Es cierto que el Budismo y el Cristianismo han estado al origen de movimientos revolucionarios y deberían estarlo todavia respecto a un mundo que se materializa más y más, y el que la confusión es una de las notas dominantes. Menospreciando u olvidando las leyes profundas que rigen al hombre y al universo, se destruyen las raíces de ambos. La búsqueda interior no sabría pactar con una civilización materialista. Ciertos monjes budistas y ciertos monjes y religiosos cristianos han cambiado totalmente de comportamiento al insertarse en el mundo. Antes ellos rehusaban un compromiso político y ahora lo reclaman arriesgando desinteresarse de lo que debería constituir lo esencial de su actuación. Es importante constatar al interior de la vida monástica los paralelismos entre oriente y occidente, en relación a una evolución común. Existe desde ambas partes, lo que se llama una “apertura al mundo” que tiende a secularizar las metafísicas y las religiones y a reducirlas a una dimensión sólo humana. Que se aligere el peso del dogmatismo, que se levanten las adiciones inútiles, que se destruyan las supersticiones, sería normal y justo. Pero, podar lo esencial para adaptar mejor las religiones al mundo moderno, queriendo a todo precio reducirlas para hacerlas aceptables, me parece un grave error. Bajo el pretexto de favorecer la actuación creativa del hombre se le corta de sus tradiciones, las que importa no confundir jamás con las instituciones y las medidas disciplinarias. Estas corresponden a épocas determinadas y forman parte de la historia, es entonces posible rechazarlas por incompetentes. A menudo son los laicos quienes poseen el sentido de la verdadera realidad espiritual y que reclaman al respecto. No pienso que estas metafísicas y estas religiones reducidas a una dimensión únicamente humana convengan al hombre de hoy y al de mañana. De todos modos esta destrucción tal vez sea necesaria para dejar surgir algo nuevo, menos impuro y más verdadero.

No se puede dejar de pensar en el advenimiento de una religión que no sea del alma sino del Espíritu, en la cual el hombre llegue a ser su propio templo. El Cristo mismo hizo alusión a ello en su diálogo con la Samaritana: “Vendrá un tiempo donde se adorará al Padre en espíritu y en verdad”. Sabemos que ningún revocado o enlucido sería eficaz acaso el vino nuevo no hace estallar los odres viejos? Ciertos hombres han comprendido desde siempre la importancia de la iglesia ínteriorizada y el valor de la experiencia personal. La pusilanimidad debe ser abandonada en beneficio de la audacia. No se trata de dar la preferencia a la introversión o a una introspección psicológica que serían la una y la otra totalmente vanas.

La “nueva alianza” puede residir en el encuentro del hombre con el Espíritu Santo que habita en él, y del cual demasiado a menudo ha ignorado la presencia. Algunos místicos han profetizado esta nueva era. Hombres poco numerosos la han vivido y la viven pues ellos han sido fieles al Espíritu; es posible que ella se generalice. Un tal descubrimiento suprime los ghettos y vuelve solícitas y acogedoras a las diversas tradiciones sean cristianas o no. El mundo moderno aparece separado de Dios porque es idólatra. Si el hombre pudiera, interiorizándose, experimentar sus propias leyes, encontraría de inmediato su estructura y su Dios dejaría de ser un ídolo construído según sus necesidades. Entonces se transformaría en un contemplativo consagrado a la visión de las cosas divinas repentinamente develadas, gracias a la orientación de su mirada. Todo se opera por transparencia en la aparición de la luz. Así el hombre podrá aprender a vivir en sí mismo, a fin de habitar consigo mismo. La mayor parte de los hombres viven fuera de sí, en la exterioridad. Son exiliados de su verdadera patria sin, por otra parte, experimentar el sufrimiento del exilio. Habitar consigo mismo supone de partida conocerse. El conocimiento de sí es lo básico de todo intento para descubrir la interioridad. La contemplación – que se podría considerar como una salida de sí – debe más bien comprenderse como un despliegue de su centro, permitiendo así el conocimiento espiritual, el del mundo de las ideas puras. En ese instante, las respuestas dadas a sus propias preguntas no provienen desde fuera sino desde dentro. El hombre ha llegado a ser capaz de escuchar a su maestro interior y en cierto modo se basta a sí mismo.

Es posible que todo esto pueda parecer absolutamente ridículo o loco. Recordemos las palabras de Lao-Tsé. Imagino que va a venir un tiempo – que puede ser esté muy próximo – donde quienquiera que hable de sabiduría o de vida espiritual, será arrestado para recluirlo en un asilo a fin de someterlo a tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, no se trata de una utopía o un mito, sino de una realidad. Los hijos de la luz no son siempre localizables allí donde se pensaría normalmente encontrarlos. En las metafísicas, en las religiones, se está a veces demasiado ligado a la rutina, demasiado dependiente de un pasado autoritario, terriblemente pesado, que frustra al hombre y le impide realmente vivir la verdadera vida. Es fuera de esas formas que se puede encontrar hombres humildes, simples, verdaderos, auténticos. Conviene servirse de métodos para arribar a la liberación, para después dejarlos cuando llega el momento. Recuerden: “Cuando el tizón ha encendido la lámpara, no se necesita más el tizón”. Las formas, las técnicas, los métodos nos ayudan a encender el tizón, pero es importante no dejarse alienar por ellos.

Podemos hablar de una vía de despojamiento, una vía hacia la “pobreza en el espíritu”. Es la única que parece conducir al conocimiento y al amor: un amor incondicional. Amar al otro sin exigir una retribución. Es extremadamente difícil saber amar, porque amar es querer el bien del otro y puede ser que el bien del otro no corresponda a mi propio bien.

Y si hablamos de los enemigos, hay un momento en el que ya no se tienen enemigos. Las puntas de las flechas lanzadas no pueden dar en el blanco, en consecuencia no hieren. Mí “enemigo” me hace un servicio porque me obliga a un desapego, me fuerza a distinguir en mí algún rasgo verdadero que yo no conocía. Pienso, por otra parte , que se sufre más a causa de los amigos que de los enemigos. De los primeros se espera calor, ternura y comprensión. De los segundos no se espera nada, por lo tanto, no pueden producirnos ninguna decepción. Creo profundamente en la amistad, a condición de que los amigos no nos paralicen, y acepten con inteligencia los cambios que engendra un profundizar en sí mismo. Conviene no desear ser comprendido por los amigos y no afligirse de sus reacciones. Lo mejor es no provocar su estupefacción y seguir simplemente el propio camino respetando el de los otros, y estando más atentos a su luminosidad que a su parte sombría. Es sobre mi propia sombra donde tengo que posar mi mirada. El hombre es a la vez sombra y luz. Importa entonces que yo descubra mi sombra y que la asuma sin renegar de ella. Así ella podrá ser transformada. Si no, se volverá más y más espesa y corro el riesgo de que me acompañe sin que la descubra, que es lo necesario para hacerla sufrir una completa metamorfosis.

Se habla de la sombra siempre en relación a la luz. Allí donde surge la luz, la sombra la acompaña. Sin embargo existe la luz del pleno mediodía; es hacia ella que tienden los sabios. El hombre liberado alcanza esa plenitud de luz en ciertos instantes privilegiados. En los mejores casos, es posible quedarse ahí, instalado en el seno de esa luz. Bernard de Claírvaux hablaba de ello, diciendo: Oh, eterno solsticio, oh, luz del pleno mediodía !

Es evidente que esta meta es raramente alcanzada. Es por eso que es necesario tomar consciencia de su sombra, de medir su espesor. Si la sombra es percibida como la ausencia de la luz amada, esta visión puede engendrar un movimiento dinámico. Que ella sea aceptada como sin importancia, que el hombre se arrellane en su sombra con complacencia, y la consciencia quedará en el acto coagulada en su oscuridad. Así la sombra pasa a ser una prisión. Como lo ha mostrado Boehme en el Mysterium Magnum, las tinieblas – que convendría distinguir de la sombra – son enemigas de la luz y sin embargo pueden provocar la revelación. Si no existiera la blancura – decía Boehme – la negrura no aparecería. Ver su negrura no es fácil, sobre todo si se trata de mirarla a la cara. En relación a otro, un sabio puede mostrarla en la medida en que le sea directamente solicitado. Si el cuestionador está ya estructurado y posee un cierto conocimiento de sí mismo, la respuesta será aceptada con simplicidad. La revelación ofrecida por un sabio no es jamás cruel. Ella emana de un amor privado de juzgamiento. El quiere el bien de quien le interroga. En este caso, la revelación no hiere sino los ojos legañosos, es decir, la mirada incapaz de soportar el relámpago de la realidad. Por el contrario, el hombre vulgar proyecta sobre los otros su propia sombra. Su corazón de piedra lapida al otro con agresividad. Nutriéndose de fealdad, él se abandona al chismorreo cargado de maledicencias y de calumnias. Ni las unas ni las otras alcanzan al hombre de luz. El sabio, poseyendo un corazón de carne y no de piedra puede comprender la malignidad. En todo caso, él se separa voluntariamente de los hombres vulgares, no por menosprecio, sino porque conviene dejarlos cumplir sus propias mutaciones.

El hombre orientado hacia la adquisición de la sabiduría está provisto de discernimiento. El no sabría confundir las aguas contaminadas con el agua viva. La tragedia consiste en tentar más o menos vanamente de descubrir la fuente pura. Ella está oculta y es misteriosa. El error sería querer despejar el misterio, “Guarda el misterio, y él te guardará”, decía una Oda de Salomón. Cierto, existen instantes donde la intensidad permite tener una experiencia de aproximación a la fuente. Pero más a menudo, no descubrimos más que hilillos de agua escurriéndose entre las riberas. Contemplamos el agua en su movimiento, entonces lo que importa es contemplarla en el surgimiento de su pureza original. En el desierto árido de la existencia, los oasis coinciden con instantes de eternidad; están en nosotros y por reflejo fuera de nosotros. Así la belleza de la naturaleza nos proporciona una enseñanza. Un simple césped asoleado evoca una vegetación paradisíaca. La fuente luminosa puede filtrarse a través de un rostro esclarecido, una mirada de un hombre o de un animal, un gesto espontáneo o en palabras. Un silencio proveniente del corazón nos alcanza al centro de nosotros mismos. Una escultura, un cuadro, una melodía, la sonajera de las campanillas de las vacas en los pastizales de la montaña, nos hacen recordar lo que habíamos olvidado. Allí afuera, percibimos llamados. Invitándonos a responder, ellos nos vuelven a colocar sobre la vía que habíamos abandonado por distracción, por diversión o aún por olvido. De todos modos el hombre no apaga su sed sino dentro de sí mismo.

En ciertos casos, puede ser que al instante último de la muerte el hombre descubre, de una manera plena, la fuente luminosa que lleva en él. Una tal visión depende sin duda de la orientación y de la intensidad de su mirada durante su existencia. Marchamos a tientas hacia ella, pero marchamos. A cada paso, la capacidad interior se despliega. “La fuente tiene sed de ser bebida”, decía lrene de Lyon. Si nosotros tenemos sed de beberla, es imposible no encontrarla.

María Magdalena Davy

Extractado por Alberto Carvajal de
M.M. Davy.- Los Alimentos del Hombre Interior

Más en Psicología transpersonal
La Sofrología

Fundamentos: Esta ciencia, que se dedica a estudiar los cambios de consciencia en el ser...

El Amor Consciente

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amistad,...

Cerrar