Uno de los más socorridos símbolos del vacío es el espacio, tanto en su versión visible, representada en el cielo a nuestro alrededor, como en su versión invisible, el espacio metafísico. El cielo como espacio no es un vacío absoluto, pero se nos representa como el vacío en el que lo manifiesto, lo visible, se muestra suspendido ante nuestros ojos como objetos, astros, planetas, nubes, constituyendo su trasfondo. En la representación jeroglífica egipcia, el vacío es el lugar que se produce por la pérdida de la sustancia necesaria para formar el cielo, y de tal manera se asemeja también al espacio. En nuestra tradición judeo-cristiana el cielo es el espacio simbólico en el que podemos ser plenos, eventualmente unos con el Uno, por tanto sin vacío, sin no ser, sin ausencia ni dolor, sin principio ni fin. Curiosa dicotomía, al ser el vacío sinónimo de dolor y carencia en la vida concreta, y análogo a la plenitud en la vida ultraterrena.

La propuesta es que si logramos ser capaces de convivir con el vacío en la vida concreta, con la carencia, con la ausencia, si aceptamos que la existencia del vacío es cuando menos la mitad de la realidad, si no la negamos ni intentamos huir de ella, podremos aquilatar el germen de plenitud que es capaz de aportarnos. A menudo pensamos que el vacío es un espacio que debe ser llenado, que si fuera llenado con aquello de lo que creo carecer, las penurias acabarían. Pero qué hay de la fuerza impulsora del vacío por sí mismo, en su relación con lo manifiesto? De su capacidad de movilizarnos, de impulsarnos a ir más allá de nuestra mitad aparentemente llena (lo que ya creemos tener)?

Si la realidad se compone de forma y vacuidad, la forma viene a ser como la representación de lo estático, lo ya creado, constituyéndose en una suerte de polo pasivo. La dinámica, la interacción con lo circundante, el movimiento, la vida, surge de la atracción de lo vacío sobre lo lleno, del espacio sobre la forma, siendo el vacío, en tal caso, el polo activo de la manifestación.

Todo parece sugerir que está en los engramas del ser humano la no-completitud, la búsqueda, la necesidad, la carencia, características agudamente acentuadas en los occidentales, tan movilizados por la competitividad y la ambición, y mucho menos expresadas en un verdadero taoísta, por ejemplo.

Así como el taoísta tiene permanentemente ante sus ojos lo pleno y lo vacío, si no prioriza ni rinde culto a ninguno de los dos, la tendencia predominante en un occidental es a apoderarse de la forma para llenar un vacío del que normalmente no es consciente, excepto que se vuelva agudo. De aquí, de la falta de consciencia del permanente vacío que coexiste con todo lo manifiesto, parece que naciera toda compulsión. La mayor parte del tiempo nos dirigimos hacia la posesión de objetos reales o simbólicos para llenar el vacío porque no mantenemos presente justamente al vacío en nuestra consciencia como contrapunto constante de la forma, y es la razón por la que nos posee el afán de llenarlo, de ocultarlo, de ocuparlo, para evitar esa carencia, ese dolor.

Volviendo al ejemplo de la pérdida de un ser amado, tanto como de cualquier cosa extremadamente apreciada – concreta o simbólica – de la que podamos vernos abruptamente privados, se podría decir que es una de las circunstancias que nos vuelve dolorosamente conscientes del vacío, de la ausencia presente, del verdadero espacio que ocupaba lo perdido en nuestras vidas, de la falta que nos hace. Como queremos evitar el sufrimiento, deseamos que vuelva, recuperar lo perdido, retroceder como sea a la unidad anterior, para no sentir la escisión de la fractura. Por más doloroso que sea el sufrimiento, y contrariamente a nuestra sensación de sentirnos fracturados, incompletos, es en esos momentos que estamos más cerca de la realidad, al volvernos inevitablemente conscientes de lo que la costumbre y los hábitos habían adormecido: la realidad es presencia y ausencia, forma y vacío, y hasta que no seamos capaces de experimentar la unidad total, la vacuidad última en la que se esfuman esas distinciones, no habrá paz profunda en nuestra mente ni en nuestros corazones.

Tal sea, probablemente, el sentido del sufrimiento humano, y tal su lección. Sólo a través del sufrimiento, del vacío, de la carencia, ya sea de lo perdido o de lo anhelado, es que somos conscientes de una realidad más completa que incluye tanto la forma como la no forma, lo presente como lo ausente. Cuando se rompe una relación y experimento la falta de todo aquello que parecía llenar mi vida, obtengo una visión mucho más real de la esencia de la relación, de la esencia de lo que yo tenía en esa relación, y de la esencia de esa persona perdida. Me queda el vacío de ella, y el conocimiento de lo que creo necesitar para volver a ser pleno, que en definitiva es lo que ya soy más lo que aún me falta para ser. Es de su ausencia, de su vacío, que puedo obtener (o no) la utilidad en un sentido metafísico – es decir, la comprensión. Si de la dolorosa experiencia se concluye que lo perdido es insustituible, la vida entera puede adquirir el propósito de recuperarlo, de siquiera merecerlo, lo que lleva a depurar en sí mismo todo aquello que pudo contribuir a su pérdida o provocarla, transformándose así en un camino de purificación y refinamiento.

Esto constituye por sí mismo un sendero de perfeccionamiento y ascenso espiritual, ya sea que se logre el objetivo o no. Si por el contrario, sólo se busca evitar el dolor y llenar el vacío con cualquier otra presencia u objeto anestesiante, con un sustituto meramente analgésico, la oportunidad se habrá perdido, y probablemente se repita el resultado.

El vacío sólo puede equipararse a la nada en un sentido estrictamente físico. En el territorio anímico, moral o espiritual, el vacío puede constituirse en la fuerza impulsora, el contrapunto de tiraje que tensione a lo manifiesto, de vacío en vacío, hasta la vacuidad primordial.

Isabel De Veer
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