Godwin busca información bíblica y comprueba que prácticamente todas las fuentes disponibles sobre este tema provienen de “afuera” de las escrituras y cánones ortodoxos de las cuatro religiones, es decir, de textos declarados heréticos, seudoepigráficos o apócrifos. Efectivamente, a lo largo de la historia , todas las religiones, ya sean primitivas o desarrolladas, han sostenido la creencia en seres, poderes y principios espirituales que actúan como mediadores entre el reino único y trascendental de lo sagrado y el mundo profano y dual del espacio y el tiempo. Sin embargo, a través de la revisión de esta cuantiosa información, atisbamos la complejidad de un fenómeno en el cual “la realidad, el mito, la fantasía, la leyenda, los sueños y las visiones sobrenaturales, aparecen irremisiblemente enmarañados”.

En la construcción de su inventario angélico, Godwin descubre que la apariencia corpórea de los mensajeros alados de Dios es una creación esencialmente judía resultado de un “extraordinario entrecruzamiento original de seres sobrenaturales egipcios, sumerios, babilónicos y persas”. Es decir, desde el punto de vista histórico, constituyen un saber que abarca un período de más de cuatro mil años o incluso más.

La jerarquía angélica ortodoxa establece nueve órdenes celestiales dispuestas en tres tríadas que giran en torno a un centro divino definido como una emanación de pensamiento puro de la vibración más elevada que va cambiando de frecuencia a medida que se aleja del centro. Cuando las vibraciones disminuyen su velocidad se convierten en luz; cuando esta luz disminuye su intensidad alejándose más de la fuente, comienza a condensarse en materia. De toda esta jerarquía, el orden más cercano a la especie humana son los ángeles y algunos arcángeles.

Interesante resulta la investigación sobre los relatos referidos a los ángeles caídos. En un principio, los hebreos atribuían todo al Dios único que, del mismo modo que la divinidad india Shiva, encerró la creatividad y la destrucción. Así, el Mal significaba el aspecto oculto de Dios, la parte de Dios en la sombra capaz de comunicarse con los mortales, ya que la parte resplandeciente era demasiado intensa. A partir del siglo II a. C. los hebreos separaron ambos principios. Así quedó compilado en el Nuevo Testamento y el principio del Mal evolucionó hacia la idea del diablo.