Y cuando estaba llamando, el eremita corrió hacia él y, cogiéndole de la túnica, le dijo:

– Abre tus manos y pon tus brazos alrededor de mi cuello, acerca tu oído a mis labios y te daré el conocimiento de Dios que me queda.

Y el ladrón entonces se detuvo.

Y cuando el eremita le hubo entregado su conocimiento de Dios, se desplomó en el suelo y lloró y unas grandes tinieblas le ocultaron la ciudad y al ladrón, de tal modo, que ya no volvió a verlos.

Y estando allí, inclinado y deshecho en lágrimas, notó que alguien estaba de pie a su lado, y aquel que estaba a su lado tenía los pies de bronce y los cabellos como de lana fina.

Y levantó al eremita, y le dijo:
– Hasta aquí has tenido el perfecto conocimiento de Dios. Desde ahora tendrás el perfecto amor de Dios. Por qué lloras?

Y le besó.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Wilde, Oscar.- Obras Completas.- Aguilar