La psicoterapia occidental moderna no considera al yo observador como centro de toda experiencia, lo considera en la periferia. Esta situación se debe a que se funda en la estructura teórica de la psicología y del psicoanálisis, que es imperfecta porque carece de ese centro. Esto les produce confusión e impide el adelanto en la materia. La ciencia mística puede hacer una contribución, al mostrar este aspecto con todas las implicancias trascendentes que él contiene.

La pregunta quién soy? es difícil de contestar para la psicoterapia occidental porque el yo no está en el centro de la experiencia humana. La médula del sentido de la existencia personal – el “yo” – está localizado en la consciencia misma, no en su contenido.

Existe en la psicopatología – entre el yo como objeto y el yo de subjetividad pura – una confusión que involucra a la vida diaria, pero esto no es reconocido en la psicología occidental. El yo pensador, emotivo, funcional, son expresiones del yo objeto, apoyan al yo objeto y a la consciencia organizada para servirlo.

El contenido de la consciencia son imágenes, impulsos, pensamientos, sensaciones. Somos testigos. Nos damos cuenta de que existen. El cuerpo, la auto-imagen y el auto-concepto son ideaciones que observamos. Las teorías psicológicas occidentales hablan y piensan en términos de objetos, los elementos de la vida mental son manipulables al igual que los componentes del mundo físico.

El yo observador, no es un objeto como todo lo demás. Al suspender todo el contenido, mediante técnicas especiales, la consciencia está allí. Al yo observador lo tenemos que experimentar directamente, no podemos observarlo. No tiene dimensiones, cualidades ni límites.

Ramana Maharshi mediante su disciplina Quién soy yo? demostró que el yo observador no es un objeto, no es el cuerpo, ni el sentimiento ni la acción. Está apartado del contenido de la consciencia porque constituye el terreno mismo de nuestra experiencia. No puede afectarlo el mundo. La pregunta “Quién soy yo” tiene respuesta fuera del ámbito de nuestra habitual forma de pensar.