Volviendo al ejemplo de la pérdida de un ser amado, tanto como de cualquier cosa extremadamente apreciada – concreta o simbólica – de la que podamos vernos abruptamente privados, se podría decir que es una de las circunstancias que nos vuelve dolorosamente conscientes del vacío, de la ausencia presente, del verdadero espacio que ocupaba lo perdido en nuestras vidas, de la falta que nos hace. Como queremos evitar el sufrimiento, deseamos que vuelva, recuperar lo perdido, retroceder como sea a la unidad anterior, para no sentir la escisión de la fractura. Por más doloroso que sea el sufrimiento, y contrariamente a nuestra sensación de sentirnos fracturados, incompletos, es en esos momentos que estamos más cerca de la realidad, al volvernos inevitablemente conscientes de lo que la costumbre y los hábitos habían adormecido: la realidad es presencia y ausencia, forma y vacío, y hasta que no seamos capaces de experimentar la unidad total, la vacuidad última en la que se esfuman esas distinciones, no habrá paz profunda en nuestra mente ni en nuestros corazones.

Tal sea, probablemente, el sentido del sufrimiento humano, y tal su lección. Sólo a través del sufrimiento, del vacío, de la carencia, ya sea de lo perdido o de lo anhelado, es que somos conscientes de una realidad más completa que incluye tanto la forma como la no forma, lo presente como lo ausente. Cuando se rompe una relación y experimento la falta de todo aquello que parecía llenar mi vida, obtengo una visión mucho más real de la esencia de la relación, de la esencia de lo que yo tenía en esa relación, y de la esencia de esa persona perdida. Me queda el vacío de ella, y el conocimiento de lo que creo necesitar para volver a ser pleno, que en definitiva es lo que ya soy más lo que aún me falta para ser. Es de su ausencia, de su vacío, que puedo obtener (o no) la utilidad en un sentido metafísico – es decir, la comprensión. Si de la dolorosa experiencia se concluye que lo perdido es insustituible, la vida entera puede adquirir el propósito de recuperarlo, de siquiera merecerlo, lo que lleva a depurar en sí mismo todo aquello que pudo contribuir a su pérdida o provocarla, transformándose así en un camino de purificación y refinamiento.