Todas las cosas tienen extensión y duración. Medimos la extensión según lo alto, lo largo y lo ancho; la duración según el tiempo. Todas estas cuatro dimensiones son medidas aplicadas por el hombre. Esta silla frente a mí no es de un metro de altura, pero yo la puedo medir así y, si arrojo al suelo la silla, su altura será tan sólo de 50 centímetros convirtiendo su altura anterior en su anchura. Se mide el tiempo según una dimensión: la longitud. Decimos hace largo y corto tiempo, pero nunca hablamos de tiempo ancho o estrecho. La expresión ya es tiempo (en inglés it is high time, literalmente: es tiempo alto) probablemente tiene su origen en la marea alta o en el reloj de agua. Mientras que para una medida objetiva tomamos puntos fijos (a.C. y d.C., a.m. y p.m.), el punto cero psicológico es el siempre presente, que se alarga, según nuestra organización, hacia delante y hacia atrás como el gusanillo que se abre camino comiendo el queso y dejando rastros de su existencia tras de sí.

Omitir las dimensiones del tiempo conduce a falacias lógicas, a engaños en los argumentos: la lógica sostiene que a = a, y que, por ejemplo, puede ponerse en otro contexto una manzana. Esto es correcto mientras sólo se considere la extensión de la fruta, como casi siempre se hace. Pero es incorrecto en cuanto se toma en cuenta su duración. La manzana verde, el fruto sabroso y el podrido son tres fenómenos diferentes del acontecimiento espacio-temporal manzana. Pero por ser utilitaristas, naturalmente tomamos la fruta comestible como referente cuando empleamos la palabra manzana.

En cuanto olvidamos que somos eventos espacio-temporales, chocan las ideas y la realidad. Las demandas de emociones perdurables (amor eterno, lealtad eterna) podrían llevar a la desilusión, la belleza efímera a la depresión. Las personas que han perdido el ritmo del tiempo pronto serán anticuadas.

Y qué es este ritmo del tiempo?

En apariencia nuestra organización posee un óptimo en la experiencia del sentido del tiempo: la duración. Se expresa esto en el lenguaje como paso-pasar-pasado (en francés, le pas-passer-passé; en alemán, ver-gehen-Ver-gangenheit). Así pues, para nosotros, el punto cero es la velocidad que pasa. El tiempo avanza. El tiempo vuela, o se arrastra o hasta se detiene, todavía denota la desviación de más y menos. Un juicio así contiene su opuesto psicológico; nos gustaría que el tiempo que vuela redujera su marcha y que se apresurase cuando se arrastra.

La concentración en las cosas como eventos espacio-temporales se experimenta como paciencia, la tensión entre un deseo y su realización como impaciencia. Evidentemente, en este caso, existe la imagen tan sólo en extensión, al desunirse el componente tiempo como impaciencia. De esta forma entra en la vida y psicología humanas la consciencia del tiempo o el sentido del tiempo.

Einstein opina que el sentido del tiempo es cuestión de experiencia. El niño de pecho despierta cuando la tensión del hambre ha llegado a ser tan elevada que interrumpe el sueño. Esto no se debe a sentido alguno del tiempo: por el contrario, el hambre ayuda a crear ese sentido. Aunque no conocemos ningún equivalente orgánico del sentido del tiempo, debe suponerse su existencia, aunque sólo sea por la exactitud con que algunas personas pueden dar la hora correcta.

Cuanto mayor es el retardo de la satisfacción del deseo, más grande la impaciencia, en caso de que la concentración siga sobre el objeto de gratificación. La persona impaciente quiere la conjunción inmediata, sin tiempo, de su visión con la realidad. Cuando se espera el tranvía, la idea tranvía puede deslizarse hacia el fondo y uno podría entretenerse pensando, observando, leyendo o con cualquier pasatiempo que haya a mano hasta que el tranvía llegue. Pero cuando el tranvía permanece como figura en la mente, entonces aparece como impaciencia, y dan ganas de correr para salir al encuentro del tranvía. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Cuando se suprime la tendencia a correr hacia el tranvía (y este autocontrol ha llegado a ser en la mayoría de nosotros, automático e inconsciente) se entra en un estado de inquietud, de molestia; cuando uno es demasiado inhibido como para desahogarse renegando y poniéndose nervioso y reprime esta impaciencia, probablemente la transformará en ansiedad, dolor de cabeza o en algún otro síntoma.

A cierta persona se le pidió que explicara la teoría de la relatividad de Eisntein. Contestó: Cuando pasas una hora con tu chica, el tiempo vuela; una hora parece un minuto; pero si estás sentado en una estufa caliente, el tiempo se arrastra, los segundos parecen horas. Esto no se ajusta a la realidad psicológica. En una hora de amor, cuando el contacto es perfecto, el factor tiempo no entra en absoluto en el cuadro. Pero si la chica llega a convertirse en un estorbo, se pierde el contacto con ella y llega el aburrimiento, entonces se comenzará a contar los minutos hasta que uno pueda liberarse de ella. También se experimentará el factor tiempo, en caso de que el tiempo sea limitado, cuando se pretende meter todo lo posible en los minutos de que se dispone.

Sin embargo, la regla tiene sus excepciones. Los recuerdos reprimidos en nuestro Inconsciente, según Freud, carecen de tiempo. Esto significa que no están sujetos a cambio mientras permanezcan en un sistema aislado del resto de la personalidad. Son como sardinas en una lata que, en apariencia, permanecen para siempre como si tuvieran 6 semanas o la edad de cuando fueron pescadas. Mientras están aisladas del resto del mundo hay muy poco cambio hasta que (al ser comidas u oxidarse), vuelven a entrar en el metabolismo del mundo.

El centro de nuestro tiempo como acontecimientos humanos conscientes en tiempo y espacio es el presente. No hay otra realidad más que el presente. Nuestro deseo de conservar más del pasado o de anticipar el futuro podría cubrir por completo este sentido de realidad. Aunque podemos aislar el presente del pasado (causas) y del futuro (propósito), toda renuncia al presente como centro de la balanza como el fiel de nuestra vida – conducirá a una personalidad desequilibrada. No importa que la inclinación sea hacia la derecha (excesiva rectitud) o hacia la izquierda (impulsividad), que se rompa el equilibrio hacia delante (futuro) o hacia atrás (pasado), se puede perder el equilibrio en todas las direcciones.

Esto tiene aplicación a todo y naturalmente también al tratamiento psicoanalítico. La única realidad aquí existente es la entrevista analítica. Todo lo que experimentamos allí lo experimentamos en el presente. Esta debe ser la base para cualquier intento de reorganización orgánica. Cuando recordamos, recordamos en ese preciso segundo y con cierto propósito; cuando pensamos en el futuro anticipamos cosas futuras, pero lo hacemos en el momento presente y debido a diversas causas. La predilección por el pensamiento ya sea histórico o futurista, siempre destruye el contacto con la realidad.

La falta de contacto con el presente, la falta de sentido actual de nosotros mismos lleva a huir, ya sea hacia el pasado (pensamiento histórico) o hacia el futuro (pensamiento de anticipación). Tanto Epimeteo Freud como Prometeo Adler, cooperando con el deseo del neurótico de cavar en el pasado o salvaguardar el futuro, han perdido el punto arquimedeo de reajuste. Al renunciar al presente como referente permanente, las ventajas de retroceder al pasado para sacar provecho de nuestras experiencias y errores se convierte en su opuesto, llegando a ser nocivo para el desarrollo. Nos hacemos sentimentales o adquirimos el habito de culpar a los padres o a las circunstancias (resentimiento). Con frecuencia el pasado se convierte en una “consumación” que ha de desearse con devoción . Brevemente, desarrollamos un carácter retrospectivo. El carácter prospectivo, por el contrario, se pierde en el futuro. Su impaciencia lo conduce a anticipaciones fantásticas que en contraste con la planeación – consumen nuestro interés por el presente y su contacto con la realidad.

Freud posee la intuición correcta al creer que el contacto con el presente es esencial. Exige atención libremente movible, que significa darse cuenta de todas las experiencias; pero lo que sucede es que lentamente, pero con seguridad, el paciente y el analista llegan a condicionarse por dos cosas; primero, por la técnica de asociaciones libres, de la fuga de ideas, y, segundo, por un estado en que analista y paciente forman, por así decir, una compañía para pescar recuerdos, con lo que desaparece la atención libremente movible. En la práctica, la apertura mental llega a estrecharse en un interés casi exclusivo por el pasado y la líbido.

Freud no es exacto en cuestión de tiempo. Cuando dice que el tiempo tiene una pierna en el presente y la otra en el pasado, incluye los pocos días pasados en el presente. Pero lo que sucedió, aunque solo sea hace un minuto, es pasado, no presente. La diferencia entre la concepción de Freud y la mía puede parecer irrelevante y, sin embargo, no es sólo asunto de pedantería, sino un principio que implica aplicaciones prácticas. Una fracción de segundo puede significar la diferencia entre vida y muerte, como veríamos en la coincidencia de la caída de una piedra que mata a un hombre.

El descuido del presente hizo necesaria la introducción de la “transferencia”. Cuando no dejamos lugar a la actitud espontánea y creadora del paciente, entonces tenemos que buscar explicaciones en el pasado, suponer que transfiere cada parte de su conducta de tiempos remotos a la situación analítica ( o, siguiendo el pensamiento teleológico de Adler) debemos limitarnos a descubrir qué propósitos, qué arreglos tiene el paciente en mente, qué planes tiene en su manga.

No niego en absoluto que todo tiene su origen en el pasado y tiende a un desarrollo ulterior, pero lo que yo quiero precisar es que el pasado y el futuro determinan su rumbo continuamente según el presente y tienen que relacionarse con él. Sin la referencia al presente llegan a carecer de sentido. Examinemos una cosa concreta, una casa edificada hace años que se origina en el pasado y tiene un propósito, en concreto, que se viva en ella. Qué sucede a la casa cuando uno se satisface con sólo el hecho histórico de que haya sido edificada? Si no se la cuida, la casa se convertirá en ruinas, sujeta como está al influjo del viento y del tiempo de sequía y al agua y a otros influjos destructores que, aunque pequeños y a veces invisibles, tienen un efecto acumulativo.

Freud ha sacudido nuestros conceptos de causalidad, moral y responsabilidad; pero se detuvo a medio camino: no condujo el análisis a sus últimas conclusiones. Dijo que no somos tan buenos o malos como creemos ser, pero que inconscientemente, en la mayoría de los casos, somos peores, a veces mejores. De acuerdo con ello transfirió la responsabilidad del Ego al Id. Además desenmascaró las causas intelectuales como racionalizaciones y decidió que el Inconsciente proporciona las causas para nuestras acciones.

Cómo podemos reemplazar el pensamiento causal? Cómo superamos las dificultades de apoyarnos en el presente y lograr un comprensión científica sin buscar razones? Ya he mencionado antes las ventajas que brotan del pensamiento funcional. Si tenemos el valor de intentar seguir a la ciencia moderna en su decisión de que no hay respuestas últimas al por qué? llegamos a un descubrimiento muy reconfortante: se puede responder a todas las preguntas relevantes preguntando :”Cómo?”, “Dónde?” y “Cuándo?” La descripción detallada es idéntica a la concentración y al conocimiento acrecentado. La investigación requiere descripciones detalladas sin descuidar el contexto. El resto es cuestión de opinión o teoría, fe o interpretación.

Aplicando nuestras ideas del presente podemos mejorar nuestra memoria y nuestros poderes de observación. Decimos que los recuerdos vienen a nuestra mente: nuestro Ego es más o menos pasivo respecto a ellos. Pero si retrocedemos a una situación, e imaginamos que estamos realmente en el lugar y entonces describimos con detalle lo que vemos o hacemos, empleando el tiempo presente, mejoraremos mucho nuestra capacidad de recordar.

Dentro de la concepción de Freud el pensamiento futurista, que en la psicología de Adler ocupa el primer plano, está relegado a una posición de importancia secundaria (por ejemplo, ventajas secundarias de una enfermedad). Freud adhirió a las causas, aunque en la Psicopatología de la vida cotidiana expuso muchos ejemplos para demostrar que el olvido y el recuerdo tienen tendencias y no solamente causas. Por un lado, los recuerdos determinan la vida del neurótico y, por otro, recuerda u olvida con ciertos propósitos. Un soldado anciano quizá recuerde acciones de las que puede vanagloriarse, y hasta inventaría recuerdos con el propósito de vanagloriarse.

Frederick Perls

Extractado de
F. Perls.- Yo, Hambre y Agresión.-Fondo Cultura Económica

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