La Nueva Era es una invitación para abrirnos a la presencia de lo trascendente dentro de la mediocridad de nuestra vida habitual. Por este motivo, tiene poco que ver con lo profético. Los psíquicos y sus profecías han ido y venido durante siglos con un promedio mínimo de aciertos. Es mejor hacer caso omiso de ellos en beneficio de las potencialidades del momento inmediato. Las profecías sobre la Nueva Era me dan la impresión de que sacaran a nuestro espíritu del momento presente como quien saca peces del agua, dejándonos agitados por esperanzas o temores sobre las playas de la imaginación de tal o cual profeta.

A la Nueva Era se la contempla a menudo como la búsqueda de rituales chamánicos, interés por las filosofías orientales, por el ocultismo, canalizaciones (channeling), cristales de cuarzo, recuerdos de vidas pasadas y otros fenómenos psíquicos. Quienes se interesan en todo esto se auto denominan miembros de la Nueva Era, se agrupan en centros que estudian estos temas, y se consideran como agentes activos para el cambio de la humanidad. Identificar a la Nueva Era con fenómenos psíquicos o con un tipo específico de espiritualidad, es enfocarla en forma limitante y distorsionadora. Las actividades de la Nueva Era adoptan muchas formas que no tienen nada que ver con lo paranormal o lo sectario.

Centenares de personas realizan esfuerzos para el cambio y la mejora social inspirados por el espíritu renovador de la Nueva Era, aunque no usen su nomenclatura. Su trabajo busca integrar y promover la actividad intelectual y científica; desarrollar la compasión, la sensibilidad artística y las buenas relaciones humanas; extender las comunicaciones y perfeccionar las técnicas que a ellas se refieren, incitar a una visión de futuro en los negocios con miras a compartir sus rendimientos con la comunidad. Todo esto tiene muy poco o nada que ver con fenómenos psíquicos.

La Nueva Era se preocupa de la planetización de la humanidad, o sea la aparición de una consciencia de
que todos somos un solo pueblo que vive en un solo mundo y comparte un destino común (la noosfera del Padre Teilhard). Ella representa un conjunto de esfuerzos sociales, políticos, económicos, psicológicos y espirituales para incluir todo aquello que nuestra sociedad moderna ha excluido: externamente, los desposeídos, lo femenino, lo ecológico; internamente, todo lo doloroso, reprimido y no integrado de nuestra psiquis, lo que Jung llama la Sombra. Al buscar la integración, tanto externa como interna, de todos esos elementos ocultos y suprimidos de nuestra vida tanto personal como colectiva, ella pretende que podamos alcanzar la totalidad de nuestras potencialidades, individualmente y como especie humana. Plantea una nueva definición del papel de la humanidad en la creación, subrayando nuestra condición de servidores más que de amos, de administradores más que de propietarios del mundo que compartimos.