Es manifiesto, pues, que la cualidad del discernimiento se refina y se eleva cada vez más, y que la persona que la posee aprende a recorrer el camino sutil como el filo de una navaja, el cual lo lleva al equilibrio perfecto entre los pares de opuestos.

Cuando el discernimiento se vuelve hacia el mundo interno y subjetivo, permite al aspirante hacer otras distinciones, como por ejemplo:
a) entre lo que es emocional y lo que es mental
b) entre lo objetivo y lo anímico
c) entre lo que es fruto de la ilusión y lo que es fruto de la intuición.

El aspirante practica en su ser íntimo una especie de selección continua, paciente y precisa que poco a poco lo conduce a distinguir lo real de lo irreal, el Yo del no Yo. Se confronta, a veces sin darse cuenta, con el problema de la elección y de la sabia distinción y sólo el discernimiento puede auxiliarlo a encontrar una solución justa y correcta.

También, en el campo de los conocimientos espirituales es sumamente necesario utilizar el discernimiento a fin de seleccionar lo que es verdadero y útil entre las diversas alternativas, no siempre verdaderas o esenciales. El discernimiento nos defiende de la fanática y ciega aceptación de enseñanzas, palabras y escritos con los cuales entramos permanentemente en contacto, propocionándonos la facultad de discernir cuál es la veta de oro puro entre los engaños e ilusiones, ofreciéndonos la capacidad de descubrir la Verdad por detrás de las superestructuras y de todas las supersticiones.

Esto, ciertamente, no es fácil, dado que, en general, nada nos lleva a rechazar o a aceptar una doctrina con entusiasmo ciego. El discernimiento nos enseña a examinar todo bajo la luz de la razón sin dejarnos sugestionar por palabras o por escritos de otras personas, ni influenciar por juicios, ideas preconcebidas y diversidad de opiniones. Por medio del discernimiento conseguimos realizar una elección sabia, prefiriendo lo que nos parece verdadero y justo, y que corresponde plenamente a las exigencias de la conciencia y de la mente.