Podríamos decir que el Yo Superior se reviste, en un período dado, de nuestras características temporales o externas – intelecto, emociones, cuerpo físico – las que tenemos como tarea pulir y purificar para servir de medio de expresión adecuado al Yo Superior. Esa encarnación temporal del Yo Superior es nuestra vida, de la que podemos hacer un cristalino lente o permanecer como un basto ladrillo.

El trabajo para someter al ego, y llegar a ser capaces de manifestar la divinidad sin distorsión, se realiza a través del fortalecimiento de la voluntad, comenzando por la observación de sí. El antiguo adagio: conócete a ti mismo y conocerás a Dios no es una metáfora. La observación creciente de nosotros mismos no sólo nos permite conocernos, saber con qué contamos, qué nos pertenece por naturaleza y qué hemos adquirido por otras vías (defensa, imitación, etc.), sino que crea y fortalece la voluntad, y la voluntad es el vínculo que puede establecer el contacto, polarizar el yo hacia el Yo, realizar lo que se ha discernido como propicio al crecimiento. Pero no debemos olvidar nunca que el ego no renuncia espontáneamente, debe ser dominado por la voluntad.

Habitualmente somos mucho más conscientes de las necesidades y requerimientos del ego y su cuerpo, que de las del Yo. Cuando crecemos, el anhelo por el Yo Superior es también creciente, pues las expansiones de consciencia apuntan hacia una verdad apenas intuida o susurrada con el temor de que no sea cierta: que yo soy El, o que Tú eres Eso, que el Yo Superior en verdad soy yo, mi Yo real, y que todo el trabajo de crecer es tomar consciencia de ello. En los comienzos de la búsqueda, el Yo Superior es una deidad trascendente, lejana, inalcanzable, a quien se piden favores, pero a medida que el ego va quedando atrás, y que se realiza la transmutación, se comienza a presentir como posible el que podamos llegar hasta Él hasta fundirnos con Él. Algún día esto será una certeza.

Para que la acción del Yo Superior se realice, debemos ponernos al alcance de su elevada posición. Esto es lo que hacemos mediante el entrenamiento de la voluntad. A través de la lucha constante por permanecer despiertos, por observarnos, por ser los amos de nuestros aspectos temporales y no sus esclavos, por ir superando las emociones negativas y todo el condicionamiento automático, se va creando una persona unificada, que actúa bajo el comando de una sola voluntad y no de un sinfín de subpersonalidades. Esta voluntad unificada es el compendio de la persona, de todo su aspecto temporal – que es lo que conoce – concentrado en un yo, y este yo es el que puede ser ofrecido a la voluntad del Yo Superior. La esencia de mi ser temporal se ofrenda a mi Ser eterno. Esta es la gran renuncia, la inmolación del ego, la aniquilación personal, el exterminio de la máscara. Hay que trabajar muy duro para convertirse en una persona unificada, individuada, para contraer todo el ser temporal en un punto, y luego dar el salto al vacío: entregarlo al Yo Superior, en quien debemos confiar plenamente, aunque en verdad no Lo conocemos, sólo Lo presentimos, intuimos, vislumbramos. Esto sería del todo imposible de realizar para el hombre si en verdad el Yo superior y el yo no fueran Uno desde siempre.