El Rescate por la Sensación

Vida y obra del doctor Vittoz

El doctor Roger Vittoz nació en 1863 en Morgues (Suiza), en la ribera del lago de Ginebra. Estudió la medicina ortodoxa y ejerció como internista en Suiza. Murió en 1925. Observaciones muy precisas lo condujeron a construir su método terapéutico. Se dio cuenta de que muchos enfermos presentaban sólo trastornos funcionales, sin lesiones orgánicas. Esto lo llevó a interesarse cada vez más en los enfermos nerviosos y a buscar las causas de sus alteraciones.

Contemporáneo de Freud e interesado por sus trabajos y los de su amigo Breuer sobre la histeria y el tratamiento hipnótico, Vittoz practicó él mismo por un tiempo la hipnosis. Pero terminó por abandonarla, decepcionado por la inestabilidad de los resultados obtenidos e impresionado, sobre todo, por el estado de pasividad de los enfermos.

Comenzó a tratar entonces a sus pacientes según los principios cuya elaboración y métodos de aplicación están expuestos en la única obra que nos dejó, escrita por su propia mano: Tratamiento de las psiconeurosis mediante la reeducación del control cerebral. En sus “Notas y pensamientos”, redactadas por sus amigos y colaboradores, se reflejan bien los rasgos de carácter y la manera de pensar de Vittoz, hombre de mucha bondad, corazón e inteligencia. Se decía de él que su pasión dominante era hacer el bien. Solía decir: “No tengo derecho a rechazar enfermos, hay que ir hasta el límite…” Llegó así al límite extremo de sus fuerzas humanas, no quedándole ni el tiempo ni la energía para redactar las notas que destinaba a sus colegas.

El rescate por la sensación

Mostrar una vía de curación alternativa a quienes sufren enfermedades nerviosas – “neurastenias”, como se llamaban a comienzos del siglo – y sus múltiples secuelas psicosomáticas, mediante la práctica del control cerebral, era el objetivo del doctor Vittoz. Él la expuso en un pequeño volumen, “dirigido sobre todo al enfermo”, publicado en 1911. Esta obra, que iba ya en su undécima edición 70 años después, ha sido desde entonces fuente de inspiración y rescate para terapeutas y pacientes. A pesar de que el método Vittoz” es una experiencia que no se explica, sino que se vive, intentamos aquí transmitir una vivencia de sus aspectos fundamentales.

Un caso de angustia

El siguiente caso es relatado por la doctora R. Bruston, psicoterapeuta francesa, practicante del método Vittoz:

“La señora B., una madre muy amante y preocupada, que perdió a su hijo mayor en un accidente de montaña, vive temiendo que su otro hijo caiga enfermo. Pensar en los sufrimientos y la posible muerte del niño desencadena en ella la angustia y la arrastra a un torbellino de imágenes irresistibles que la perturban profundamente. Esta angustia crea en ella actitudes excesivamente solícitas y sobre protectoras hacia el niño. Ella está consciente de todo eso, pero no puede cambiarlo. Se da cuenta de que su manera de ser, posesiva y autoritaria, imponiendo reglas y precauciones, tiende a engendrar miedo en el niño, a destruir su confianza natural en sí mismo, angustiándolo a su vez. Por otra parte, este estado de tensión cerebral, causa de la angustia, compromete y descontrola su sistema nervioso, especialmente el simpático, provocando trastornos orgánicos importantes: insomnio, dolores de cabeza, cansancio, imposibilidad de trabajar “.

En ese estado, le aconsejan emprender un tratamiento Vittoz. Para recuperar el equilibrio roto, será necesario que ella reeduque su control cerebral le explica la terapeuta.

Pero cómo?

Vagabundeo cerebral

Primero, se trata de lograr que esta madre angustiada tome consciencia de que es una idea – la idea de la posible muerte del niño – la causante de sus trastornos, tanto físicos como psíquicos; que el estado de tensión cerebral creado por esta idea ha perturbado su sistema nervioso, y que su equilibrio se habría mantenido si ella hubiera podido – o sabido – apartar esta idea patógena.

Con demasiada frecuencia nuestras ideas se asocian de manera independiente de la voluntad, y son la causa de estados de “no presencia”, de angustia, formando lo que Vittoz llama el “vagabundeo cerebral”, cuyo poder conocemos bien, en contraste con nuestra propia impotencia, cuando por ejemplo, queremos reflexionar, leer o meditar y las ideas atraviesan nuestra mente sin cesar.

Entonces, es necesario enseñar al cerebro a controlar sus asociaciones de ideas, a fin de poder rehusar aquellas que, imponiéndosele con un carácter obsesivo, se volverían patógenas. Éste aprenderá así a no “vagabundear, a no deslizarse mecánicamente en las asociaciones de ideas, si no lo estima necesario.

Este aprendizaje – “amaestramiento” lo llama Vittoz – se lleva a cabo mediante ejercicios que requieren tiempo y buena voluntad. Se trata simplemente de hacer el ejercicio y tenerle confianza. Este actúa por sí mismo, y tiene éxito allí donde el razonamiento fracasa !

La terapeuta indica entonces a la señora B. dos ejercicios basados en el principio de la concentración, antídoto del vagabundeo cerebral y la distracción.

El ejercicio de sensaciones

Se comienza con el ejercicio de relajación psico-sensorial, que se desarrolla en tres tiempos.

En el primero, se invita a la persona, que está tendida sobre un diván o sentada en un sillón, a tomar consciencia de su cuerpo, mediante la sensación. Comienza con las sensaciones profundas de su propio cuerpo, que le permiten sentir y localizar sus diferentes partes: la cabeza, los brazos, las piernas… Luego, las sensaciones que vienen del exterior: los ruidos, los colores, la textura de una tela, los olores, la frescura del aire que inhala. El conjunto de estas sensaciones, internas y externas, nos da la consciencia del yo corporal y, por consiguiente, permite afirmarlo en su realidad material (cosa muy importante para quienes dudan de sí mismos).

En un segundo tiempo, se pide al paciente que se relaje, que se suelte, haciendo desaparecer el estado de contracción muscular. A este puede suceder entonces la sensación de pesadez de los miembros, y luego del cuerpo entero. Si conoce algún método de relajación puede emplearlo con toda libertad. Este descanso del sistema nervioso periférico logrado con la relajación muscular, facilita la etapa siguiente del ejercicio: la toma de consciencia de las sensaciones.

Se le sugiere ahora al paciente que tome la decisión de “no pensar” ( es decir, dejar de asociar ideas ), al proponerle que permita a su cerebro percibir libremente las sensaciones: para hacer más fácil y eficaz el ejercicio, se le propone que acoja la sensación de su pie, de su tobillo, de su pantorrilla, y así sucesivamente para todas las partes del cuerpo, del lado derecho y luego del lado izquierdo, diciéndole: Sienta la planta del pie, la pantorrilla…, la palma de la mano, la muñeca… ” Para facilitar más aún esta toma de consciencia de la sensación, se le puede aconsejar al comienzo que imagine que se frota la parte del cuerpo en cuestión, incluso realizándolo físicamente un par de veces. La sensación del cuerpo polariza así toda la atención del cerebro y preserva el campo de la consciencia de las intrusiones asociativas. De esta manera, se establece el condicionamiento de la detención de las asociaciones de ideas: es el control cerebral en acción.

El ejercicio del péndulo

Se ejercita ahora la concentración sobre una imagen mental. En el primer ejercicio se trataba de percibir una sensación táctil. Aquí es un conjunto de sensaciones visuales el que entra en juego. Se le propone a la persona que imagine un antiguo reloj de péndulo. La sensación visual es ahora compleja, formada por varios elementos: El péndulo se presenta solo, nítido, con dos partes, el eje y el disco; con dos colores, gris y amarillo; animado de un movimiento oscilatorio, lento y regular. Aquí de nuevo el cerebro no asocia, sino que percibe esta imagen del péndulo en su conjunto, y eso es todo.

En el caso de la señora B., la doctora Bruston relata que estos dos ejercicios, practicados diariamente, le devolvieron la calma y suprimieron su angustia al darle la posibilidad de rehusar un pensamiento patógeno, y apartarlo. Pero la curación no está terminada. Falta aún la práctica de ejercicios complementarios, en particular aquellos llamados de “eliminación”, descritos más adelante, antes de que ella pueda experimentar una verdadera liberación.

Un baño de sensaciones

Cómo actúan estos ejercicios sobre la dinámica cerebral?

En ambos, el cerebro aprende a estar atento solamente a la sensación que recibe sucesivamente de las diferentes partes del cuerpo. Cuando ha decidido mantenerse en silencio, el cerebro envía el influjo nervioso a la planta del pie, percibe la sensación, pasa enseguida al tobillo, luego a la pantorrilla, percibiendo cada vez la sensación habitual. Se va así de un punto al otro, y se comprende cuán indispensable es proceder sucesivamente, sin saltar un solo punto, para facilitar y sostener la atención. Con un poco de entrenamiento, el sujeto experimenta un verdadero baño de sensaciones, en el que se zambulle plenamente, sin asociar otras ideas. Si se le pregunta después en qué ha pensado, a menudo responderá: ” En nada ! ” Su cerebro no ha pensado, no ha emitido, le ha bastado tomar consciencia de un estado de equilibrio y de armonía.

La práctica de este ejercicio le enseña al cerebro a aquietarse cuando se lo pedimos. Al acoger las sensaciones, al mismo tiempo que rehúsa las asociaciones, crea un condicionamiento nuevo sensación-silencio”, que se instala gracias a la repetición cotidiana del ejercicio y permite que actúe el control.

Sin embargo, este ejercicio no tiene como objetivo vaciar la mente gracias a la detención del pensamiento. No es esto lo que se busca. Aunque se pueda llegar a ello por un momento, el vagabundeo puede recomenzar al instante siguiente.

Durante el ejercicio se forman ideas, según las sensaciones recibidas por los órganos de los sentidos, siempre receptivos. Pero debido a nuestra decisión de rehusarlas, las ideas son sólo nubes que atraviesan el cielo de nuestra consciencia, sin disolverse en lluvia que lo inunda todo. Así como restablecemos automáticamente el equilibrio de nuestro cuerpo al estar a punto de caernos, aprendemos a mantener el equilibrio psíquico mediante este gesto interior. Este condicionamiento puede entonces integrarse a la vida cotidiana. Se vuelve un reflejo condicionado; se ejerce el control y se mantiene el equilibrio. Según Vittoz: “El cerebro bien entrenado ejecuta este acto casi sin el asentimiento del paciente; gracias a la simple consciencia de que se va a caer, se recupera sin esfuerzo consciente”.

El silencio del cerebro, sobre todo si es ejercitado cotidianamente, aporta un descanso regenerador del sistema nervioso, central y simpático, a menudo agobiado por la fatiga, el ruido, las preocupaciones, el miedo, los shocks afectivos. Desaparecen así el enervamiento, el surmenage nervioso, los estados de tensión. Y el apaciguamiento del sistema nervioso trae consigo una normalización de la sensibilidad, que se halla siempre exacerbada durante los períodos de enervamiento. Con mucha frecuencia, se oye decir después de sólo algunos días de tratamiento: “Yo no habría reaccionado de esta manera hace unos pocos días”. La impulsividad, la susceptibilidad y la hiper emotividad desaparecen poco a poco y las reacciones se ajustan mejor a los estímulos. Nuestra manera de “sentir” a los demás y de ser “sentidos” por ellos, se vuelve más adecuada, más correcta.

El descontrol de los actos

El estado de descontrol no se limita a los pensamientos. Puede extenderse a las sensaciones, a los actos. Hay un vagabundeo de los actos, así como existe el de los pensamientos: por ejemplo, comenzamos un trabajo, pero nos viene la idea de otro pendiente, seguimos esta nueva idea, abandonando nuestro primer trabajo; después volvemos a él, para partir de nuevo a otra parte… Vamos de un acto a otro, con una sensación de tareas inacabadas, siempre preocupados de no olvidar nada… 0 bien, actuamos pensando en otra cosa totalmente distinta, por automatismo o por hábito, sin tomar conciencia del acto, sin “sentirlo”, como diría Vittoz.

Si estoy apurado y el pensamiento de no atrasarme para una cena ocupa toda mi mente, al volver a casa dejo mis llaves en cualquier lugar, sin poner atención, y al salir de casa surge siempre la misma pregunta: “Dónde dejé mis llaves, mis anteojos…’ Pregunta que nos da la deprimente sensación de vivir fuera de nosotros mismos, en dos planos. Nuestro cuerpo actúa, pero nuestra mente está en otra parte, no registra nada, no sabe lo que hacemos, vagabundea…