Y si pensamos en ello, también esta imagen es fundamentalmente ecológica. Es el reconocimiento de que toda vida, cada hoja en cada árbol, cada insecto, cada brizna de hierba, cada pájaro, no llega a ser lo que es independientemente de todo lo demás. Cualquier vida depende de todas las otras formas de vida con las cuales coexiste. Como seres humanos, somos dependientes del aire que respiramos, del agua que bebemos, del alimento que comemos.

Alan Watts solía hablar del “ego encapsulado en la piel”, una maravillosa imagen para nuestra forma occidental de pensar. De un modo u otro pensamos que nuestra responsabilidad termina en nuestra piel, que esto soy yo, y que más allá está lo desconocido, amenazante y vasto. La práctica Budista trata de penetrar a través de esa barrera que es nuestro ego encapsulado. Tiene que ver con descubrir existencialmente que somos una parte integrada en una vida mucho mayor.

Una de las imágenes más bellas que encontramos en el Budismo tradicional para expresar esta interconexión o interdependencia, es la de la Red Enjoyada de Indra. La encontramos en el Avatamsaka Sutra. Es una gran red que tiene en cada una de sus intersecciones una esfera que refleja a cada una de las otras esferas de la red. Toda la red está representada dentro de cada esfera; podemos mirar cualquiera de ellas y ver la presencia de todas las demás. Esta imagen es ecológica en el sentido de que nuestra vida es, por así decirlo, una de esas esferas en una de las intersecciones de la Red de Indra.

Si miramos nuestra propia vida, encontramos que somos un reflejo de lo todo lo que existe en el mundo que conocemos. Reflejamos los elementos: tierra, agua, fuego y aire; nuestros pensamientos reflejan el lenguaje que nos ha sido dado por la sociedad; nuestra memoria refleja nuestro pasado tanto biológico como cultural. En el Budismo Tibetano, hay meditaciones destinadas a intensificar nuestra percepción de la dependencia que tenemos con todos los demás.

En nuestra forma de vida moderna, damos demasiadas cosas por garantizadas, como nuestra comida, y eso que cada comida contiene una profunda enseñanza acerca de la interdependencia del total universo. Al comer una naranja, podemos imaginar a la persona que plantó el naranjo, a quienes cultivaron los campos, a los trabajadores, escasamente pagados, que vinieron a la cosecha. Podemos imaginar los lugares de recolección, las bodegas, los supermercados, todos los cuales involucran gran cantidad de gente que a su vez depende de otros numerosos grupos de personas y animales. Esa naranja – que muchas veces devoramos tan inconscientemente – puede darnos una idea de esta cadena de producción dependiente, cadena que constituye la base del sistema que mantiene nuestra existencia.