Quietud.

Los taoístas creen que para volver al estado original se debe aprender a ser un maestro de la quietud. Sentado inmóvil, se debe llegar a la quietud de la mente y cerrar la puerta a los sentidos, para contemplar el resplandor interior.

El aspirante debe aprender a vivir frugalmente, sin sentirse perturbado por las ansiedades o anhelos de riqueza o fama. Recomienda abandonar callada y serenamente la pasión y el deseo. No debe lamentarse por lo que ya ha sucedido, ni por lo que se cree va a suceder. La pesadumbre y la decepción vienen de afuera. No se requiere esfuerzo para aquietar la mente que se ha apartado de todas las fuentes de perturbación.

El taoísta trasciende la pasión, no la reprime. El cultivo de la quietud por la mañana y por la noche, ayuda en el camino de apartar las perturbaciones.

Los anhelos insatisfechos, se pueden apartar con la reflexión sobre la transitoriedad de la satisfacción que a veces ofrecen.

El exceso es enemigo de la quietud; ser puritano, no menos que ser licencioso, es descarriarse del Tao.

Los poetas taoístas se han inspirado en la quietud y le han rendido culto, un ejemplo, es ésta, de Li Feng Lao-Jén.

Fresco como el hielo
Su corazón taoísta
Ninguna vana contienda
Hacia la meta,
El Tao surge
De sí mismo
Quieta su mente…
Disco de luna clara
Reluciente, inmaculada.

Elisa Aliaga

Extractado de
John Blofeld.. Taoísmo. La búsqueda de la inmortalidad.
Ediciones Martínez de Roca. S. A.
Samuel Wolpin.- Lao Tsé y “su tratado sobre la virtud del Tao”
Editorial Kier