Podemos definir la forma de muchas maneras. A continuación expondremos algunas de ellas: la forma es el cuerpo de una idea o pensamiento; es la vida de lenta vibración que encierra una vida que vibra más rápidamente; es la vida en proceso de expresarse; es el símbolo objetivo de una energía animadora central inteligente; es el cuerpo, habitado por una idea, su alma, detrás de la cual reside la energía dinámica plena de propósito, el espíritu. Por lo tanto, cada forma es la trinidad cuerpo, alma y espíritu. La forma es el Uno, la Unidad en su aspecto de Diversidad, es el Uno convertido en muchos. Es el instrumento o medio de contacto entre el espíritu y el aspecto materia del Logos, tratando de expresar Su voluntad, plasmándola en un aspecto diferenciado del Logos, adoptando la forma de acuerdo a la etapa de evolución y a la consiguiente receptividad del aspecto u objeto que se debe plasmar.

La forma es una idea, incorpórea en sí misma, concretada en el plano objetivo. Es el Principio de limitación, condición y privación, que permite hacer comparaciones con el Absoluto; es un aspecto de lo infinito hecho finito en espacio y tiempo; es la envoltura externa de un complejo espíritu interno. La forma es un velo ilusorio que oculta, confina y aprisiona un pensamiento proyectado por alguna energía central dinámica, responsable de la actividad subjetiva y de su resultante expresión objetiva en la materia o forma pasiva.

La forma tiene por objeto ayudar a la evolución para que la vida evolutiva logre la auto consciencia inteligente en grado y dimensión cada vez mayores, debido a la experiencia adquirida en repetidas encarnaciones durante su ciclo evolutivo. La meta de esta evolución a través de las formas es la comprensión de la Unidad Absoluta. La Doctrina Secreta dice: “La idea de Unidad Absoluta quedaría totalmente destruida en nuestro concepto si no tuviéramos ante nuestros ojos algo concreto que contenga tal unidad”.

Muchas y muy variadas son las formas utilizadas por el Plan para estimular y guiar a las unidades evolucionantes de la Vida Una, y cada forma se adapta al propósito de un cabal desenvolvimiento, plenamente comprensivo de todos los aspectos y atributos de la Vida Una, dentro de cada parte componente.

En la familia humana se enseña al hombre, por medio de la forma, la dualidad esencial de la existencia en el universo manifestado. Observando la forma, el hombre percibe oportunamente la vida activa dentro de ella
y aprende a considerar la vida interna como la realidad o yo, y la forma externa como el no-yo. Por medio de la forma, ya sea la forma de su propio cuerpo, la de los cuerpos de sus hermanos, individualmente o en grupo, como miembro de una familia, de una sociedad, de un orden social, cultural, político, comercial, religioso, ético, industrial, científico, racial, nacional o internacional; como dirigente o uno de sus seguidores; colaborador consciente o receptor inconsciente de fuerzas modeladoras buenas o malas, el hombre aprende la lección que le corresponde, según el grado alcanzado en la universidad del universo evolucionante.

Así el hombre aprende su lección, es decir, equilibra los pares de opuestos y sabe que con cualquier nombre que se le designe: espíritu o materia, bien o mal, placer o dolor, vida o muerte, crecimiento o decadencia, construcción o destrucción, amor u odio, atracción o repulsión, Dios o Demonio, liberación o prisión, todas son manifestaciones mutables del aspecto materialista fenoménico de la inmutable Realidad Una que es la Vida Eterna.

Es interesante observar como las diferentes formas hacen surgir distintas maneras de responder, proporcionándole al hombre la adaptabilidad a las variadas demandas del medio ambiente, como las influencias geográficas y climáticas, comunidad o soledad, paz o guerra, refinamiento y valores artísticos o pobreza, bestialidad y crudeza.

Desde un punto de vista personal, el servicio más importante que la forma puede prestar es hacernos conscientes de los defectos y virtudes de nuestro carácter. Nuestros vicios y virtudes se reflejan fielmente en la forma – para observación del verdadero hombre interno – por medio de deseos, sentimientos, impulsos y pensamientos generados por el triple yo inferior que compone nuestra personalidad, la cual actúa o entra en actividad por los sonidos, los colores, las formas, los olores, etc., que nos llegan a través de los sentidos. Cada uno de estos contactos, accidentalmente o no, es una nueva oportunidad para fortalecernos y ayudarnos en nuestra propia evolución, o absorber nuestra fuerza y así obstaculizar la evolución. La victoria y la derrota tienen su raíz en la misma simiente; lo importante no es lo que nos ocurre, sino el beneficio que extraemos de los acontecimientos. Hemos permitido que se conviertan en un obstáculo o los hemos superado y convertido en peldaños? Tales revelaciones de la personalidad nos permiten formular planes prácticos e inteligentes, fomentar y cultivar las cualidades necesarias para convertirnos en perfectos y eficaces instrumentos de servicio.

La observación de Tolstoi sobre el empleo de la forma es iluminadora: “Si quiero exponer mis pensamientos empleo palabras; si quiero exponer mis sentimientos utilizo el arte”. El arte es, en verdad, uno de los más grandes sacerdocios de la vida espiritual.

Igualmente iluminador, para hacer resaltar la superioridad de la realidad interna sobre la forma externa, es el bien conocido epigrama de Emerson: “Lo que tú eres, habla tan alto que no puedo oír lo que dices”.

La cualidad que diferencia la forma de un ser humano de las demás formas es la mente. El hombre es un pensador. Manas, el principio mente, no lo dota de consciencia – pues esta existe desde el comienzo del ciclo evolutivo en todas las formas inferiores a la humana – sino de auto consciencia, atributo de la divinidad. Gracias al poder de fusión de la mente, el hombre vincula en sí mismo los dos polos de la manifestación divina, abarcando y reflejando todo el ciclo evolutivo desde el átomo al universo, desde el hombre a Dios.

Según Annie Besant: “El hombre es el ser en quien el espíritu más elevado y la materia más inferior están unidos por la inteligencia”, haciendo de la inteligencia – manifestación del principio mental – la cualidad característica del hombre. Este principio mente, esta inteligencia o relación, entró en actividad en el hombre en el momento de la individualización, llevándolo de lo animal a lo divino. La mente trasmuta la sensación en deseo, el deseo en emoción y la emoción en amor, siendo el amor humano la simiente del amor divino. En el mundo de las percepciones sensorias el hombre es el único ser que puede amar como ama Dios, no para beneficio propio, sino para beneficio del ser amado. Ruskin dice: “Podemos amar a las rocas y a las montañas por el bien de las rocas y de las montañas”.

La mente permite al hombre adquirir perspectivas, observar y valorar los senderos y las formas a través de las cuales ha llegado; aprovechar los frutos de la experiencia, desarrollar la capacidad de adaptarse al medio ambiente y más tarde crearlo. La mente puede captar y retener el conocimiento, requisito para comprender la complejidad de las formas y aplicar la ley a las formas, a fin de que actúen armoniosamente con el único propósito de ayudar en el plan de evolución y “cumplir la voluntad del padre”. Félix Adler lo expresa con las siguientes palabras: “Haz tu trabajo en el mundo para que los demás trabajadores hagan mejor el suyo”.

Regina Keller

Extractado de Apuntes de
Clases por Correspondencia de la
Escuela Arcana de Buenos Aires.

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