La relación entre el yo observador y la consciencia es recíproca. Al aumentar la potencia del yo observador, se reduce la intensidad de los pensamientos obsesivos, de los afectos, y de los patrones automáticos de respuesta. Así se tiene la oportunidad de modificarlos y controlarlos para tener un mayor dominio sobre ellos. Además, al observar las defensas y los aspectos relacionados con el yo objeto, resulta una mayor libertad de acción, una mayor autonomía y se amplía el campo de la comprensión.

Hay otros procesos mentales que son “supuestos” de nuestra cultura relacionados con el “altruísmo”, el “autosacrificio”, etc., compartidos por los psicoterapeutas occidentales. La ciencia mística conoce la “sinceridad de intención” que sanciona socialmente la codicia, el utilitarismo que tienen muchas veces en su trasfondo esos supuestos. La tradición mística puede ampliar la comprensión y perspectiva de los psicoterapeutas occidentales.

La pregunta es :Qué otro móvil podría haber que no se reduzca al propio interés? La respuesta es: servir a los requerimientos de la tarea inmediata.

Hacer lo que se necesita, en vez de lo que uno prefiera, es una elección que abarca todas las situaciones. La experiencia se puede describir como rendirse a la tarea, pero es una rendición en la que la persona es activa y guíada al mismo tiempo.

El budismo Zen se enfoca en el ahora y abandona el interés propio, en aras a responder a la necesidad inmediata. La forma de consciencia se modifica con el cambio de comportamiento orientado a la tarea. Con el cambio de conciencia se nos aparecen diferentes dimensiones mientras otras se desvanecen. Es más accesible a la percepción de la realidad fundamental, porque el servicio es funcional y no moral.

Dedicarse a la tarea requiere una combinación del yo objeto y la forma receptiva de la conciencia, en equilibrio con el yo observador. El yo observador impide el dominio de cualquiera de los dos y se produce un óptimo desprendimiento que reduce la ansiedad que genera el yo objeto.