He aquí entonces, en 1615, expuesto claramente el principio de la ciencia experimental moderna. Los Hermanos de la Rosa-Cruz, sin descubrirse, invitaban a todos los sabios de Europa a ponerse en comunicación con ellos para (como se dice ahora) construir el mundo de mañana. Pero, ponerse en comunicación cómo? Ellos no lo decían.

Hasta aquí los eruditos han repetido en todos sus libros que los dos manifiestos La Fama y La Confessio revelando al mundo la existencia de los Hermanos de la Rosa-Cruz eran en realidad la obra de un cierto Johann Valentín Andreae, autor confesado de una tercera publicación aparecida en 1616 (un año después del segundo escrito rosacruciano), titulado Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz.

La vida de Andreae nos es conocida por su autobiografía, donde é1 describe las Bodas Químicas como una farsa sin importancia, un ludibrium. Una farsa, entonces, inspirada por los Manifiestos. Comparando los datos y la identidad del héroe podía pensarse que el autor era el mismo, y si Las Bodas Químicas se confesaban como una parodia, era por una habilidad suplementaria de Andreae. El se desligaba de los Manifiestos por la burla, por lo tanto, no era el autor, y los misteriosos e hipotéticos Hermanos Rosa-cruz adquirían una posible realidad. Pero aun si Andreae fuese el autor de los Manifiestos, é1 no habría inventado a los Rosacruces, pues la orden de la Rosa-Cruz estaba ya inscrita bajo otro nombre – Confederación de la Milicia Evangélica – en un libro publicado en 1604 por un tal Simón Studion llamado La Naometría , y en 1604 Andreae no tenía más que dieciocho años.

La Naometría era una especie de profecía apocalíptica bastante oscura, anunciando en lenguaje simbólico el triunfo de una Liga de príncipes reformados de la Europa del Norte bajo la conducción del rey
de Francia, Enrique IV, quien fue asesinado seis años después . Lo curioso es que aparece allí un diseño representando una cruz con una rosa en su centro, y que la simbología utilizada es una numerología basada sobre las proporciones del Templo de Salomón. Estos dos hechos nos han llegado a ser familiares a través de la simbología masónica.