– Es más precioso que toda la púrpura y todas las perlas del mundo – respondió el eremita.

-Y tú lo posees? dijo el ladrón acercándose todavía más.

– Antaño respondió el eremita- poseía realmente el perfecto conocimiento de Dios. Pero, en mi locura, lo he repartido y dividido entre otros hombres. Sin embargo, aún ahora semejante recuerdo sigue siendo para mí más precioso que la púrpura y las perlas.

Y cuando el ladrón oyó esto tiró la púrpura y las perlas que llevaba en sus manos y, desenvainando una espada puntiaguda de curvado acero, dijo al eremita:

– Dame ahora mismo ese conocimiento de Dios que posees, o te mataré sin vacilar! Cómo no iba yo a matar al que posee un tesoro mayor que el mío?

– No sería preferible para mí ir a los parajes más alejados de la Casa de Dios y alabarle que vivir en el mundo y no conocerle? Mátame si esta es tu voluntad. Pero no entregaré mi conocimiento de Dios dijo el eremita abriendo sus brazos.

Y entonces el ladrón se prosternó de rodillas y le suplicó; pero el eremita no quiso hablarle de Dios ni darle su tesoro, y el ladrón se levantó y dijo al eremita:

– Sea como quieras. Voy a ir a la Ciudad de los Siete Pecados, que está solamente a tres días de marcha de aquí, y por mi púrpura me darán placer y por perlas me venderán alegría.

Y recogiendo la púrpura y las perlas se marchó rápidamente. El eremita le llamó a grandes gritos y le siguió y le imploró. Durante tres días siguió al ladrón por el camino, y le suplicó que volviera y que no entrase en la Ciudad de los Siete Pecados.

Y a cada paso el ladrón se volvía a mirar al eremita, y le llamaba y le decía:

-Quieres darme ese conocimiento de Dios, que es más precioso que la púrpura y las perlas? Si accedes a dármelo, no entraré en la ciudad.

Y el eremita le contestaba siempre:
– Te daré todo lo que tengo, excepto una sola cosa, porque esta cosa no me está permitido darla.

Y al atardecer del tercer día llegaron los dos ante las grandes puertas color escarlata de la Ciudad de los Siete Pecados.

Y llegaron hasta ellos los ruidos de mil carcajadas. Y el ladrón respondió echándose a reír y llamó a la puerta repentinamente.