Esto nos recuerda al emperador y filósofo romano, Marco Aurelio, quien apunta en el mismo sentido diciendo: Si algo exterior te atormenta, observa que no es la causa externa lo que motiva tu tormento, sino la manera que tienes de considerarla. Manera que puedes cambiar en cuanto te lo propongas, con lo que cesará tu tormento.

Tendemos a resistir el dolor y el sufrimiento, ya sean físicos, psíquicos o espirituales. Sin embargo, el dolor físico está indicándonos que algo anda mal en nuestro organismo y debemos remediarlo. Hay veces, también, en que la voz de nuestra conciencia nos dice que hemos actuado mal y sentimos un dolor moral que llamamos remordimiento, y que nos está incitando a enmendar nuestra conducta. En resumen, no debemos temer enfrentar estos dolores. Al contrario, hay que acogerlos, penetrarlos y procurar descubrir
su significado el que, en última instancia, nos resultará beneficioso.

Finalmente, el deseo y la ambición son grandes generadores de miedo, ya sea por miedo a perder lo que tenemos: bienestar, éxito, prestigio, posesiones materiales, o por miedo a no alcanzar todo eso a pesar de nuestros esfuerzos. A menudo, al mirar estos deseos no cumplidos en retrospectiva, nos congratulamos de no haber logrado lo que entonces deseábamos. El deseo en sí mismo no es necesariamente negativo, se puede sentir un gran deseo de mejorar en el aspecto humano, superarse en los diversos ámbitos de la vida. Lo importante es no apegarse a lo que se posee porque se suscita el miedo a quedar desposeído. El desapego interior obedece a la superación del afán de dominio y de la dependencia a personas o cosas.

Conviene examinar otro enfoque a este tema, presentado por el notable psiquiatra italiano Roberto Assagioli. Según él, existen cinco tipos principales de miedos que son el fundamento de los cinco instintos básicos.

El primero es el instinto de conservación, que tiene como raíz el miedo a la muerte.

El segundo es el impulso sexual, que surge del miedo a la soledad y de la sensación de estar incompletos.