El místico y devoto siente que su Amado está más cerca que el aliento y lo venera con obras y no con palabras solamente, como dijo Cristo “Este es mandamiento: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. El místico sabe que este amor divino fluye en copiosa corriente de su alma y como un río supera todo obstáculo y va en derechura al océano de la Divinidad. Se entrega de todo corazón a Dios y somete su voluntad a la voluntad del Omnipotente que le llena de su poder para obrar, sin preocuparse de los resultados, en gloria y honor de Dios.

El fiel devoto pierde la noción del mío y tuyo porque donde dirige su mirada, ve a Dios en todas partes, y por esta razón las religiones consideraron el sendero devocional el más fácil aunque tome vidas de perseverante práctica; pero el que entra en el sendero de la devoción lo alcanza en poco tiempo, si en su corazón arde la llama viva del divino amor, como fueron las vidas de San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

El sendero devocional está dividido en dos trechos; el primero es aquel en que el devoto toma por modelo de su conducta la vida de un santo cuyas virtudes aspira a imitar y en quien constantemente piensa con desinteresada devoción. El segundo trecho consiste en que este sentimiento de devoción se amplía y enaltece hasta identificarse con el Íntimo Dios, y así el místico desarraiga de su corazón toda ambición de bienes materiales y de la petición de gracias contrarias a la justicia. De esta manera llega el místico a la fuente de todo conocimiento, de todo amor y de todo poder.

Al imitar, por ejemplo, al Cristo o un verdadero santo, el imitado transfiere al devoto parte de su energía espiritual a cuyo toque despierta el alma; por eso dijo el Cristo: “A él iremos y haremos con él nuestra morada”. Desde entonces el místico adora a Dios en espíritu y en verdad. Observa la continencia, rige y domina sus deseos para convertirse en canal de la Omnipotencia. Ya no puede padecer más pasiones; mientras que sus emociones estarán al servicio del Íntimo, porque entonces puede tener la emoción pura, sin pasión.

En este estado, el devoto abre en sí el caudal del Amor, obedece las leyes de la salud, observa la higiene; tiene la mente sana en un cuerpo sano, no mata ni a un animal; ama a todos los seres y admite la estrecha solidaridad entre todas las criaturas y todas las cosas del Cosmos, como un todo manifestado de lo Absoluto por medio del Alma Universal o Magnetismo; y llamará a todo ser, como San Francisco de Asís, hermano y hermana. Y cuando dice: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, siente que su voluntad es una con la del Padre, porque ambos concurren al mismo punto del reinado eterno de la justicia, la paz y la felicidad.

Así como el místico adquiere el poder del Magnetismo Divino para convertirle en llama y Luz, es así como puede comunicarse con los espíritus de la Luz hasta identificarse con la Fuente de Luz Inefable.

Dr. Jorge Adoum

Ref.: La Zarza de Horeb, Ed. Kier.

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