El segundo asunto que me gustaría destacar de esta cita del Gita es la magnífica postura. La espalda está derecha, los ojos están fijos en la punta de la nariz o entre las cejas; no hay miradas en torno. Más adelante en el Gita, el sosiego de la mente es comparado con una llama en un sitio sin viento. Este es un delicado símil, porque esta meditación tiene todo el poder y toda la quietud de la llama que se yergue en un lugar donde no hay brisa. Y todo esto conduce al regocijo y a la total ausencia de temor. Es sostenido por el voto de castidad, el voto del brahmachari que es celibato y castidad.

Aquí me gustaría acotar que la oración cristiana no necesita la postura de loto o, por lo menos, no está limitada a ella. Hay otras posiciones como de pie, arrodillado, postrado, sentado e incluso caminando. A menudo estas posturas son determinadas por el carácter de la persona o la cultura a la cual pertenece. Pero la postura, cualquiera que sea, es de la mayor importancia. Una posición vagamente cabizbaja en un cómodo sillón no conduce a una meditación profunda.

El tercer punto es el que hace que Zaehner insista en que el Gita puede ser un puente entre oriente y occidente, y se refiere al carácter geocéntrico del pasaje comentado. La mirada se fija en Mi, es decir, en Dios. La personalidad es unificada en sí misma con el propósito de que todas las facultades puedan ser fijadas en Dios, que está presente en lo más profundo del alma o, más correctamente, que es la parte más profunda del alma, ya que en el hombre hay una chispa divina. A este respecto el Gita está mucho más cerca del cristianismo de lo que está el Zen.

El yogui instalado en magnífica meditación tiene toda la belleza corporal de la que hablábamos anteriormente. Esta belleza es común a los contemplativos de todas las tradiciones religiosas, y es una belleza que busca inconscientemente el mundo moderno.

William Johnston, S.J.

Traducido y extractado por Silvia Rodríguez de
William Johnston.- Christian Zen.- Harper & Row.-