El Bosco
 
La Parábola del Hijo Pródigo ha sido considerada la perla de las parábolas, no sólo por representar un tema tan cercano y humano, posible de acaecer en cualquier familia, sino por su profunda simbología, de varios niveles de significación. Deja, asimismo, áreas de penumbra que suscitan más sugerencias que certezas, invitándonos a la reflexión. El texto del Evangelio de San Lucas, en la versión de la Biblia de Jerusalén, expresa:
Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado! Pero él le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.
Desde el punto de vista de una familia habitual, se comprende perfectamente la secuencia. En el desarrollo humano, el padre es la imagen y arquetipo de lo que el niño puede llegar a ser. Es quien le da la vida y lo forma, a su imagen y semejanza, según sus propias creencias, cultura y valores. Sin diferenciarse en los inicios del padre, pronto el niño lo convierte en su héroe y protector, a menudo idealizándolo, hasta que llega a la adolescencia, etapa en la que se produce el quiebre. El ídolo se derrumba y el joven siente la necesidad de construir sus propios y valores y conductas sobre la base de su experimentación personal entre sus iguales. Ya no absorbe pasivamente lo que recibe de su progenitor, y a menudo esta diferenciación toma ribetes rebeldes o se produce en medio de constantes enfrentamientos. En la construcción de una identidad propia, ésta es una etapa necesaria, que puede ser relativamente amigable o respetuosa o bien francamente confrontacional, pero que conduce a la individualización del joven, más allá de su tronco de origen, y con más o menos éxito en sus resultados. Cuando este proceso de diferenciación no se produce y se mantiene un sometimiento pasivo a la autoridad que el padre representa, difícilmente se constituirá una personalidad sana o una base de seguridad interna mínimas.
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Astrológicamente, el momento del quiebre está determinado por la ubicación de Saturno, el planeta que representa la ley y la autoridad en la carta, en una posición opuesta en 180 a la que tiene en la carta natal de una persona. La órbita de Saturno dura alrededor de 29 años, por lo que entre los 14 y 15 años de edad se encuentra antagónico a su lugar de origen. Así pues, todo lo que se respetó, veneró y creyó desde el nacimiento se ve ahora como una futilidad, un entorpecimiento o una imposición ajena a la propia elección. Este es el momento que da comienzo a la parábola. El Hijo Pródigo desestima todo el bienestar que ha tenido en casa del Padre y las normas por las que hasta entonces se ha regido, y siente la necesidad de formar su propio mundo a su manera, y experimentar alejándose de su origen. Es pródigo porque en su ardor juvenil derrocha todo aquello que hasta entonces fuera su vida: orden, bienes, principios, costumbres. Ya sabemos que no le va muy bien y anhela regresar; si lo interpretamos astrológicamente, tras haberse superado la oposición de Saturno, y al verse en tan miserable estado, experimenta un despertar del sueño, y al más puro estilo saturnino, siente que debe bajar la rodilla a tierra y humillarse ante su padre para ser perdonado.
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El Padre de la parábola resulta ser extremadamente benévolo, y lo recibe, no sólo sin reproches ni sermones cosa que rara vez ocurre – sino que espléndidamente, sin querer saber nada de explicaciones. Aparece aquí la figura del hermano resentido por la recepción otorgada por el padre al derrochador, injusta a sus ojos. Él, que jamás ha cometido falta, no ha sido nunca así festejado. Para cualquier observador resulta un resentimiento comprensible y hasta justificado. La perseverancia, el trabajo constante, el apego al orden y las costumbres del hogar, no resultan premiadas; por contraste con la recepción brindada al disoluto, casi parece un gesto de menosprecio. Se muestra aquí que el amor del Padre, y su alegría por reencontrar al Hijo perdido son tan inmensos, que nada reprocha y todo perdona; ni siquiera tiene que perdonar en verdad, pues nunca ha estado ofendido. No ama más a uno que otro, pero el gozo del reencuentro lo supera todo. Para quien verdaderamente ama, este resulta un comportamiento normal y natural, y para cualquier individuo, la alegría de recuperar lo que se creía muerto o perdido un ser querido, la salud de un órgano, un objeto significativo – supera en mucho al gozo que tiene, al menos en ese momento, de la suma de todos sus otros bienes o pertenencias.

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Desde la interpretación religiosa, el Padre que ama a su Hijo por sobre todas las cosas es Cristo, quien con su amor redime al pecador. La misión de Cristo no es estar con los santos, sino donde está la necesidad, donde está el pecador, acoger al extraviado. El Hijo Pródigo es, naturalmente, el pecador, que experimenta una conversión y vuelve a la luz y el orden paternos. Este Hijo ha caído lo más bajo que un judío podía caer, sin poder siquiera comer el alimento de los cerdos en la porqueriza. El experimentar esa miseria extrema es lo que lo lleva a tomar consciencia del camino que lo ha llevado hasta aquí, para decidir regresar. Este es el momento más dramático de la Parábola: Me levantaré, iré a mi Padre El Padre siempre está aguardando, pero es el Hijo quien debe ponerse en pie y hacer el duro camino de regreso al hogar. Si no hay una decisión interna y personal, no hay conversión, no hay consciencia ni comprensión. Puede haber gracia, pero no se puede contar con ella. Esta decisión, este me levantaré es el que hace tan emotivo el reencuentro posterior. Pero no puede ser sólo una decisión de un instante, debe ser una voluntad que permanezca durante todo el regreso. El regreso no es un retorno geográfico, sino un inmenso proceso de reconstrucción de todo lo mancillado. No basta darse cuenta, enumerar, reprocharse, sentir remordimientos, planear enmendar; hay que hacerlo. En la vida de todos los días, actuar de acuerdo a lo que se ha establecido como el bien, lo bello y la verdad, hasta que se restablezca como una forma de ser. No se borra de una plumada, o sólo con ideas teóricas o un buen propósito pasajero, lo que se ha distorsionado durante largos períodos; debe practicarse hasta encarnarse. De este modo es posible la redención, el descubrir que a pesar de todo siempre siguió siendo amado y que más que ser perdonado necesita perdonarse, pues fue su propia vida la principal perjudicada (tras toda acción se deberá afrontar la reacción a ella, aunque de algún modo el ser humano siempre espera que alguien con más autoridad -un Padre-, le certifique que la reacción ha equilibrado a la acción). Se puede suponer que la gracia, o la luz del Padre, o la evocación de su imagen, lo iluminen o alienten durante el penoso regreso, pero el Hijo lo debe hacer con su esfuerzo si quiere ganarse su posición de Hijo otra vez y disfrutar del calor del Hogar.

Desde esta misma interpretación religiosa, el hermano celoso representaría a los fariseos, y por extensión a todos aquellos apegados a la letra de la ley más que a su espíritu, a los que se sienten en gracia tan irreprochable que tratan de evitar que los pecadores participen también del amor del Padre, ambicionando guardarlo sólo para sí. Por contraposición a la posición farisaica, el Padre hace una fiesta cada vez que un extraviado retorna al Hogar.

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En una visión más amplia, puede concebirse al Padre como el origen de un mundo, de un Universo, a partir de una Voluntad inicial o Gran Aliento, esto es, desde lo más sutil hasta la más basta y densa materia que configura todas las cosas. Es el camino de involución de la creación – ya sea que se lo considere desde el punto de vista del Génesis bíblico o del Big Bang – es decir, desde el Absoluto hasta la materia. Este camino descendente implica expansión, diferenciación, interacción y también libertad, tanto para que intervenga el azar como el libre albedrío. No todo está determinado. El desarrollo de cualquier mundo alcanza un punto crítico de expansión y diferenciación, tras lo cual comienza el camino de regreso o de evolución, en el que lo múltiple vuelve a lo Uno, o la existencia a la esencia, a través de procesos de concentración. En el recorrido, se ha obtenido consciencia.

J.J. Tissot
De este modo, todo lo que es posible dentro del Gran Aliento original, se manifestará, aunque no esté predeterminado en sus detalles o formas precisas, pero es guiado por el Orden y Propósito del mismo. En todo el trayecto, tanto el descendente como el ascendente, existe por tanto una permanente Identidad de lo Uno con su creación, de lo pequeño con lo grande. La criatura nunca deja de ser una con su creador, el mundo nunca está aparte de la Voluntad Primera. Pero la creación debe retornar a través de sus propios procesos, por más que estén concebidos desde el punto de partida como posibles. Considerado desde esta perspectiva, el Hijo Pródigo bien puede representar un universo completo, desde su nacimiento, pasando por la inmersión hasta los últimos confines de la oscuridad en el mundo físico, hasta que el roce alcance una intensidad suficiente como para volverlo hacia el punto original y comenzar el ascenso. El retorno trae a otro Hijo que el que partió; es el mismo, y sin embargo no lo es. Ahora es un Hijo dolorosamente consciente de sí mismo, de la separación, del desarraigo y de su inconsciencia implícita, aunque nunca haya sido verdaderamente escindido del espíritu primordial. Pero eso sólo lo sabe al regresar.
 
Rembrandt

El Hijo, la criatura, inicia su viaje para diferenciarse e individualizarse, y retorna para individuarse. Desde esta misma interpretación, el Hermano sería aquella parte que el Creador guarda para sí. Es tan parte del Creador como el Hijo que es lanzado a la manifestación, pero no es esta la ocasión para que se actualice todo su potencial. Si el Hijo Pródigo, en su retorno, escenifica la re-ligazón, la fusión consciente con el origen, el Hermano sería la fusión inconsciente, oceánica e indiferenciada; entre ambos hay todo un mundo de distancia. En el Bhagavad Gita, Krishna dice: Con un fragmento de mí impregno el mundo, es decir, sólo una ínfima proporción del potencial es comprometido en la explicitación de un mundo, un universo, un ser humano. Lo demás, espera su momento en implicado silencio y anonimato.
 
La parábola del Hijo Pródigo se refiere a temas muy sensibles a todo ser que busca salir del aislamiento del exilio. Habla de creación, amor, dolor, culpa, retorno, redención, humildad, pertenencia y separación. El Padre puede ser considerado como la propia consciencia superior proyectada, en definitiva, aquello que en germen ya soy pues me precede, y que debo actualizar.

El hombre es el único ser vivo que siempre nace en cautiverio: un alma interpenetrada en un cuerpo, y sólo a través del cual, y mediante la realización de la intención correcta, puede retornar. De algún modo esta breve historia nos permite también vislumbrar el profundo sentido del sufrimiento consciente en los seres humanos.

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