Así pensaban los iniciados antiguos. Los más grandes de entre ellos vivían y obraban en consecuencia. La verdadera iniciación era una cosa bien distinta a un sueño nuevo, y mucho más que una simple enseñanza científica; era la creación de un alma por sí misma, su germinación sobre un plano superior, su floración en el mundo divino.

Trasladémonos al tiempo de los Ramsés, a la época de Moisés y de Orfeo, hacia el año 1300 antes de nuestra era, y tratemos de penetrar en el corazón de la iniciación egipcia. Los monumentos figurados, los libros de Hermes, la tradición judía y griega, permiten hacer revivir sus fases ascendentes y formarnos una idea de su más alta revelación.

III.- Isis.- La Iniciación. Las Pruebas.

En tiempos de los Ramsés, la civilización egipcia resplandecía en el apogeo de su gloria. Los faraones de la XXª dinastía, discípulos y portaespadas de los santuarios, sostenían como verdaderos héroes la lucha contra Babilonia. Los arqueros egipcios hostigaban a los Libios, los Bodrones y los Númidas, hasta en el centro del África. Una flota de cuatrocientas velas perseguía a la liga de los cismáticos hasta las bocas del Indus. Para resistir mejor al choque de la Asiria y de sus aliados, los Ramsés habían trazado caminos estratégicos hasta el Líbano, y construido una cadena de fuertes entre Mageddo y Karkemish. Interminables caravanas afluían por el desierto, de Radasich a Elefantina. Los trabajos de arquitectura continuaban sin descanso y ocupaban a obreros de tres continentes. La sala hipóstila de Karnak, cuyos pilares alcanzan la altura de la columna de Vendôme, era reparada; el templo de Abydos se enriquecía con maravillas escultóricas, y el valle de los reyes con monumentos grandiosos. Se construía en Bubasta, en Luksor, en Speos e Ibsambul. En Thebas un arco de triunfo recordaba la toma de Kadesh. En Menphis el Rameseum se elevaba rodeado de un bosque de obeliscos, de estrellas, de monolitos gigantescos.

En medio de aquella actividad febril, de aquella vida deslumbradora, más de un extranjero aspirante a los Misterios, venido de las playas lejanas del Asia Menor o de las montañas de la Tracia, llegaba a Egipto, atraído por la reputación de sus templos. Una vez en Menphis, quedaba asombrado. Monumentos, espectáculos, fiestas públicas, todo le daba la impresión de la opulencia, de la grandeza. Después de la ceremonia de la consagración real, que se hacía en el secreto del santuario, veía al faraón salir del templo, ante la multitud, y subir sobre su pavés llevado por doce oficiales de su estado mayor. Ante él, doce jóvenes ministros del culto llevaban, sobre cojines bordados en oro, las insignias reales: el cetro de los árbitros con cabeza de morueco, la espada, el arco y la maza de armas. Detrás iba la casa del rey y los colegios sacerdotales, seguidos de los iniciados en los grandes y pequeños misterios. Los pontífices llevaban la tiara blanca, y su pectoral chispeaba con el fuego de las piedras simbólicas. Los dignatarios de la corona llevaban las condecoraciones del Cordero, del Morueco, del León, del Lys, de la Abeja, suspendidas de cadenas macizas admirablemente trabajadas. Las corporaciones cerraban la marcha con sus emblemas y sus banderas desplegadas. Por la noche, barcas magníficamente empavesadas paseaban sobre lagos artificiales a las reales orquestas, en medio de las cuales se perfilaban, en posturas hieráticas, las bailarinas y tocadoras de tiorba.