Screenshot_4Llamamos “depresión” a todos los estados no placenteros que sentimos cuando las cosas no salen como nosotros queríamos. No nos estamos refiriendo a la depresión endógena a nivel psiquiátrico, lo que es algo bastante grave. Simplemente, es lo que queremos decir cuando le contamos a un amigo: “estoy deprimido” o “tengo la depre”.

La depresión puede ser pragmáticamente designada como una conducta, más precisamente aún, como un mal hábito, parecido al de comerse las uñas o criticar al prójimo. Muchas veces se desencadena por una etiqueta desafortunada que hemos colocado muy a la ligera. Si consideramos una tarea como “desagradable”, “aburrida”, “estresante”, es seguro que estamos gestando una depresión. Si por las mañanas vamos caminando hacia nuestro trabajo diciéndonos mentalmente “soy un esclavo”, arrastraremos los pies, encorvaremos la espalda y dejaremos caer la cabeza, como un buey que tira del arado. Alguien definió una vez al depresivo como aquella persona que siempre ve la copa medio vacía, al contrario del optimista que siempre la ve medio llena.

Podríamos decir que nos sentimos deprimidos cuando vemos que la realidad de lo que nos sucede no está de acuerdo con lo que nosotros esperábamos que ocurriera, o sea, cuando no se realizan la expectativas que nos habíamos forjado. Habíamos fantaseado sobre una posible realidad acorde con nuestros deseos, pero los porfiados hechos se comportan de manera contraria. Esto nos produce cólera, infelicidad, frustración, ansiedad y, en último término: depresión.

Percibir un suceso como agradable o desagradable está dentro de los límites de elección de un individuo. Condición previa es dejar de etiquetar el hecho como algo definitivamente “malo”. Es una tendencia de nuestra mente la de funcionar en pares de opuestos: “Sí No, Bueno – Malo”. O es como yo quisiera, o he sido derrotado, por el destino, las circunstancias, los otros… da lo mismo. Hipócrates decía, por allá por el 400 A. C.: “Desde la mente, y sólo desde la mente, vienen a la existencia nuestros placeres, gustos, risas, chistes, tanto como nuestras penas, dolores, tristezas y lágrimas”.

Puede ser que nos guste o no un hecho determinado, pero en vez de dejarnos aplastar por una paralizante fatalidad, debiéramos empezar a imaginar alguna táctica para revertir la situación a nuestro favor, examinando posibles soluciones destinadas a responder a ese desafío. Si empezamos a delinear un plan de acción, nuestra tristeza y nuestra depresión se esfumarán; estaremos demasiado ocupados para seguir lamentándonos.

Fernanda
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