Ninguno de nosotros es indiferente a la salud. Pero, cuando estamos sanos, raramente sentimos la sensación del asombroso dinamismo que significa estar vivos ni apreciamos el hecho de que existir es algo realmente frágil. Cuando este equilibrio se rompe por la enfermedad, nos quedamos conmocionados hasta un punto inimaginable. El poder ser entonces capaces de efectuar el más simple acto cotidiano nos parece un milagro.

Cuando estamos sanos de nuevo, nos encontramos con una identidad renovada, restableciendo todas las capacidades que dan sentido a nuestra vida, Nos sentimos más que agradecidos, palpándonos como si fuera la primera vez que lo hacemos. Entonces hablamos de sanación. Queremos compartir ese regalo con otros. Pero, qué es estar sanos? Consiste solamente en volver a la vida cotidiana en un estado satisfactorio? Considero que no. Se trata de una alquimia dentro de nuestras células. Volver a estar sanos consiste en vislumbrar el proceso universal de encarnación. Nuestra propia carne vibra con una mayor unión a la vida.

Cuando yo ejercía como médico tradicional me alegraba al contemplar el restablecimiento de la salud en mis pacientes. Pero hoy sé que esto es mucho más que volver al estado anterior. La sanación verdadera significa ampliar el círculo de nuestro ser y hacernos más incluyentes, más capaces de amar. Va más allá de nosotros, va hacia toda la humanidad.

Por qué están unidos a menudo el sufrimiento y la sanación? Es el gran drama de la materia ascendiendo hacia el espíritu y del espíritu encarnándose en la materia. Es el sufrimiento el proceso por el cual los viejos recuerdos incrustados en nuestra carne son traídos gradualmente a nuestra consciencia? Quizás, si no hubiera sufrimiento, podríamos dejar nuestro cuerpo atrás en nuestro viaje de transformación. Podríamos salir volando de este mundo como espíritus etéreos, y todo sería placentero y perfecto.

Pero aún más maravilloso es el hecho de que no salgamos volando. Nuestra consciencia crece precisamente porque no puede desligarse de la carne. La consciencia es traída a la tierra como lo es la humanidad mortal. Todas las grandes verdades metafísicas se hacen palpables en la paradoja que significa la vida de todos los días. He aquí un enorme desafío al que rara vez nos enfrentamos. Pero, de vez en cuando, gracias a la enfermedad uno de nosotros se introduce auténticamente en ese drama grande y misterioso que culmina en una sanación. Y cuanto mayor es la sanación, más plenamente nos vuelve a sumergir en la vida.

Después de pasar varios años explorando este proceso de transformación y de ser testigo de él, he deducido algunas conclusiones que apuntan a las fuerzas subyacentes que existen en las distintas modalidades de sanación. Debo advertir antes que esta comprensión puede ser tanto una carga como un regalo. A intentar traducir en palabras lo que antes era un misterio se pierde cierta inocencia o estado de gracia. Tan pronto como se cree atraparlo, se escapa. El hecho de sanar debe ser un proceso de relación y de redescubrimiento constante, momento a momento. Cuanto más sabemos acerca de la sanación, más nos conduce simultáneamente hacia algo incognoscible, algo que es en esencia espiritual.

La sanación, en su sentido más profundo, es un misterio. La medicina moderna, con el pretexto de ser científica, se apoya en observaciones cuya naturaleza última no puede explicar. Cierto manual de farmacología empieza advirtiendo al lector que, en resumen, nadie sabe cómo funciona un fármaco. Por supuesto que el médico tradicional decide olvidarse de esto y llega realmente a creer que sabe lo que está haciendo.

Es innegable que muchas de estas fórmulas funcionan según una predicción. Pero, como resultado en un determinado tratamiento, más buscamos aliviar síntomas que una sanación definitiva. Cuando se niega el misterio, se puede sentir una creciente y obsesionante sensación de malestar entre la comunidad médica. Debemos hacernos preguntas y buscar comprendernos a nosotros mismos y a nuestro mundo, sin olvidar que en el borde perimetral de nuestra experiencia, en la frontera de nuestros conocimientos, permanece un grande e impenetrable misterio, del cual fluirá – o no – la sanación.

Donde veamos que emerge una nueva manera de estar sano veremos también sanación. Encontramos ciertos individuos que han traspasado la frontera de la realidad convencional: el sanador, el místico, el chamán, el verdadero científico. Es realmente el fruto recogido por ellos lo que ha estado “sanando” a la humanidad a lo largo del tiempo. Estos frutos son la base de lo que llamamos cultura. Pero cada uno de nosotros tendría que hacer crecer con plenitud en su interior el árbol de la vida. La cultura empieza a morir, igual que nosotros, cuando inconscientemente dejamos de cultivar el árbol que da esos frutos. Todo lo que ha sido demostrado y – en ocasiones – considerado sagrado, sólo es una plataforma para saltar a mayores posibilidades. Aquello que iluminaba la sanación de ayer puede convertirse hoy en una prisión limitante, a no ser que descubramos por nosotros mismos una nueva relación con la vida que pueda hacer producir nuevos frutos.

Allí está – según mi opinión – el hilo de oro que lo enlaza todo. Se trata de nuestra capacidad de unión, de llegar a ser uno con nosotros mismos, con los demás, y con la vida en un sentido más amplio. La sanación, cualquiera que sea y cómo ocurra, lleva a cada individuo y a la humanidad como un todo hacia una relación más inclusiva, menos obstructora con todo lo emergente en esta aventura planetaria. Se trata de una relación ilimitada con nuestras sensaciones, pensamientos, sentimientos, imágenes, sueños, y también – a medida que trascendemos el concepto de separación – con otras personas y con aquello que llamamos Dios.

Si analizamos cuidadosamente esta posibilidad de relación, descubriremos que hay tres factores que influyen traspasando nuestros condicionamientos y permitiendo la aparición de un estado armonioso entre nuestros aspectos instintivo y espiritual. Más allá de las técnicas de sanación y de transformación, estos factores son funciones de la consciencia misma. Están más allá del tiempo y de los anales históricos. No importa que seamos aborigen, curandero, chamán, médico naturista, psicoterapeuta, psíquico, o simplemente una persona “normal”, igual el proceso de sanación implica los siguientes factores o fuerzas:

1.- Compromiso creativo: Participación en la vida de forma original, espontánea y alejada de todo prejuicio.

2.- Intensidad: Es la atención profunda de la que emana nuestro compromiso con la vida.

3.- Amor incondicional: Inclusión, sentimiento implícito de totalidad primordial.

Estos tres factores nos plantean nuevas ideas acerca del proceso de sanación. Recordemos a Freud: él observó de qué manera la mente inconsciente de sus pacientes se expresaba a través de sueños, o de imágenes espontáneas en lo que él llamaba “asociación libre”. Al ayudarlos a integrar esos contenidos en su mente consciente, contribuyó a sanar ciertas dolencias. Sus resultados exitosos no se basaron simplemente en sus ideas sino en la calidad de la relación que estableció entre la parte consciente y la inconsciente de la psiquis de sus enfermos.

La originalidad de Freud, entre otras cosas, influenciaba su manera de “escuchar”. En su casa de Londres visité la habitación en la que tenía su consulta. Se sentaba a la cabecera del sofá donde se instalaba el paciente, apartando su vista de él. No escuchaba de manera distraída; estaba totalmente atento, pero relajado. Podían transcurrir semanas o meses antes de que empezara a tomar apuntes de las sesiones. El hecho de escribir podía aprisionar prematuramente su captación del paciente en suposiciones o moldes condicionados. Dejaba que su comprensión y su relación con el enfermo fueran evolucionando naturalmente. Siempre podía ocurrir un momento inesperado en el que la psiquis se expresara de manera nueva. Había en Freud una apertura, una confianza en que aparecería alguna posibilidad no realizada, la que sería aceptada e incorporada dentro del marco acogedor de la terapia.

ElMisterioDeEstarSanoContrariamente a la mayoría de sus colegas, Freud escuchaba lo que nunca se había dicho en una consulta médica. Su manera de escuchar hacía que el paciente pudiera franquearse como jamás lo había hecho antes. Esta clase de atención es la que todo buen terapeuta, sacerdote o sanador debe prestar al otro. En ese estado de comunión se engendra una energía sanadora. La intensidad de esta atención es el mejor regalo que podemos obsequiar a los demás. Entonces aparece un orden superior de consciencia, una energía que, para la gente sensitiva, es literalmente una presencia. En ella somos transformados sutil y profundamente. Se trata de un estado superior de energía al que se une una mayor consciencia y un incremento de la intuición y de la inteligencia. Es como si el pensamiento, el sentimiento, la acción y la sensación se unieran en un nuevo nivel psicofísico.

Podemos experimentar algo como eso al abrir la Biblia, o un libro de poesías que nos eleva, o un artículo en una revista científica que muestra un cambio de perspectiva. En este nuevo compromiso creativo se libera nuestra energía.

Siempre los nuevos tratamientos de una enfermedad dan mejores resultados cuando se originan que cuando se han vuelto repetitivos. La cualidad creativa espontánea aplicada por sus creadores parece poseer una mayor capacidad de sanación.

Desde el punto de vista exterior, lo que hacemos es: tomar un medicamento, orar, recurrir a un curandero, hacer ejercicio, cuidar la dieta. Esto parece ser la causa de la respuesta sanadora. No se nos ocurre tomar en cuenta la disposición de ánimo con la que ejecutamos la acción. Actualmente, hasta la medicina tradicional ha empezado a establecer una nueva relación con nuestra condición humana, además del enfoque científico. Porque la creatividad científica puede convertirse fácilmente en algo dogmático.

En física, cuando atendemos al aspecto de las partículas de la luz, dejamos de lado la función de las ondas. Un fenómeno similar ocurre cuando intentamos comprender el porqué de la sanación. Si asignamos un nombre a la recuperación de la salud a fin de captarlo conscientemente, deja de estar conectado a su cualidad más universal. En medicina, cuando disponemos de nuevos conocimientos destinados a sanar, empezamos a pensar en términos de aplicación, fórmulas y técnicas. Así vamos en camino de congelar la fuerza sanadora universal que al comienzo pensábamos liberar.

He pasado años armonizando interacciones humanas de energía de alto nivel y observando la unificación resultante y el incremento de la consciencia. Se presentan sentimientos expansivos de bienestar y amor, estados de apertura mística y curaciones físicas (que se acostumbran llamar “remisiones espontáneas”). Primero tiene lugar la relación más profunda con la vida en ese momento, y después sobreviene todo lo demás.

Pero una comprensión consciente de las fuerzas que actúan en esos momentos no basta para crear esa unificación que buscamos, especialmente cuando estamos deseando que ocurra una sanación. Existe un elemento de gracia, un someterse a los propósitos de la vida. Al nombrar estos factores, he intentado ir más allá del fenómeno externo y acceder a una dimensión más universal. Precisamente por esta incapacidad de armonizarlos con nuestros propósitos, la sanación o cualquier transformación fundamental permanecerá en el misterio.

Vivimos un tiempo en el que el intelecto ha arrebatado muchos secretos al mundo material. Intentamos hacer lo mismo con nuestra psiquis. De allí la aparición de todas esas publicaciones de autoayuda que se renuevan constantemente, con diversas fórmulas de mejoramiento personal. Tales esfuerzos pueden conllevar una relación creativa con la vida o encerrar una acción manipuladora de los demás y de nuestro ambiente. Todo depende de si hemos hecho un descubrimiento por nosotros mismo o si estamos intentando huir de la vida hacia alguna ilusión de seguridad. De todas maneras, ningún esfuerzo conscientemente realizado garantiza la sanación verdadera. Debemos rendirnos a ese misterio más profundo, aunque eso nos humille o hiera nuestro orgullo.

La verdadera sanación – no el alivio temporal de síntomas o una aparente conquista de la ciencia sobre una enfermedad – nunca se produce de acuerdo a nuestras propias condiciones. Cualquier respuesta espontánea de entrega a la vida lleva consigo la capacidad de cambiar el nivel de energía de la consciencia, dando por resultado una transformación. Pero dentro de tal vitalidad espontánea existe algo que siempre permanece impredecible, algo que es fe y gracia. Cuando aplicamos una fórmula, obtenemos un resultado a menudo transitorio: sólo un cambio de síntomas, un aplazamiento del problema. Esto es lo que yo llamo perturbación. Durante algún tiempo aparecen ideas nuevas, nuevos sentimientos, nueva comprensión, incluso puede “remitir” la enfermedad. Algunas de ellas parecen haber “sanado”. Pero, en un sentido más profundo, esto no es sanación. En realidad, el círculo no se ha ampliado. Podemos pasar a ser más vulnerables aun a una nueva enfermedad, porque el proceso mismo de intentar cambiar las cosa en nuestros propios términos no nos deja escuchar directamente a la vida.

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