Comentó que el valor de las conclusiones de los nuevos videntes no se vuelve evidente hasta que uno trata de mover el punto de encaje de otra persona. Los nuevos videntes dijeron que en este respecto lo que cuenta es el esfuerzo para fortalecer la estabilidad del punto de encaje en su nueva posición. Consideraban que éste era el único procedimiento de enseñanza que valía la pena discutir. Y sabían que es un largo proceso que tiene que llevarse a cabo poco a poco, a paso de tortuga.

Don Juan me aclaró que de acuerdo a una recomendación de los nuevos videntes, había usado plantas de poder al principio de mi aprendizaje. A través de su experiencia y de su ver, ellos sabían que las plantas de poder sacuden al punto de encaje, alejándolo enormemente de su posición normal. En principio, el efecto de las plantas de poder sobre el punto de encaje es muy parecido al efecto que producen los sueños: los sueños lo mueven mínimamente, pero las plantas de poder logran moverlo en una escala gigantesca. Un maestro usa los efectos desorientados de tal movimiento para reforzar la noción de que la percepción del mundo jamás es final.

Recordé entonces que había visto el molde del hombre en otras cinco ocasiones, de una manera muy parecida a la primera. Después de cada una de ellas, me sentí menos apasionado con Dios. Sin embargo, nunca pude sobreponerme al hecho de que siempre veía a Dios como un varón. Al final, la sexta vez que lo vi dejó de ser Dios para mí, y se convirtió en el molde del hombre, no debido a que lo dijera don Juan, sino porque la posición de un Dios varón se hizo insostenible. Pude entender entonces las primeras aseveraciones de don Juan. No fueron nada blasfemas o sacrílegas, porque no las hizo desde el contexto del mundo cotidiano. Tenía razón en decir que los nuevos videntes se encontraban en ventaja por ser capaces de ver el molde del hombre cuantas veces quisieran. Pero la verdadera ventaja era que tenían la sobriedad para poder examinar lo que veían.

Le pregunté por qué veía yo el molde del hombre como un varón. Dijo que se debía a que, en ese momento, mi punto de encaje no poseía la estabilidad para permanecer completamente pegado a su nueva posición, y se movía lateralmente, en la banda del hombre. Era el mismo caso que ver la barrera de la percepción como una pared de niebla. Lo que hacía moverse lateralmente al punto de encaje era un deseo casi inevitable, o una necesidad, de presentar lo incomprensible en términos que nos resulten familiares: una barrera es una pared y el molde del hombre sólo puede ser un hombre. Pensaba que si yo hubiera sido mujer, hubiera visto al molde como una mujer.”

Nota: Parece estar implícito aquí dos cosas. Por una parte, que en estado de percepción acrecentada, o en niveles superiores de consciencia, las visiones o percepciones toman las formas apropiadas a nuestras creencias o tradiciones previas, conscientes o inconscientes; o como dice don Juan, con aquello con lo que estamos más familiarizados. Y por otra, se evidencia el mismo concepto expuesto por otras tradiciones religiosas y filosóficas de que el molde del hombre, como el Self, sería andrógino, o un núcleo donde al menos la polaridad masculino/femenina –entre otras- se resolvería.

 

 

 

 

 

               

 

 

 

 

“Don Juan se levantó y dijo que era hora de que fuéramos al centro del pueblo, porque yo tenía que ver el molde del hombre entre la gente. En silencio, caminamos hacia la plaza, pero antes de que llegáramos sentí una oleada de energía incontenible y corrí por la calle hasta las afueras del pueblo. Llegué a un puente, y precisamente allí, como si me estuviera esperando, vi al molde del hombre como una cálida y resplandeciente luz ambarina.

Caí de rodillas, no tanto por devoción, sino en una reacción física ante el asombro reverente. La visión del molde del hombre era más sorprendente que nunca. Sin arrogancia alguna, sentí que había experimentado un cambio enorme desde la primera vez que lo vi. Sin embargo, todas las cosas que había visto y aprendido sólo me dieron una apreciación más grande y más profunda del milagro que tenía frente a los ojos. Al principio, el molde del hombre estaba sobrepuesto al puente, luego algo en mí se agudizó y vi que, hacia arriba y hacia abajo, el molde del hombre se extendía hasta el infinito; el puente no era más que un pequeñísimo armazón, un pequeñísimo bosquejo sobrepuesto a lo eterno. Eso eran también las minúsculas figuras de personas que se movían a mi alrededor, mirándome con descarada curiosidad. Pero yo sentía estar más allá de su alcance, aunque nunca estuve en una situación más vulnerable. El molde del hombre no tenía poder para protegerme o compadecerse de mí, y sin embargo yo lo amaba con una pasión que no conocía límites.

Pensé entender entonces algo que don Juan me dijo una y otra vez, que el verdadero afecto no puede ser una inversión. Con toda felicidad, me hubiera convertido en sirviente del molde del hombre, no por lo que pudiera darme, porque no tiene nada que dar, sino por el absoluto afecto que sentía por él.

Tuve la sensación de que algo me jalaba, alejándome de aquel lugar, y antes de desaparecer de su presencia le grité una promesa al molde del hombre, pero una gran fuerza me arrebató antes de que pudiera terminar lo que quería decir. De pronto, me encontré de rodillas en el puente, mientras un grupo de gente local me miraba riéndose. Don Juan llegó a mi lado y me ayudó a incorporarme y juntos caminamos de vuelta a la casa.

-Hay dos maneras de ver el molde del hombre –comenzó don Juan en cuanto nos sentamos-. Lo puedes ver como un hombre o lo puedes ver como una luz. Eso depende del movimiento del punto de encaje. Si el movimiento es lateral, el molde es un ser humano; si el movimiento ocurre en la sección media de la banda del hombre, el molde es una luz. El único valor de lo que has hecho hoy es que tu punto de encaje se desplazó en la sección media.

Dijo que la posición en la que uno ve el molde del hombre es muy cercana a aquella en que aparecen el cuerpo de ensueño y la barrera de la percepción. Esa era la razón por la que los nuevos videntes recomendaban ver y comprender el molde del hombre.

– ¿Estás seguro de entender lo que es realmente el molde del hombre? –me preguntó con una sonrisa-.

– Le aseguro, don Juan, que estoy perfectamente consciente de lo que es el molde del hombre –dije-.

– Cuando llegué al puente te oí gritarle insensateces al molde del hombre –dijo con una sonrisa en extremo maliciosa-.

Le dije que me sentí como un sirviente inservible que adoraba a un amo inservible, y sin embargo un afecto absoluto me llevó a jurar amor eterno. Todo le pareció chistoso y se rió hasta que empezó a ahogarse.

– La promesa de un sirviente inservible a un amo inservible es inservible –dijo y volvió a ahogarse de risa.

No sentí necesidad de defender mi posición. Mi afecto por el molde del hombre fue ofrecido sin reserva, sin pensar en recompensas. No me importaba que mi promesa fuera inservible.”

Hasta aquí el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, uno de los libros más ‘explicativos’ de toda la serie. El hecho de que presente una visión tan radicalmente distinta de aquella experiencia equiparable a la que la mayoría de las personas considera la más sagrada y reverenciable, de una forma tan ‘pagana’, casi vulgar en su descripción de meramente  hito dentro de un proceso reproducible a voluntad –a cierto nivel de desarrollo- desafía todos los conceptos y aún las experiencias de aquellos que han pasado por experiencias numinosas de este tipo.

Llama la atención asimismo que en el mundo de don Juan el amor tenga tan escasa cabida, o importancia, a pesar de que ése es justamente el sentimiento que embarga a su discípulo inmerso en la experiencia, como a la mayoría de las personas que vivencian y describen experiencias semejantes. Don Juan no desestima explícitamente al amor, pero parece considerarlo un efecto colateral, producto de la falta de ‘sobriedad’ de su pupilo, no siendo esa la meta o un aspecto importante del proceso. En el desenvolvimiento de la serie se puede apreciar que uno de los principales obstáculos al progreso de Castaneda es su emotividad, que lo lleva a constantes y reiteradas pasiones, rabietas, resentimientos, etc., con lo que es probable que en su caso específico su guía buscara llevarlo hacia territorios menos inestables. En otras personas sin embargo, la apertura afectiva, y a su más alto grado, el amor real –y su consecuencia probatoria, la comunión espiritual con otros seres-, es considerada todo un logro. Cuando se sigue una escuela con un guía verdaderamente capacitado, la enseñanza será siempre sesgada por la necesidad individual del alumno, y no constituye una práctica que se pueda generalizar o sistematizar para cualquiera.

Para iniciar cualquier camino de conocimiento se debe abandonar las creencias previas y las prácticas religiosas pasivas vividas como actos sociales o externos que nos condicionan sin transformarnos ni expandir nuestra consciencia en forma significativa. En ese camino la presencia de un verdadero guía es imprescindible. Pero la esfera de acción de cada guía es también limitado, de acuerdo a las realizaciones por él alcanzadas. Ya se comentó que al parecer inevitablemente, la organización mental de las experiencias trascendentes está fuertemente condicionada por el sistema de creencias o la información previa de la persona, de tal modo que en las experiencias numinosas el católico ve a Cristo, el budista a Buda, y así sucesivamente (en forma análoga, don Juan explica que uno de los mayores obstáculos en el progreso es nuestra “idea” de Dios). Del mismo modo es esperable que las enseñanzas de don Juan tengan como limitación su propia concepción de mundo, heredada de su tradición y linaje. Pero tienen asimismo el innegable valor de corresponder a observaciones y experimentación directas, y no a creencias. Como efecto de ese aprendizaje, el discípulo incrementa su consciencia –desarrolla la segunda atención-, aprende a atender permanentemente a las sincronicidades y amplía su espectro de las realidades existentes o posibles, las que, sin embargo, no tienen límites conocidos.

Todo conocimiento tiene sus limitaciones; la realidad no, al menos desde la humana perspectiva. Lo que establece esta enseñanza es que no existe ningún padre amoroso celestial dispuesto a acogernos, perdonarnos, redimirnos o concedernos peticiones. Con toda probabilidad, quienes están más avanzados y guían y ayudan a los seres humanos están en otra esfera que el molde del hombre o sus equivalencias, y posiblemente sean los artífices de los contactos del discípulo o del aspirante con su origen, siendo al mismo tiempo quienes confirman la realización, hasta que el alumno pueda lograrlo por sí solo. El discípulo debe estar dispuesto a lidiar con energías positivas y negativas permanentemente, a mantenerse impecable en el uso de su energía, a procesar su pasado, y a llegar a lograr todos sus avances por sí mismo hasta lograr la imparcialidad en todos sus actos o no-actos. Se verifica en esta enseñanza –como en otras- que hay mucha distancia entre ser ingenuamente ‘bueno’ y ser impecable. En esta tradición de arrastre tolteca, tanto como en algunas otras, la realidad trascendente resulta ser mucho más impersonal de lo que muchos de nosotros quisiéramos. Aunque no puede ignorarse el hecho de que la visión de don Juan –probablemente heredera de los magos atlantes-, condicionada como está por su propia tradición y lo que le resulta más familiar, contenga también muchas distorsiones y limitaciones. Como dice el mismo don Juan, la realidad es un misterio insondable, pero es deber de todo guerrero el intentar descifrarla, aunque sepa que nunca lo logrará del todo. Como gran enseñanza, extraer que ese misterio insondable no puede ser atrapado en nuestros conceptos, lo que es aplicable a cualquier tradición. Deshagámonos pues, en todo lo posible, de nuestras ideas fijas y limitantes, de nuestras creencias aprendidas acerca de lo trascendente, o acerca de lo que Dios es o no es, y busquemos la experiencia viva, vibrante, inapelable, con las manos desnudas.

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Carlos Castañeda

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