Poco importa si en occidente se tiene tendencia a hablar de Dios. Cada cual no puede percibir más de lo que le permite su nivel de ser. El teólogo mismo se arriesga, muy a menudo, a estar privado de esa experiencia; si no, él sería menos elocuente y asertivo. Sabemos que para los semitas, el Nombre” evoca el misterio incomunicable de la persona. Dios no debería ser nombrado, de ahí la importancia de la vía apofática presentada por Denys el Areopagita y que se descubre en la espiritualidad de los Padres del Desierto. Ellos distinguían en Dios la esencia imparticipable de lo que llamaban las energías divinas. Estas son increadas. Al manifestar la esencia divina de donde han surgido, ellas operan la asunción de lo creado deificándolo.

Filón hablaba de tres tipos de hombres. Esta triple división fué retomada por escritores de la Edad Media bajo los nombres de: principiantes, progresantes y perfectos. El principiante – u hombre animal, a menudo más bajo que el animal – no puede ver y comprender más que lo que está a su nivel, es decir, se mantiene en la confusión y menosprecia lo que se le escapa. El progresante recurre a la razón. Pero la razón está privada de acceder a lo incomunicable y no puede hacer más que oscurecerlo. El perfecto significaba el espiritual, el hombre de intuición y de experiencia en el que el conocimiento y el amor se interpenetran. Así y todo se mantiene en la humildad, es consciente de su indigencia. Así Sócrates comprendendía que no era un sabio porque sabía la diferencia entre sophos y philosophos. Por lo mismo, Kierkegaard confesaba que no era cristiano. Esa consciencia de no ser cristiano – no se sentía digno – hacía de él un cristiano. Esto significa que sólo los principiantes y los progresantes se dejan “inflar” por un pseudo-conocimiento de donde extraen una buena conciencia… Son incapaces de captar la amplitud de su no-saber, o sea, de su ignorancia. A este respecto, una religión, cuando no ha sido vivida interiormente, puede presentar peligros para la vida espiritual creando una falsa seguridad cuyas consecuencias son ilimitadas.

Los comunistas decían que la religión es el opio de los pueblos; pero una religión desfigurada no sino un opio entre otros opios. El peligro está en pertenecer a una colectividad, estar satisfechos de su pertenencia, exteriorizarla y socializar la religión. Si tomamos como ejemplo el cristianismo, es evidente que al origen se trataba menos de una religión que de un arte de vivir y de amar. El cristianismo ha sido desfigurado durante siglos por los cristianos y nosotros soportamos las consecuencias. Y esto tanto más que los cristianos son particularmente ignorantes de su tradición, leen poco las Escrituras sagradas y menos aún los padres griegos y latinos. Una tal lectura los arrancaría de sus supersticiones, de un dogmatismo a menudo petrificado y de un dualismo anestesiante. Es por eso que creo en la importancia de encuentros entre las diversas metafísicas. Los métodos presentados por el yoga y el zen pueden ayudar a aquellos que se piensan o quieren ser cristianos, a tomar una nueva consciencia de la fisiología de la psicología. Superando estos estados, o mejor asumiéndolos en otro nivel, sacarían provecho de la atención y de la meditación.

Hay más diferencias entre los hombres que entre los animales decía Montaigne, inspirándose en Plutarco. Estas diferencias entre los hombres corresponden principalmente a los cambios que ocurren en el curso de la vida de un solo hombre. Cuando en nuestra existencia conocemos lo que llamamos “una conversión”, una entrada en la interioridad, la aproximación al fondo secreto, todo es diferente. La visión del mundo, de los otros, de sí mismo, es rigurosamente otra cosa. Esta nueva visión no sólo es incomunicable sino, además, no sabría manifestarse al exterior. Permanece secreta. No puede aparecer externamente sino en la medida en que descubre a otro que haya pasado por una experiencia análoga. Es normal que los que no han conocido esta metanoia se burlen de los que aluden a ella. Recordemos las palabras de Lao-Tse:

“Cuando un hombre vulgar
escucha hablar del Tao
estalla de risa.
Si él no se riera,
el Tao no sería el Tao.”

El hombre puede vivir en su infierno o en su cielo, “Nacer de nuevo”, es decir, nacer a otro nivel, se presenta como una nueva encarnación. Cuando el Cristo aconseja vivir en el mundo sin ser del mundo, o declara que su reino no es de este mundo, la expresión “este mundo” es significativa. No se trata de un lugar situado en el espacio, sino de un estado. El mundo designa el estado de oscuridad rechazando la luz. Es confusión, ignorancia, trampas, mentiras y por consiguiente está desligado de Dios. “Dejar el mundo” no significa necesariamente “huir” de un lugar exterior, vivir en una ermita o entrar en un monasterio pues “el mundo” está en el hombre. En todo caso, renunciar al tumulto y a la agitación del exterior favorece la interioridad. El retiro, la soledad, el recogimiento son positivos y, de una cierta manera, indispensables a la vida interior, al conocimiento de lo inteligible. Filón ha mostrado que no son las diferencias de lugar las que engendran las buenas o malas disposiciones, pues es Dios quien lleva a donde quiere la carne del alma”. Sin embargo, retirarse de la muchedumbre, vivir en contacto con la naturaleza aparece a veces necesario. Es tan difícil no dejarse contaminar por la mediocridad. La visión permanece oscura cuando uno se mantiene al nivel de la consciencia común, haciendo allí su nido. No hay semejanza entre los que son del mundo y los que no lo son, entre los que duermen y los que han despertado, entre los esclavos y los hombres libres. Vivir entre los condicionamientos, diversiones e inquietudes que pertenecen a la dimensión “mundo”, impide estar en sí mismo, habitar consigo: habitare secum, decían los antiguos. El hombre interiorizado se recoge en sí mismo, no para entrar egoístamente en sí como en un cascarón, sino para experimentar la belleza de su profundidad ilimitada. Es gracias a ella que él descubre su relación fraternal con todo el universo.

Recordemos que la búsqueda por la búsqueda es insuficiente. Nos hemos referido ya a sus peligros. La búsqueda es comparable a un viaje. No se supone estar siempre en viaje. Importa sentarse y quedarse tranquilo, sin interrogarse si se han realizado o no progresos en el perfeccionamiento interior. Una tal pregunta efectuada a sí mismo sería absolutamente ociosa.

Es cierto que la lámpara debe ser encendida con un tizón. Pero cuando ella encendió, el tizón ya no se necesita. Es imposible coger el instante en que la claridad se extiende. Se sabe solamente que un momento antes no se veía y que ahora, de súbito, se ve. Lo importante es que esta luminosidad pueda amplificarse. Es posible recaer mil y una vez en la noche de las dudas y de la inquietud. Si procuramos reflexionar cómo se operó el pasaje de la oscuridad a la luz, podemos suponer que ocurrió por métodos o técnicas, pero sabemos muy bien que no fueron ellas las que hicieron aparecer el relámpago. En un instante, sobrevino la gracia, una misteriosa gracia. Los párpados se levantaron y las pupilas vieron; los velos que oscurecían fueron súbitamente arrancados. El rostro interior muestra trazas de quemaduras. Cómo se operó la quemadura, cómo ha podido surgir la experiencia de la visión, cómo el tizón encendió la lámpara, se ignora…

El problema está en si habrá en alguna parte en nuestra civilización moderna industrial un tizón que pueda encender la lámpara. He pensado durante largo tiempo en las órdenes religiosas, las grandes órdenes como los cartujos, los benedictinos; pero creo que el peso de la institución, las normas, los reglamentos impiden que la lámpara, si la hay, llegue a ser un faro. Comprendo muy bien que los hombres que quieren dedicarse a una búsqueda espiritual dejen el mundo. Es extremadamente difícil en nuestra civilización actual vivir intensamente una vida interior: todo obstruye, bloquea, aisla, hacíendo que el ser en verdadera búsqueda se transforme en marginal cuando él debería tener contactos, intercambios con gente de su nivel, para reanimarse en caso de sequedad. Conseguir ésto es bien raro. El hombre que se orienta hacia una vía de liberación queda condenado a la soledad por el solo hecho de su elección. Esta soledad pasa a ser su paraíso cuando él comprende que puede descubrir todo en sí mismo. Algunos tendrán a veces necesidad de intercambio, de encontrar compañeros de ruta. El grupo puede convenirles; en cambio para otros, eso sería un peso intolerable, una trampa. Los canarios salvajes vuelan en compañía, los gansos salvajes también; pero muchos pájaros son solitarios. Le corresponde a cada cual averiguar a qué raza pertenece. Somos terriblemente débiles, la miseria humana es aplastante. Todo en nuestra civilización es obstáculo, frontera y límite para impedir que el tizón se inflame. Es bueno para ciertos buscadores agruparse. El problema está en que si hay grupo, colectividad, en el acto surge el animal, en el sentido de Platón. La vida eremita me parece de una incomparable excelencia, por qué no hablar de un eremitismo interiorizado? Pero… que el hombre sea solitario o no, siempre es un hombre. El eremita que mantiene en sí sueños, deseos, codicias, no es un amigo del silencio y de la soledad. Más le valdría estar en el mundo y actuar lo que ensueña.

El sabio se aisla en razón de su orientación que lo aleja del común de los hombres. Importa dejar a cada uno la libertad de sus opciones sin hacer intervenir nociones de valor. A cada cual su ruta. Los caminos elegidos no tienen que ser comparados. Aquel que toma una dimensión vertical llega a ser eficaz con respecto a todos los otros hombres. Esto sin que le sea necesario comunicarse por la palabra o la escritura. El viviente comunica la vida, el liberado la liberación, por el solo hecho de estar vivo o liberado, sin necesitar ver y escuchar a aquellos a quienes se les aporta la vida o la liberación. El liberado percibe dentro de sí los llamados de aquellos a quienes él ayuda a tomar consciencia de las semillas de vida que poseen en ellos mismos. Los hombres liberados colaboran en la aparición de una vida nueva. Todo ocurre en el anonimato, tanto en el don como en su recepción. No existe solamente el llamado de los hombres en una vía de liberación. Está presente otro llamado, cuyo grito es perceptible a la audición interior, el del Espíritu, presente en el corazón del hombre, en espera de ser descubierto y reconocido.

Los seres liberados están en armonía con el universo y comunican su conocimiento y su amor más allá de las palabras. Ninguno de ellos declara ser liberado. Su lucidez le permite tomar consciencia de la distancia que lo separa de la total liberación. A este propósito, me parece que el cristiano “interiorizado” posee una mayor consciencia de su fragilidad humana que el “jivan mukta”. Sin duda porque mantiene en él un sentido particular de la caída y una visión de la imitación de Cristo considerado como modelo ejemplar. Esto es mucho más valedero para ayer que para hoy. Budismo y Cristianismo, o al menos, Vedanta y Cristianismo, durante largo tiempo han tendido a exaltar el Espíritu y a minimizar el cuerpo. No ocurre igual con los Tantras que ponen voluntariamente el acento sobre el cuerpo. Las tendencias actuales del Cristianismo y del Yoga son de rehabilitar el cuerpo de tal manera que el interés por él predomine. Los platillos de la balanza han modificado su equilibrio; se asiste así a un juego bascular. Numerosos cristianos exageran hoy día la importancia dada al cuerpo y a sus instintos, lo que los conduce, desequilibrándolos, a una cierta desintegración y a la pérdida de una armoniosa unidad.

El hombre es siempre el hombre, independientemente del flujo de la historia y de los cambios de la civilización. Lo esencial permanece incambiable. Las modificaciones no pueden concernir más que al fárrago que se agrega en el curso de los siglos y que debe ser rechazado. Pero no se trata de tirar al niño junto con el agua de la bañera, si no todo sería destruído. Para los judeocristianos, las Escrituras sagradas permanecen esenciales, aún si se las lee con una mirada nueva. Querer a todo precio adaptarse prostituyéndose a un nuevo tipo de humanidad, que no puede ser sino pasajero, me parece irrisorio. Querer a todo precio insertarse en una nueva y pasajera forma de cultura lo encuentro un error.

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