Además, el sufrimiento hace madurar todos los aspectos de nuestra consciencia, especialmente los más profundos y sutiles. El dolor nos obliga a que desviemos la atención del fantasmagórico mundo exterior, nos libera del apego hacia él y nos hace profundizar en nosotros mismos: nos hace más conscientes y nos incita a buscar consejo, luz y paz en nuestro interior y en el espíritu que anida en cada uno de nosotros. En resumen, el dolor nos despierta y hace que nos revelemos ante nosotros mismos.

Nuestro dolor, en fin, nos permite comprender mejor y compartir el dolor de los demás, lo que nos hace más sabios y dispuestos a prestar ayuda a los que nos rodean, Como dice el hermoso verso virgiliano: Non ignara mali, miseris succurrere disco. (No ignorando el mal, aprendo a socorrer a los infelices).

Sin embargo, llegados a este punto se podría objetar: Por qué entonces el dolor produce tan a menudo el efecto contrario? Por qué a veces nos irrita, nos exaspera y nos empuja al mal, al odio y a la violencia?

Que esto es así, y con lamentable frecuencia, es innegable; pero no debe considerarse como un efecto necesario y fatal del dolor. Una observación psicológica mucho más profunda demuestra claramente que la mayoría de las veces estos efectos se deben a la actitud de oposición que solemos adoptar ante los acontecimientos dolorosos.

Descubriremos que este es un hecho importantísimo sobre el cual debemos concentrar nuestra atención: las consecuencias del sufrimiento y su cualidad dependen más que nada de la actitud que
asumimos frente a él, de cómo lo recibimos interiormente y de nuestras reacciones externas. San Pablo ya expresó sintéticamente esta verdad: Hay dolores que ensalzan y dolores que abisman.

Por ello vamos a examinar a continuación las diversas actitudes que podemos asumir ante el dolor y las consecuencias que de ellas se derivan.

Si nos sentimos impotentes ante el dolor – que es lo que sucede con frecuencia – nos rebelamos contra él y el resultado es una exacerbación del dolor, un nuevo dolor que se añade al dolor primitivo formándose un círculo vicioso que da lugar a errores, culpa, obcecación, desesperación, violencia, etc.