En consecuencia, si nosotros volvemos al proceso de la deliberación, vemos al impulso irracional incapaz de aumentar y vemos aumentar la motivación racional. La diferencia disminuye entre los dos. En el instante donde la deliberación llega a su fin, la motivación racional ha llegado a ser cuantitativamente igual al impulso irracional y, a causa de su diferencia cualitativa infinita, lo vence en seguida. En este instante, el equilibrio es perfecto entre ambas fuerzas. No hay entre ellas ninguna diferencia cuantitativa.

Vemos entonces que la sensación de esfuerzo interior va a variar, en la génesis del gesto analítico, exactamente a la inversa de lo que ocurría en la génesis de un gesto interior ordinario. Ella es máxima desde que el gesto es considerado, después disminuye a medida que se efectúa la deliberación y desaparece en el instante en que el gesto se efectúa. Así el esfuerzo interior que yo siento cuando pongo en juego mi Inteligencia Independiente, es de un tipo radicalmente diferente a todos los esfuerzos interiores que conozco habitualmente. Va de máximo a cero a medida que realizo mi gesto analítico, en tanto que va de cero a máximo cuando realizo un gesto ordinario. Es, pues, un esfuerzo de descontracción mientras que los otros esfuerzos son esfuerzos de contracción. Me distiendo, mientras que en todos los otros me crispo.

Pero, aunque este gesto analítico es de un tipo tan especial, el esfuerzo de descontracción puedo, sin embargo, aprender a hacerlo cada vez mejor. Él se encuentra en el plano temporal y obedece a leyes según las cuales yo puedo mejorarlo en ese plano. Termina, cierto, en un punto más allá de sus límites; pero se elabora más acá de ese punto, en el plano temporal. Allí yo puedo entrenarme en producirlo como puedo entrenarme en producir cualquier otro gesto. Puedo, desde ya, nutrir mi deseo racional por la comprensión teórica de la riqueza de mi condición humana, del destino real que es el mío, del daño infinito que me causa el embrague de mis deseos irracionales sobre mi pensamiento. Yo puedo, en seguida, repetir este gesto instantáneo que me libera, y hacer jugar así para mi provecho la ley de constitución de automatismos. Esta ley actuaba siempre en mi contra hasta ahora, porque ella reforzaba sin cesar el embrague esclavizante. Pero depende de mí el utilizarla para reforzar mi facultad de desembrague. Yo creía que automatismo era sinónimo de esclavitud temporal, pero es que confundía automatismo con mecanicidad. La mecanicidad es el automatismo que juega en mí cuando me dejo estar únicamente en el plano temporal, pero era mi pasividad interior la que hacía que ese automatismo fuera malo, y no dependía más que de mí el hacerlo servir a mi realización.

Lo que hemos visto del esfuerzo interior en la génesis del gesto analítico, nos hace comprender una cosa importante: el gesto analítico liberador no es penoso, no lleva en sí mismo ninguna pena. Cómo podría ser de otra manera puesto que me libera? La pena no existe sino antes del gesto. Es en el preciso instante en que el gesto se plantea que la pena es la más grande. Pero desde que me pongo a realizarlo, de instante en instante la pena disminuye. Es el comienzo el más duro. Cuando he comprendido y he experimentado esta verdad, tengo menos resistencia a emprender el esfuerzo interior liberador.

Hubert Benoit

Extractado por Farid Azael de
Benoit, Hubert.- La Doctrina Suprema.- Ediciones Mundonuevo.

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