– Qué piensas de Fa Jung antes de su encuentro con el cuarto patriarca Tao Hsin?
– El estanque es profundo y los peces numerosos.
– Y después del encuentro?
– La brisa existe en el árbol que se mueve.
– Y cuándo se han encontrado y no se han encontrado?
– Las piernas extendidas son las piernas plegadas.

La prueba satisfizo plenamente al maestro”

En el fondo, si la verdad del zen es, como éste pretende, la verdad de la vida, vida significa vivir, moverse, actuar, ver y no solamente reflexionar. En el hecho de vivir la vida no hay ninguna lógica, puesto que ella no es más que una parte de la vida. No debemos tratar de explicarnos la vida, dice el zen, debemos vivirla sin buscar más sentido a la danza que el placer de bailar, pensando que todo fluye y que nosotros no somos permanentes.

Por otro lado, no debemos olvidar que cuando los maestros zen recurren a las palabras, el lenguaje sirve para expresar sentimientos, estados de ánimo, actitudes interiores, pero no ideas. Las respuestas se vuelven incomprensibles cuando se busca el sentido de las palabras, creyendo que éstas revisten ideas. Muchas veces en el zen el lenguaje renuncia a la comunicación de contenidos en favor de su función apelativa.

Con el tiempo los mondos se multiplicaron. Sin embargo, los discípulos empezaron a buscar en los mondos una interpretación o solución intelectual, dejando de ser experiencias o intuiciones de la conciencia zen para convertirse en temas de investigación lógica.

Tai Hui, un famoso maestro zen del siglo XII, describía así la situación: “Existen dos grandes errores entre los seguidores del zen. Unos buscan cosas maravillosas en las palabras y las fórmulas, lo que los lleva a meditar sobre ellas, provocándoles un excesivo intelectualismo, y otros se van al extremo opuesto, diciendo que las palabras son un obstáculo para la comprensión correcta y desechan todas las enseñanzas verbales. Pretenden concentrarse en la nada, en lograr un estado de vacío perfecto e insondable”.

Los Koans

Como una forma de luchar en contra del intelectualismo y del quietismo se desarrolló un método a partir de algunos diálogos -o mondos- elegidos, de antiguos patriarcas o maestros, que eran utilizados como soporte de la meditación y como indicadores de la comprensión zen. Estos soportes fueron llamados “koan”,

Un koan es una especie de problema que el maestro propone a sus discípulos para que, concentrándose en él, agoten toda la energía mental de que disponen: “Todas las cosas vuelven al Uno, pero, adónde vuelve el Uno?”

El koan está construido de tal forma que corta la actividad discriminatoria del intelecto, que persiste en querer distinguir entre sujeto y objeto, y también pretende ridiculizar el razonamiento. Al suspender la facultad razonante, el koan deja en reposo la actividad más superficial de la mente para que sus partes centrales y profundas puedan exteriorizarse y manifestarse. Deja al intelecto que vea por sí mismo hasta donde puede llegar y le muestra una región a la que no puede acceder jamás con su funcionamiento normal. Hay lugares desconocidos en nuestras mentes, más allá del umbral de la construcción relativa de la consciencia. No es sub-consciente o supra-consciente. Sino “más allá”. No debemos olvidar que la mente es un todo indivisible que no puede separarse en fragmentos.

El koan lleva al discípulo a un estado de consciencia extremadamente activo, en el que debe apelar a sus energías al máximo, concentrándose en él como único objeto de su pensamiento. Esta concentración produce un estado de consciencia neutro, abierto al satori. Es un estado de espera, en el que el discípulo debe asumir una actitud inquisitiva y debe seguir en ella hasta llegar al borde de lo que podría llamarse un precipicio, donde no queda otra alternativa que saltar.

El koan es el punto de partida. Actúa como la levadura, desplegando ante la mente sus propios secretos. No es simplemente un acertijo o una observación ingeniosa, sino que tiene un objetivo bien definido: despertar en el discípulo la duda e impulsarlo hasta el último límite.

Intelectualmente, lo que sucede es que llega un momento en el que se trasciende los límites del dualismo lógico, pero, al mismo tiempo, se despierta un sentido interno que hace posible la visión del auténtico funcionamiento de las cosas. La intención es reproducir en el discípulo el estado de consciencia del que el koan es la expresión.

Comprender el koan es participar del estado mental del maestro: “entonces tendrá lugar una zambullida en lo desconocido con el grito de: Ah, es eso ! Cuando lanzéis ese grito os habréis descubierto a vosotros mismos. Veréis al mismo tiempo que todas las enseñanzas budistas, las escrituras taoístas y los clásicos confucionistas no son más que comentarios a vuestro repentino grito de Ah, es esto ! Y esto es el satori”.

Se estima en unos 1.700 el número de koans, Pero en realidad sólo unos 10, o menos de 5 e incluso solamente uno es suficiente para abrir la mente a la realidad del zen. Una revelación cabal, sin embargo, se logra únicamente a través del sacrificio de la mente, sustentado por una fe y una voluntad firmes en la finalidad del zen.

Un koan muy conocido es el de Sian Ien que plantea lo siguiente: “Un hombre está colgado ante el abismo sujetándose con los dientes a la rama de un árbol. Tiene los pies en el vacío y sus manos no pueden agarrarse a ningún sitio. Supongamos que otro hombre le hace esta pregunta: “Qué significa la venida de Bodhidharma?” Si este hombre abre la boca para responder, caerá al abismo y perderá la vida. Pero si no responde, no presta ninguna atención al que le pregunta. En ese momento crítico, qué debe hacer? ”

Cuando se ha comprendido la importancia del koan, dice Suzuki, se ha comprendido la mitad del zen.

El universo mismo, para el zen, es un gran koan, palpitante y amenazador. Cuando se comprende, todos los demás koan se resuelven por sí mismos. Es un koan que se manifiesta en cada uno, por lo tanto, basta comprender cualquiera hasta el final y el gran koan universal queda inmediatamente solucionado.

Satori

Cuando los mecanismos mentales llegan al estado de máxima tensión, gracias a la meditación, y con la ayuda de los koan, basta una observación o un suceso accidental (el vuelo de un pájaro, el tañido de una campana o el golpe propinado por el maestro) para desencadenar la explosión final. Este estallido súbito procede de una región interior y es lo que se conoce como satori.

“Nuestra consciencia normal -llamada por nosotros racional- no es más que un tipo particular de consciencia, Alrededor de ella, separada por la más fina de las membranas, existen otras posibles formas de consciencia totalmente diferentes. Podemos vivir hasta el último día de nuestras vidas sin sospechar de su existencia pero, en presencia de un estímulo conveniente, surgen en toda su perfección.” (D. T. Suzuki).

A diferencia de la comprensión analítica, el satori es una mirada intuitiva que penetra directamente en la naturaleza de las cosas. Abre en un instante, de forma abrupta, un campo de visión enteramente nuevo. Permite adquirir un nuevo punto de vista que penetra en la esencia de las cosas. A partir de ahí, la existencia se contempla desde una perspectiva ajena a la confusión de una mente perdida en el dualismo.

Nadie puede penetrar en la verdad del zen sin lograr el satori. El satori es aquel destello repentino en la consciencia de una nueva verdad, hasta entonces inimaginada. Es una especie de catástrofe mental súbita, que ocurre después de acumular contenidos intelectuales y demostrativos. Cuando esta acumulación llega al límite de la estabilidad y el edificio se derrumba, un nuevo cielo se abre a plena vista.

El satori sobreviene de improviso, cuando el hombre ha agotado todo su ser. Desde un punto de vista religioso, es un nuevo nacimiento y desde el intelectual, la adquisición de un nuevo punto de vista. El mundo aparece vestido con un ropaje nuevo que parece recubrir la deformidad del dualismo.

El conocimiento obtenido por el satori es definitivo. El satori es todo el zen. Cuando no existe, no hay zen. Pero buscar el satori es perderlo; intentar trascender las limitaciones es permanecer en ellas, intentar liberarse de ellas es quedar atrapado. Es lo mismo que tener miedo de tener miedo.

“Todos los hombres piensan que deberían abandonar lo que les parece ilusorio y encontrar lo que es verdadero. Pero en cuanto sobreviene el satori las distinciones entre lo ilusorio y lo verdadero desaparecen”. (D. T. Suzuki).

El zen comienza y termina con el satori.

Rebeca Bordeu

Más Información:
Paul Reps.- Carne Zen, Huesos Zen.- Editores Cuatro Estaciones.
D. T.Suzuki.- Ensayos sobre Budismo Zen.- Editorial Kier.

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