Así, parece que la “cohabitación-confrontación” que ha existido en el siglo XX entre materialistas y separatistas creyentes (llamo así a los religiosos que piensan que la ciencia no tiene nada que decir sobre el sentido) será reemplazado en el siglo XXI por otra, entre partidarios de la auto organización y partidarios de la incompletitud.

El reencantamiento necesario:

Cualquiera que sea la importancia de las diferencias existentes entre estas dos tendencias, es necesario hacer notar aquí que ellas son por ahora ‘compañeras de ruta” sobre la vía de un reencantamiento del hombre y del mundo. En efecto, nuestra sociedad es la primera donde ha sido posible concebir de una manera mayoritaria al mundo como un absurdo. Una gran parte del desconcierto contemporáneo, el aumento de los suicidios, el abuso de los medicamentos, pueden ser atribuidos a este sentimiento de que nuestra existencia estaría desprovista de sentido.

Basarab Nicolescu y Jean-François Lambert son – según mi conocimiento – dos de los autores que han percibido mejor los estragos a largo plazo que han sido generados por el abandono de toda búsqueda del sentido.”Estamos en peligro de muerte, bajo la influencia de maestros de pensamiento que predican un solo nivel de Realidad horizontal, donde todo gira en círculo y engendra fatalmente el caos, la anarquía, la autodestrucción”, dice Nicolescu.

Lambert le hace eco: “Si el hombre no es más que un conjunto de moléculas, y si el universo está desprovisto de significado, entonces no se es ni bueno ni malo, inteligente o torpe, sino bien o mal programado. Se deduce que no tenemos ninguna responsabilidad vis-a-vis de nosotros mismos o de los demás. La ética es inútil. Si no hay un sujeto no hay humanismo, y si no hay sentido no hay un sujeto… El humanismo científico no puede proponer más que una ética “reducida a los bienes gananciales”, entregada a los caprichos de los más astutos o de los más cínicos.

Ahora bien, en nuestra sociedad es la ciencia y no ya la religión o la filosofía – como anteriormente – la que determina nuestra visión del mundo y del hombre, visión que tiene repercusiones esenciales sobre nuestra sociedad. Desde hace tres siglos la ciencia nos da una visión determinista y mecanicista del hombre. Es por esta razón – como lo dice Nicolescu – que “el reencuentro contemporáneo entre la ciencia y el sentido es un evento capital que va probablemente a engendrar la única revolución verdadera de este siglo”.