Una vez que se ha tomado consciencia de esta verdad, luego de un largo y azaroso camino, entonces el Yo Superior puede manifestarse, utilizando a la persona como su vehículo, en forma paulatina pero creciente. Nuestra dificultad básica yace en la imposibilidad del Yo para aflorar a través del ego. Si nuestra consciencia permanece en nuestro ego, dispersa en miles de necesidades y deseos, es como si el Yo Superior no existiera para nosotros, como si un grueso muro impidiera la comunicación. Pero cuando nuestra consciencia permanece en nuestra meta – nuestro Yo Superior – está unificada, porque el Yo Superior es Lo-Uno para el individuo, y entonces es posible una relación, se establece un vínculo que traspasa lo personal, hasta que se alcance el momento en el que esa relación ya no sea necesaria porque ha desaparecido la dualidad: Él – yo.

Nuestro Yo Superior parece tropezar con una cáscara dura que le impide abrirse paso. Si nuestro trabajo es fructífero, nuestro ego debe resultar fracturado para que el Yo pueda filtrarse: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él queda solo; pero si muriere, mucho fruto lleva (Juan 12:24). La vida está latente en el interior de todo grano, pero sólo se hará realidad una vez que la cáscara se haya partido. Esa cáscara, el poderoso ego que se ha entronizado tan arraigadamente en nuestras vidas, dominándolas, es la vida temporal y, por lo tanto, origina el sufrimiento, los deseos siempre renovados, el miedo al fracaso, la sensación de importancia personal que será puesta a prueba una y otra vez, causándonos dolor. La vida verdadera late en el interior, es la del Yo Superior, que debe ser liberada para que seamos liberados.

Con la liberación perdemos todo en el mundo temporal, ofrecemos todo lo que nuestro ego valora. para obtener la vida real que trasciende la apariencia. Así, El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. (Juan 12:25) Si lo exterior queda intacto, lo interior nunca podrá hallar salida.