Llama la atención asimismo que en el mundo de don Juan el amor tenga tan escasa cabida, o importancia, a pesar de que ése es justamente el sentimiento que embarga a su discípulo inmerso en la experiencia, como a la mayoría de las personas que vivencian y describen experiencias semejantes. Don Juan no desestima explícitamente al amor, pero parece considerarlo un efecto colateral, producto de la falta de ‘sobriedad’ de su pupilo, no siendo esa la meta o un aspecto importante del proceso. En el desenvolvimiento de la serie se puede apreciar que uno de los principales obstáculos al progreso de Castaneda es su emotividad, que lo lleva a constantes y reiteradas pasiones, rabietas, resentimientos, etc., con lo que es probable que en su caso específico su guía buscara llevarlo hacia territorios menos inestables. En otras personas sin embargo, la apertura afectiva, y a su más alto grado, el amor real –y su consecuencia probatoria, la comunión espiritual con otros seres-, es considerada todo un logro. Cuando se sigue una escuela con un guía verdaderamente capacitado, la enseñanza será siempre sesgada por la necesidad individual del alumno, y no constituye una práctica que se pueda generalizar o sistematizar para cualquiera.

Para iniciar cualquier camino de conocimiento se debe abandonar las creencias previas y las prácticas religiosas pasivas vividas como actos sociales o externos que nos condicionan sin transformarnos ni expandir nuestra consciencia en forma significativa. En ese camino la presencia de un verdadero guía es imprescindible. Pero la esfera de acción de cada guía es también limitado, de acuerdo a las realizaciones por él alcanzadas. Ya se comentó que al parecer inevitablemente, la organización mental de las experiencias trascendentes está fuertemente condicionada por el sistema de creencias o la información previa de la persona, de tal modo que en las experiencias numinosas el católico ve a Cristo, el budista a Buda, y así sucesivamente (en forma análoga, don Juan explica que uno de los mayores obstáculos en el progreso es nuestra “idea” de Dios). Del mismo modo es esperable que las enseñanzas de don Juan tengan como limitación su propia concepción de mundo, heredada de su tradición y linaje. Pero tienen asimismo el innegable valor de corresponder a observaciones y experimentación directas, y no a creencias. Como efecto de ese aprendizaje, el discípulo incrementa su consciencia –desarrolla la segunda atención-, aprende a atender permanentemente a las sincronicidades y amplía su espectro de las realidades existentes o posibles, las que, sin embargo, no tienen límites conocidos.