De la misma manera el veneno del odio es responsable por el envenenamiento del mundo, como ocurre con las pruebas nucleares en diferentes partes del planeta, la manufactura y prueba de armamentos, como medios por los cuales podemos satisfacer nuestro odio hacia aquellos que consideramos nuestros enemigos.

De igual forma ocurre con el veneno de la ignorancia, que nos hace desconocer nuestra interrelación con todas las cosas, apegándonos a un ego separado. El mundo pasa a ser una entidad ajena a nosotros con la que no tenemos ninguna conexión esencial.

Este tipo de visión justifica una clase de vida basada en la codicia y el odio. Debido al aumento de la población mundial y al desarrollo tecnológico, somos ahora capaces de proyectar nuestra codicia, nuestro odio y nuestra ignorancia dentro del mundo en proporciones alarmantes. Esto nos conduce a una pregunta crucial acerca del rol del Budismo en el mundo de hoy. Podemos nosotros, como Budistas, dada nuestra filosofía de la vida humana, quedarnos a un lado y mirar como el mundo estalla en llamas, mientras trabajamos solamente por nuestra propia iluminación en cimas montañosas o en cavernas, tolerando tranquilamente la destrucción alrededor nuestro?

No estamos obligados por la percepción interior de nuestra tradición a comprometernos en los acontecimientos ambientales reinantes en nuestro mundo actual? En qué magnitud la práctica Budista es una fuente de responsabilidad con la vida a nuestro alrededor? Cuánto tiempo podemos permanecer como espectadores? Existe actualmente entre los Budistas un movimiento de expansión al que a menudo se le da el título de “Budismo comprometido”. Esta escuela de pensamiento reconoce la necesidad de trabajar no sólo por nuestra propia purificación y cultivo de la compasión, sino para comprometer esos logros en beneficio del mundo que nos rodea. Este compromiso nos trae otra imagen, la de la interconexión de las cosas, o dicho en términos Budistas, “la co-emergencia dependiente”.

Este es un concepto extremadamente medular en la filosofía Budista, la idea de que no estamos solos, que no estamos aislados, que podemos a veces sentirnos así, pero que nuestro verdadero ser, nuestro real sentido de individualidad surge de una red de relaciones que es la causa de nuestra existencia. Nuestra unicidad no es reducible o definible en términos de alguna esencia especial, alguna substancia llamada alma, alguna entidad encerrada en nosotros. Y no estoy hablando aquí de un concepto intelectual sino más bien de una sensación interior que discierne cómo y qué somos. La práctica Budista contrapone a este sentido de egoísmo la percepción de vacuidad y transparencia, pero más fundamentalmente aún la idea de la interconexión y co-emergencia dependiente.