Las tres épocas de la humanidad:

Augusto Comte se revolvería tal vez en su tumba, pero se puede decir que la humanidad ha conocido tres épocas. La primera fue dominada por la religión, pero allí faltaba la razón. El fanatismo podía desarrollarse de modo que la gente se mataba por desacuerdos sobre alguna característica menor de un Dios por otra parte incognoscible.

La segunda época fue dominada por la razón, que iría a relegar la religión entre las supersticiones prehistóricas. De allí se derivó el triunfo de los filósofos del absurdo.

La tercera, que comienza en este fin del siglo XX, es esta donde, según el premio Nobel de medicina Roger Sperry: “Después de haber estado en conflicto directo al punto de casi excluirse mutuamente, las creencias religiosas y las creencias científicas parecen ahora dispuestas a una nueva compatibilidad, tal vez a una armonía.” Esperemos que esta época sabrá tener la inspiración que pueda dar el sentido y el equilibrio que pueda dar la razón.

Citamos a Lao-tsé: “Treinta rayos convergen al centro de la rueda pero es el vacío del medio el que hace rodar al carro”. Y a Saint-Exupéry: “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”.

No nos es posible ir más lejos en nuestra búsqueda de este Uno inefable cuya presencia se manifiesta sólo por la ausencia de totalidad que nos deja toda visión inmanente del mundo. Nos queda recurrir a la teología de Dionisios el Areopagita:

“Decimos entonces que la Causa Universal, situada más allá del universo entero, no es ni materia ni cuerpo; que no tiene rostro ni forma, ni cualidad ni masa; que no está en ningún lugar, que escapa a toda percepción por los sentidos, que no se la puede expresar ni concebir; que no tiene nombre, ni orden, que no es grande ni pequeña, ni igual, ni desigual, ni semejante ni desemejante; que no permanece inmóvil ni se mueve, que no es ni potencia ni luz; que no vive ni deja de estar viva; que no es ni esencia, ni perpetuidad, ni tiempo; que escapa a todo razonamiento, a todo apelativo, a todo saber”.

Y sin embargo, ella existe !” podría decir un Galileo moderno.

Jean Staune

Traducido y extractado por Alberto Carvajal de
Question de
Editions Ritz
Paris

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