y violencia, en común con la totalidad de la raza humana, tenemos las mejores razones para decir que tales sociedades fueron mucho más estables y con más sentido que la nuestra, porque estaban relacionadas con lo universal. Una parte tiene sentido cuando está unida a un todo orgánico mayor que ella misma, y mayor que la suma de sus partes. En la esfera más elevada, tiene sentido lo que se relaciona con lo universal y eterno, lo que encuentra su fin verdadero en la plenitud del Ser infinito. Es significativo – en un sentido negativo – que la filosofía predominante en esta época tan inestable y carente de relaciones niegue o ignore la existencia de todo lo que esté fuera del reino de la contingencia y la relatividad. A pesar de la contradicción que ello implica, no se permite que nada sea absoluto, infinito o eterno, con excepción del relativismo absoluto. Si los filósofos aplicaran su prueba pragmática favorita a tales teorías, la relación de estas con la desintegración de la sociedad los obligaría a pensar de nuevo.