El asunto es que, a no ser que esta misteriosa dimensión religiosa sea tomada en consideración en la experiencia mística y en la meditación profunda, el cuadro será falsificado. Seguramente, este es el caso
en la oración judía y cristiana. Aquí estamos siempre confrontados con un incalculable elemento de misterio porque dos agentes autónomos están de algún modo involucrados.

Preservar el equilibrio entre la dimensión estrictamente científica, por un lado, y la religiosa y teológica,
por el otro, está lejos de ser fácil. Aunque la ortodoxia de Poulain nunca fue cuestionada, existía una escuela rival de teólogos especulativos quienes, mirando con recelo su metodología, se abocaron al misticismo casi exclusivamente desde el punto de vista de las escrituras y el dogma. Aunque este acercamiento tenga gran validez – la que admite explícitamente Poulain – puede tener la desventaja de hablar acerca de lo que los místicos podrían experimentar o de lo que a los teólogos les gustaría experimentar por sí mismos, o sea, no había conocimiento de primera mano, como en el caso de Poulain. Además, los teólogos de esta escuela hablaban un lenguaje y usaban una terminología que otros pobres mortales, incluyendo a los científicos, remotamente podían entender. Lo más desastroso de todo esto fue que esta escuela de teología, que prevaleció en los seminarios y que escribió los libros de texto, obtuvo el “Imprimatur” e influyó en el pensamiento teológico. Cuando la moderna corriente de interés por el misticismo oriental y los estados de consciencia arrasó en occidente, los teólogos místicos ya casi habían perdido contacto. Lo que decían no sonaba muy significativo; y muchos científicos que trabajan en el campo de la consciencia han descartado a los místicos occidentales por triviales o irrelevantes. Ahora los teólogos han sido enfrentados con la poco envidiable tarea de recoger los pedazos.

Poulain fue un hombre claramente adelantado para su tiempo. Si se me pidiera definir su papel, yo no lo llamaría un científico sino más bien un teólogo místico abierto al diálogo con la ciencia y con el mundo de
su tiempo. Lo llamo un teólogo porque su interés primordial se centró en la acción divina sobre la vida de aquellos a quienes conducía. En otras palabras, su primer interés fue trabajar en la gracia y en la comunicación de Dios con el hombre, materias que aprendió de las escrituras, de la tradición, de los escritos de los místicos, de las íntimas revelaciones de sus dirigidos, y de la acción del Espíritu sobre su propio corazón. Pero también él percibía atentamente la importancia vital de lo que ahora llamamos neurofisiología y psicofisiología. Fue suficientemente sagaz como para ver que tanto como el teólogo moral no puede rechazar la psicología, la economía y las otras ciencias cercanas a su especialidad, así también
el teólogo místico tampoco puede rechazar las ciencias tangentes a su campo. El vio la necesidad de un acercamiento interdisciplinario; en este sentido abre el camino a lo largo del cual la futura investigación en misticismo debe caminar. Este es el camino del diálogo.

El futuro del misticismo bien puede estar en la balanza. Podría ser brillante o un tanto oscuro debido al enorme potencial espiritual que será desatado a medida que la raza humana se vuelva progresivamente
más mística. Déjenme mirar el lado brillante. El misticismo puede ser un factor unificador en un mundo que busca la totalidad. Ya se ha hecho mucho en relación a reunir las grandes religiones. Hoy vemos que hindúes y cristianos, budistas y judíos, pueden dialogar y entenderse mejor el uno al otro a nivel de la experiencia mística que a nivel de la filosofía. Pero el misticismo puede ser un motivo de encuentro no sólo para los creyentes de las diversas religiones sino también para los científicos y los estudiosos de caminos espirituales. Estos últimos acceden al problema a nivel de misterio, de importancia última, de transcendencia; y ellos pueden dialogar con aquellos que se aproximan al mismo problema, como psicólogos, psiquiatras, neurólogos, físicos, biólogos y demás. Quién puede dudar de que tenemos una gran necesidad de alguna ciencia unificadora? Y el misticismo puede muy bien ser la respuesta.

William Johnston S. J.

Traducido y extractado por Silvia Rodríguez de
William Johnston.- Silent Music
Harper & Row, Publishers
San Francisco

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