La ciencia no ha cesado de ampliar y de profundizar nuestro conocimiento del mundo, y la técnica de dominarlo cada día un poco más. Pero qué sabe del hombre la ciencia? La anatomía, la biología, la neurofisiología, conocen algo, pero y el hombre interior, la más grande riqueza de la que dispone la vida terrestre?. Se comienza tal vez a descubrirlo, más exactamente, a redescubrirlo, porque en un lejano pasado la sabiduría tradicional tenía del hombre un conocimiento empírico pero minucioso, suficientemente preciso para no ser desmentido por las investigaciones contemporáneas. Reaprender esta sabiduría, releer, o mejor leer de otra manera, los grandes textos tradicionales, constituye la sola actitud eficaz frente a un punto crítico de no retorno que tendremos que franquear: un Fin de los Tiempos.

En menos de cien años, nuestra visión del mundo ha cambiado radicalmente. Ella se ha ampliado casi al infinito en estas tres direcciones que son el espacio, el tiempo y la complejidad. El espacio infinito no es uniforme y el tiempo indefinido no es lineal; el uno y el otro son también complejos. En el siglo XIX se terminó por descubrir que nuestro Sol no es sino una estrella como cualquiera otra, perdida en el brazo lejano de una galaxia que contiene decenas de miles de millones de estrellas. Esta galaxia, nuestro pequeño rincón del universo, está hoy día perdida en la multitud de miles de millones de otras galaxias, agrupadas en formaciones más o menos organizadas. En este mundo fuera de toda medida terrestre, las estrellas nacen, viven y mueren a cada segundo. Las galaxias nacen ellas también a partir de la materia cósmica primordial. Ellas viven y mueren, entrando a veces las unas con las otras en una colisión catastrófica inaudita cuyo eco llega hasta nuestros radiotelescopios.

El hierro que colorea de rojo nuestra sangre es ceniza de estrellas de primera generación muertas hace seis a siete mil millones de años en este fuego de artificio termonuclear que se llama una supernova. Es en el crisol de esta alquimia cósmica que han nacido los elementos pesados que, dispersados primero y después aglomerados con el hidrógeno primordial, formaron las estrellas de la segunda generación de composición más compleja, como nuestro Sol con su cortejo de planetas y esta Tierra en la que vivimos. Por todas partes, Vida y Muerte son inseparables. La vida renace de la muerte cada vez que, al terminar la vida de una estrella de primera generación, es necesario que ella sea reemplazada por estrellas de segunda generación cuya mayoría está acompañada de planetas donde puedan nacer seres vivos.

No hay más que el espacio que se supone prolongado hasta el infinito. Si la duración normal de la vida de estos seres de materia y energía que llamamos estrellas se calcula en miles de millones de años, la evolución de la vida sobre la Tierra se calcula, ella también, de la misma manera. La complejidad creciente de los organismos vivientes y la emergencia correlativa de siempre más consciencia constituyen un proceso natural y no un accidente absolutamente improbable. Considerando el número seguramente muy elevado de planetas susceptibles de acoger el desarrollo de seres vivientes, se concluye por lógica que la vida organizada debe estar repartida un poco por todas partes en el universo. Considerando, en segundo lugar, lo indefinido del tiempo, la vida inteligente y aún “super inteligente” debe, a su turno, existir un poco por todas partes. Hace algunos siglos, el académico Fontanelle podía producir un escalofrío intelectual hablando de la pluralidad de los mundos habitados”. Hoy día es una casi certidumbre, aún cuando el contacto con otras vidas inteligentes no es algo posible para mañana. La pregunta dónde va el hombre? no se encuentra respondida hasta ahora. Sin embargo, en adelante ella se plantea de otra manera. Qué pueden aportar las sabidurías tradicionales como contribución para ayudar a responder esta eterna interrogante existencial?

Los tiempos y la historia
Un aporte esencial del pensamiento cristiano fue el concepto de “tiempo histórico”. La Revelación del Evangelio y la muerte redentora del Cristo constituyen eventos singulares y únicos, incompatibles con la concepción cíclica de las cosas y el Eterno Retorno de la filosofía griega. Ellos son también incompatibles con el concepto de un tiempo quebrado e incoherente como el de los gnósticos de los comienzos de nuestra era, para quienes la salvación no podía resultar sino de una fuga fuera del mundo y del tiempo.

La termodinámica ha hecho suyo este tiempo histórico y evolucionante anunciando lo que se llama el Segundo Principio: Hay algo que no puede sino ir aumentando en el universo”. Como variante, ese “algo” constituye por sí mismo la flecha del tiempo. El siglo XIX había creído que este aumento era el del desorden, lo que conducía inevitablemente – según parecía – a la muerte térmica del universo físico. Se sospecha hoy día que esta cosa en crecimiento es la complejidad y la “conscientización” hacia siempre más espíritu. Toda organización implica la memoria de su complejidad, la manera más simple de memorizar para el ser vivo es a través de la información genética de las moléculas del ácido nucléico. Se observa, en el curso de centenas de millones de años, la progresión de la complejidad, que va de la bacteria a la alga, de ahí a las esponjas, después a los peces y a los anfibios, en seguida a los reptiles, en fin a los mamíferos y al hombre donde culmina una información genética de 10 elevado a 10. El hombre está en camino de dominar el conocimiento de la organización de esta memoria con lo que se llama Ingeniería genética”, los últimos experimentos van ya en la clonación, que es la reproducción de organismos por duplicación de células sin necesidad de padre y madre biológicos. El punto alcanzado debería hacer reflexionar a los políticos y a los filósofos. De todas maneras, no parece posible llegar más allá del hombre en la complejidad genética. Los riesgos de error en la reproducción serían tales que la especie correspondiente se extinguiría pronto bajo las malformaciones congénitas y el cáncer.

Un fin de tiempo pasado
La vida, en su evolución siempre hacia mayor complejidad, ha elaborado otros mecanismos de información a fin de transcender el límite precedente. Ella ha inventado el sistema nervioso y los procesos de aprendizaje. Los dinosaurios estuvieron en ese límite de crecimiento en un Fin de los Tiempos tan lejano en el pasado terrestre. Su cerebro, relativamente pequeño, podía ya contener casi tanta información como la que estaba inscrita en su código genético. Con los mamíferos, y sobre todo con esta especie avanzada que es el hombre, la información adquirida por aprendizaje sobrepasa en mucho la información innata.

Existió hace cerca de sesenta y cinco millones de años ciertos dinosaurios muy semejantes morfológicamente a las actuales avestruces, que deberían ser tan inteligentes como los mamíferos de la época. Se podría soñar una evolución diferente donde el ser humano, el más inteligente actualmente, descendiera de esos dinosaurios y no de los primeros mamíferos. Después de todo, puede ser que no haya grandes diferencias en la inteligencia consciente, aunque ella utilizaría una numeración sobre la base a ocho y no de diez. Los dinosaurios no tenían más que cuatro dedos en cada pata, en lugar de los cinco dedos de los mamíferos.

Aparición de Super-seres
En el hombre, las posibilidades de adquisición de informaciones por aprendizaje han llegado a ser tan grandes que una vida entera no basta para explotar a fondo la capacidad potencial del cerebro. El límite se ha extendido un poco con la prolongación de la vida humana, pero pronto ha sido superado por el exceso. Entonces, la Vida ha sugerido la idea de memorias exteriores: ladrillos cuneiformes, manuscritos sobre pergamino, libros impresos. Ahora cintas magnética y las memorias de los computadores. Uniéndose con las facilidades actuales de comunicación, empiezan a emerger verdaderos Super-seres: las Multinacionales. Son seres auténticamente vivientes, en las antípodas de las colectivizaciones uniformizantes, a las cuales se resignan los ideólogos atemorizados por la responsabilidad individual inmensa que se abre siempre más, gracias a la aparición en curso de estas super-organizaciones. Curiosamente, nos encontramos hoy día precisamente en el punto donde la memoria externa de los Super-seres que nacen comienza a superar la memoria individual de un individuo humano. Se perfila una mutación mayor, con todas las turbulencias que ella conlleva. La complejidad que comienza no tiene nada de una colectivización de masas, todo lo contrario. “La unión diferencia”, no cesaba de repetir Teilhard de Chardin, la mutación en curso va – a diferencia de la que ocurrió hace sesenta y cinco millones de años – a producirse rápidamente. Tan rápidamente que ella toma un aspecto de “catástrofe” y se parece mucho a ese Fin de los Tiempos que tantas tradiciones mencionan en sus mitos.

La aparición en curso de estos nuevos Super-seres realmente dotados de vida, de pensamiento y de consciencia, implica la valorización esencial del hombre individuo: cada persona es irreemplazable. El hombre terrestre puede asustarse ante esta apertura. Puede rehusarla refugiándose en la irracionalidad individual o en la colectivización de masas. A nuestra escala, la catástrofe sería mayor. Pero a la escala de la Vida en el universo, este accidente local no tendría consecuencias.

El cerebro y el espíritu
Qué pasa con la tradición en todo esto? Su aporte me parece más importante que nunca. Nosotros redescubriremos, en efecto, que el hombre, y sobre todo el hombre interior en toda su indefinida complejidad, constituye la más grande riqueza de la que dispone la vida terrestre.

No encuentro nada de sorprendente que la sabiduría tradicional haya, en un pasado lejano, descubierto empíricamente muchas cosas sobre este “espíritu” u “hombre interior”, del cual nuestra época descubre maravillada toda la importancia. En particular por el estudio de lo que se llama “estados diferentes de consciencia”. Una palabra definitivamente mal escogida es esta denominación de “estado”. Deja creer, en efecto, que se trata de configuraciones estáticas, siendo que un estado de consciencia es, por naturaleza, un proceso dinámico, de contenido indefinidamente cambiante dentro de una cierta estabilidad de estructura.

El espíritu es “eso” que emerge del funcionamiento complejo de esta complejidad organizada que es nuestro cerebro trinitario informado por el cuerpo e informándole a su vez. La vida es movimiento, cuando éste se detiene, es la muerte.

Dos fuentes y tres vías
En su célebre obras ‘Las dos Fuentes de la Moral y de la Religión”, aparecido en 1932, el filósofo Henri Bergson opone una raíz social, colectivizante, y por ello cerrada, a una raíz “mística”, individualista y ampliamente abierta. Son necesarias reglas éticas para vivir en sociedad sin demasiado daño, pero el grupo siempre ha tenido tendencia, para justificar estas reglas, a transformarlas en mitos – hoy día, en ideologías – proyectando en esos mitos sus angustias y sus inquietudes colectivas. Estas últimas permanecen estrechamente ligadas al entorno histórico y económico del momento que ha visto nacer tal expresión de los mitos. Por lo tanto, no tienen valor universal. Sucede en forma diferente con los frutos ocultos de la búsqueda mística”.

La exploración individual de la indefinida complejidad del hombre interior se hace según tres vías principales, cada una bullendo de vida en su diversidad. La idea de otra cosa” que no sea el cuerpo material debe mucho, seguramente, a la observación atenta de este fenómeno tan corriente, y todavía tan mal conocido, que es el sueño. El estudio de su contenido no exige ningún tipo de aparato especial, sino sólo un poco de voluntad. Esto ha sido hecho desde la más remota antigüedad.

El empleo de productos químicos naturales para realizar estados diferentes de consciencia constituye la segunda vía mística. La India védica ha conocido el soma”, que parece ser la amanita mata-moscas, un hongo alucinógeno muy común, y bastante peligroso de usar. Europa no ha ignorado la vía de las drogas. La iniciación a los célebres Misterios de Eleusis – cuyas raíces se hunden profundamente en las civilizaciones europeas autóctonas pre indo-europeas – incluía la absorción de una bebida ritual: el “cyceón”. Algunos estudiosos de la civilización griega han discutido la naturaleza de esta cocción de cebada y de menta. Ciertos tipos de mentas contienen substancias psicodélicas capaces, al ser absorbidas, de inducir un estado diferente de consciencia con “visiones” asociadas.

La tercera vía de búsqueda individual utiliza técnicas corporales, o más exactamente, “somatopsíquicas”, por ejemplo, la meditación, las respiraciones rituales, o aún la deprivación sensorial. Por “meditación” no quiero significar una reflexión filosófica intensa sobre un tema arduo, sino esta actividad no activa que busca calmar el espíritu en un comienzo – la etapa “Dharana” del Raja Yoga, la Noche Oscura” de los místicos cristianos – a fin de permitir, posteriormente, la exploración de sus profundidades indefinidas gracias a la concentración pura, las etapas “Dhyana”, después “Samadhi”, del Raja Yoga, y la “Contemplación” cristiana. La descripción de técnicas es más bien – lo entendemos fácilmente – sobre las etapas preliminares de la meditación que sobre sus etapas últimas. Sin embargo, se puede poner un punto final último en la exploración en profundidad de la complejidad indefinida del espíritu?

Las tradiciones occidentales
El estudio de las técnicas conducentes a estados diferentes de consciencia tiene demasiada tendencia a limitarse al yoga indio, desconociendo el siguiente hecho: el yoga, técnica ante todo personal, ha sido recuperado por el brahmanismo, después de ser combatido en vano por los sacerdotes de esta religión fuertemente socializada, y, por lo tanto, ritualista. Totalmente ignorado por los Vedas, el yoga hunde profundamente sus raíces en la civilización pre indo-europea de la península india.

Pero, prefiero limitarme a las tradiciones occidentales, demasiado desconocidas. Porque, después de todo, el estudio atento de estados diferentes de consciencia bien pudo ser efectuado por los sabios de las grandes civilizaciones europeas del neolítico, que se expandieron en el siglo V antes de nuestra era en la planicie del Danubio, y que más tarde erigieron los megalitos en las costas atlánticas. Fue antes de Sumer, de Egipto, de la Creta de Minos y de la India védica.

En el siglo IV antes de nuestra era, Timeo transmitió este comentario de Empédocles: “Había un hombre de un saber prodigioso Pitágoras – que adquirió tal riqueza en sus pensamientos como para llegar a un nivel capaz de actos sabios de toda especie: él controlaba su aliento y podía contemplar fácilmente cada parte de la realidad pasada de diez y aún de veinte vidas humanas.”

Tanto por el testimonio citado como en otros análogos, podría pensarse en técnicas respiratorias concretas con miras a la concentración del espíritu o de la “fuerza vital” difusa en el cuerpo humano. Esta concentración podía conducir a resultados sorprendentes como los adjudicados a Pitágoras. Hay que admitir que los primeros filósofos griegos no fueron puramente intelectuales. Algunos conocieron y practicaron técnicas somato-psíquicas para acceder a un mejor conocimiento del espíritu. En una comedia satírica dirigida contra Sócrates, “Las Nubes”, Aristófanes hace clara alusión al empleo de “técnicas de meditación pasiva”. Estas técnicas hunden, sin duda, sus raíces en los viejos fondos europeos autóctonos.

La tradición fue transmitida de los platónicos a los neo-platónicos de los comienzos de nuestra era. Se explica entonces que las técnicas respiratorias sómatopsíquicas hayan sido abundantemente practicadas por los primeros ermitaños cristianos, llamados los Padres del Desierto porque se refugiaban en cavernas del desierto de Egipto para meditar. La tradición se transmitía de maestro a discípulo, expandiéndose extensamente en el cristianismo oriental ortodoxo. En sus “Ejercicios Espirituales”, San Ignacio de Loyola da a entender que no ignoraba la importancia de la respiración para ayudar a la concentración del espíritu.

A propósito de la “segunda manera de orar”, el místico fundador de los Jesuitas precisa que los ojos deben estar “cerrados o fijados en un punto, sin mirar aquí y allá”. Esta fijación apacigua el flujo tumultuoso de las asociaciones imaginativas. La llama de un cirio en la penumbra de una iglesia es un excelente soporte para la meditación pasiva. Las técnicas respiratorias son descritas por San Ignacio cuando trata de la “tercera manera de orar por ritmo”. Esto consiste en que “a cada inspiración o expiración, orar mentalmente pronunciando cada palabra del Padre Nuestro, u otra plegaria, recitando (mentalmente) sólo una palabra entre una y otra respiración. Se tenderá, sobre todo, a considerar sea el sentido de esta palabra, sea la persona a quien la plegaria va dirigida, sea la propia bajeza, sea la distancia que hay entre tal alteza y tal bajeza.”

La eficacia de esta técnica para apaciguar la imaginación y poder meditar eficazmente está certificada por la experiencia personal del autor de los “Ejercicios Espirituales”.

Otro heredero de la tradición neo-platónica a través del esenismo, es la mística judía de la Kábala que no ha ignorado las técnicas respiratorias, asociándolas a la recitación monótona, tal como ocurre con los “mantra” de la India ola plegaria del corazón” de los monjes del Monte Athos. En la Inglaterra del siglo XIV un sacerdote anónimo redactó un admirable tratado místico: “La Nube del No-conocer” (The Cloud of Unknowing). Allí expone claramente el cómo y el porqué de la repetición con miras a apaciguar las actividades desordenadas del “espíritu”. “Elige la palabra que quieras: Dios (God) o amor (love) o cualquiera que te plazca, siempre que sea corta en sílabas… Con esa palabra, tú golpearás la nube de la oscuridad por encima de ti. Con ella, tú abatirás todos los pensamientos bajo la nube del olvido. Si algún pensamiento te importuna y te pregunta lo que tú quisieras poseer, no le respondas sino con esta palabra… Ten la seguridad de que, si te mantienes firme en esta resolución, ningún pensamiento lo resistirá”.

Redescubrir la sabiduría
Cuando se despojan los textos tradicionales de la hojarasca agregada en el curso de los siglos por las jerarquías religiosas de turno, uno se queda perplejo de su convergencia hacia lo que se muestra más que nunca válido: el destino de la humanidad en general, y la realización de cada ser humano en particular dependiendo en principio de nosotros, y no de un cielo lejano al que sería suficiente rezar con los ritos apropiados. Este redescubrimiento de la sabiduría universal oculta en todas las tradiciones no nos lleva a condenar al mundo moderno, como lo haría un René Guenón, ni a renunciar a él, a la manera de un Lanza del Vasto. La huida o evasión en sueños del pasado, para los que creen así ponerse al amparo, no impedirá en nada la mutación de este Fin de Tiempo que se aproxima a grandes pasos. La relectura vivencial de todo lo que nos han legado las tradiciones me parece más y más la sola actitud fructífera y valedera para franquear este punto crítico que está frente a nosotros.

Luciano Gerardin

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Question de N 26
Editions Retz
París

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