Como ejemplo, la pintura occidental clásica no deja lugar al vacío, llena la tela hasta los bordes, la enmarca bien, se asegura de que no quede ningún espacio, ningún dolor, ningún sufrimiento, que la ilusión de lo representado sea total, que quedemos inmersos hipnóticamente en la escena y nos olvidemos del sufrimiento. Una hermosa escena bucólica o palaciega de un Watteau, por ejemplo, no deja ningún espacio a la realidad, nos sumerge en su belleza compacta que niega toda otra posibilidad. Por ese mismo proceso nos ayuda también a ignorar la realidad que es forma y vacío, en su danza de surgimiento y disolución cíclica y constante. Queremos siempre olvidar el dolor y la muerte, tratamos de anestesiarnos a través de llenar los sentidos de forma para olvidar el vacío, para no experimentarlo, para alejar la muerte y la ausencia; los llenamos así de sustitutos. Parece sólo un punto de vista estético, pero que configura nuestra visión de mundo y nuestras ansiedades en una magnitud cuantiosa.

Es difícil estar sereno y en paz cuando la propia visión ignora al menos la mitad de la realidad, que puede ser mucho más de la mitad según la perspectiva desde la que se contemple. Algunas filosofías podrían considerar que la gran mayoría de nosotros intenta ignorar la realidad completa, al aferrarnos sólo a fenómenos transitorios, de la vacuidad absoluta. Hasta los físicos podrían coincidir en lo mismo: cuánta materia hay realmente en un simple átomo? En un sistema solar?

Volvamos entonces a Lao Tsé, y a su declaración de que la esencia de las cosas está en el vacío que contienen. Está pendiente el asunto de si se podría extrapolar esta afirmación a algo más que los objetos. Vamos a arriesgar una hipótesis con pretensiones unificadoras de los diferentes aspectos del vacío hasta aquí considerados. No se trata de una hipótesis científica, sino de una interpretación simbólica, y por tanto, irracional, y acaso translógica.

Uno de los más socorridos símbolos del vacío es el espacio, tanto en su versión visible, representada en el cielo a nuestro alrededor, como en su versión invisible, el espacio metafísico. El cielo como espacio no es un vacío absoluto, pero se nos representa como el vacío en el que lo manifiesto, lo visible, se muestra suspendido ante nuestros ojos como objetos, astros, planetas, nubes, constituyendo su trasfondo. En la representación jeroglífica egipcia, el vacío es el lugar que se produce por la pérdida de la sustancia necesaria para formar el cielo, y de tal manera se asemeja también al espacio. En nuestra tradición judeo-cristiana el cielo es el espacio simbólico en el que podemos ser plenos, eventualmente unos con el Uno, por tanto sin vacío, sin no ser, sin ausencia ni dolor, sin principio ni fin. Curiosa dicotomía, al ser el vacío sinónimo de dolor y carencia en la vida concreta, y análogo a la plenitud en la vida ultraterrena.