En ese estado, en el que no se piensa ni se aspira a nada definido, ni se apunta a ninguna dirección determinada, se sabe sin embargo que se es capaz de lo posible y lo imposible desde esa plenitud energética. De otra forma se puede decir que es un estado “espiritual”, donde se reconoce la genuina presencia del espíritu.

Esto último es esencial para todo aquel que practique un arte así como, por el contrario, podría decirse que quien se ha liberado de todas las ligaduras puede ejercer cualquier arte a partir de esa plenipotencia de su presencia de espíritu no perturbada por ninguna intención. Sólo de esta forma el ser humano es capaz de percibir que las distintas fases del proceso creador “se dan ” a través de sus manos como emanadas de un poder superior.

Podemos concluir de todo esto, que más importante que todas las obras exteriores, por cautivantes que sean, es la obra interior que debe realizar el hombre si ha de cumplir con su destino de artista. La obra interior consiste en que él, como ser humano que es, se convierta en la materia prima de una plasmación y formación que concluye en la maestría. Así el maestro ya no busca, encuentra. Como artista es un hombre sacerdotal, como hombre es un artista en cuyo corazón, en todo su hacer y no-hacer, crear y callar, ser y no-ser, penetra la mirada del Buda.

El hombre, el artista, la obra, todo es uno.

Patricia Zárraga

Más Información:
Eugen Harrigel.- Zen el el Arte de Tiro con Arco.- Kier