Pribram, Bohm, Capra, y todos aquellos que perciben la urgencia imperativa de expandir y poner en práctica en su vida cotidiana la concepción del universo holográfico y del orden implícito son, como lo decía Leary: “agentes del servicio de inteligencia”, ustedes y yo también. Comprender que el cerebro de cada uno interpreta, traduce, un modelo donde el todo está contenido en la parte, ocasionará un cambio extremadamente profundo en el comportamiento de cada uno, relativizando las diferencias de interpretación. Igualmente, se comprenderá mejor porqué la Tradición nos exhorta a ” llegar a ser uno”. Es la coherencia/ cohesión de nuestra luz que nos permite reconstituir el holograma-unverso con sus relieves y dimensiones. Ciertos rituales de nacimiento zíngaros repiten que: “el huevo, el pequeño huevo es redondo, es necesario comerlo sin quebrarlo, y tú te nutrirás de él si lo ves”. Volvamos al huevo para asir mejor la realidad del “orden implícito”.

Sin embargo, hay que trazar límites severos, pues ya la extravagancia se ha apoderado de la teoría holonómica, sugiriendo, por ejemplo, que no existe ninguna ley posible – o más bien, ninguna continuidad – en el universo, cada cosa no estando inscrita más que en el conjunto de las otras y sin ninguna organización. El postulado es fascinante pero conduce al absurdo. “Cada sistema nervioso – recuerda Tim Leary – crea su propia isla de realidades. La epistemología neurológica reside en ésto: la Verdad es subjetiva, el Hecho es social. Pero es en función de su “nivel de verdad” – correspondiendo al circuito neurológico donde se encuentre cada uno – que cada uno interpreta y crea su propio universo”. Entonces, si la matriz, al momento de nuestra hipótesis, permanece irreductible y no se manifiesta hasta que un sistema nervioso esté allí pronto a aprehenderla, nuestro instrumento, o sistema nervioso, puede afinarse y nosotros podemos progresar con él en nuestra “creación” del mundo.

El octavo y último circuito neurológico – al que no somos más atentos de lo que seríamos al diálogo ADN-ARN en el interior del cerebro – se abre sobre la “verdad neuro-atómica: el cerebro no registra más que signos cuántico-atómico-nucleares, a los cuales él sirve de mediador” pero que en el hecho, no interpreta.