Lo más impactante son aquellas experiencias y visiones en el lecho de muerte que involucran a dos o más individuos. En un caso, una mujer se encontró moviéndose a través del túnel y al aproximarse al reino de luz, vio a un amigo suyo que venía de regreso. Cuando se cruzaron, el amigo le comunicó telepáticamente que él había muerto, pero que lo habían enviado de vuelta. La mujer también fue enviada de vuelta y después que se recuperó, supo que su amigo había sufrido un paro cardíaco aproximadamente al mismo tiempo que ocurría su propia experiencia.

Hay numerosos otros casos estudiados en los cuales individuos moribundos saben quién los está esperando en el mundo del más allá antes que les llegue por canales normales las noticias de la muerte de esa persona.

Y por si queda todavía alguna duda, otro argumento contra la idea de que estas experiencias son alucinaciones, es que a veces ocurran en pacientes que tienen electroencefalogramas planos. Bajo circunstancias normales, cada vez que una persona habla, piensa, imagina, sueña, etc., su EEG registra
una gran actividad. Aun las alucinaciones pueden ser medidas. Pero hay varios casos en que personas con EEG planos tuvieron experiencias cercanas a la muerte. Aunque hubieran sido simples alucinaciones, tendrían que haber sido registradas en sus EEG.

En resumen, cuando todos esos hechos son considerados juntos: la extensión de la experiencia, la ausencia de características demográficas, la universalidad de su núcleo, la habilidad de los sujetos para
ver y conocer cosas para las que no tienen medios sensoriales normales que lo permitan, y la ocurrencia
de todo esto en pacientes con EEG plano, hace que la conclusión sea inevitable. La gente que tiene experiencias cercanas a la muerte no están sufriendo de alucinaciones o engañosas fantasías, sino que están en verdad haciendo visitas a un nivel de realidad enteramente diferente.

Esta es también la conclusión alcanzada por muchos investigadores de estas experiencias. Uno de ellos es el Dr. Melvin Morse, un pediatra en Seattle, Washington. Morse empezó por interesarse en estas experiencias después de haber tratado a una niña de siete años víctima de inmersión. Cuando la niñita fue resucitada, estaba en coma profundo, tenía las pupilas fijas y dilatadas, sin reflejos musculares ni respuesta de la córnea. En términos médicos, se trataba de un coma tan profundo que casi no tenía posibilidad de recuperarse. A pesar de todas estas desventajas, ella se recuperó por completo y cuando Morse la examinó, estaba consciente, lo reconoció y le dijo que lo había observado cómo trabajaba sobre
su cuerpo comatoso. Al interrogarla más adelante, ella le explicó que había dejado su cuerpo y pasado a través de un túnel hacia un cielo donde había encontrado al Padre Celestial. El le expresó que no era importante que estuviera allí todavía y le preguntó si quería quedarse o regresar. Al principio ella dijo que quería permanecer en ese lugar, pero cuando el Padre Celestial le hizo notar que esa decisión significaba que no volvería a ver a su madre, cambió de opinión y volvió a su cuerpo.